Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, abril 30, 2017

LA DEGENERACIÓN DE PEDRO SÁNCHEZ



Visto lo visto, nunca fue un hombre de convicciones. Comenzó su andadura política declarando que, a diferencia de Pablo Iglesias, él no estaba por la cartilla de racionamiento, a la par que se comprometía a no pactar con populistas. Hoy compite en populismo con Podemos. Por otra parte, este hombre apareció en un mitin con una inmensa bandera de España detrás, superando viejos complejos, y estaba decidido a apoyar al Gobierno frente al separatismo. Ahora afirma que Cataluña es una nación, con lo que, para él, España no existe o es simplemente un Estado opresor, como sostienen los separatistas.
 
¿Qué le ha sucedido a Pedro Sánchez? ¿Cuáles son los motivos que explican estos cambios? Primeramente, es claro, como ya he dicho, que no es un problema de convicciones: Sánchez es pura fachada, carece de pensamiento propio. Su discurso atiende exclusivamente a las necesidades electorales del momento. Al principio, creyó que le convenía —y acertaba— diferenciarse del caudillo corcovado. Actualmente, piensa que debe adelantarle por la izquierda, una carrera que se antoja suicida. Entre una postura y la otra median dos elecciones generales que este mediocre, inane personaje vivió con auténtica frustración.
 
Sánchez tuvo una magnífica oportunidad para modernizar el PSOE y renovar su ideario, dejando atrás el nefasto legado de Zapatero, es decir, el infantilismo, el espantajo de la Guerra Civil, la colaboración con el separatismo, el cordón sanitario contra el PP… Pero su deseo de llegar a La Moncloa de forma prematura y a toda costa, unido a la falta de coraje para acometer tales cambios, supusieron que el PSOE ofreciera las recetas de siempre, tan apolilladas como ineficaces.
 
Además, Sánchez no se conformó con ser líder de la oposición durante cuatro años, un tiempo que podría haber utilizado para madurar, afianzar su liderazgo y confinar a Podemos en su autobús de payasadas. Por el contrario, creyó que podía gobernar. Y eso eclipsó todo lo demás. Es un destello de lucidez, el PSOE no aceptó las imposibles condiciones que Podemos quería imponer. Sánchez, ingenuo, consideró que al final le preferirían a él antes que la disolución de las Cámaras. Craso error, porque el de la chepa ya veía con sumo interés unas nuevas elecciones.
 
Aunque el PSOE resistió como segunda fuerza, el PP amplió su ventaja. Con todo, Sánchez, enrocado en su ya célebre “No es no”, sin plan, sin alternativa, obsesionado con Rajoy, fue defenestrado en octubre por sus propios compañeros. La situación no era sostenible. 
 
Ahora, el fracasado Sánchez ha regresado e intenta tomar el PSOE en unas primarias en las que él se vende como la verdadera izquierda y el antídoto contra el PP. Causa pasmo que este señorito de Pozuelo, profesor de una universidad privada, que no ha gestionado ni una comunidad de vecinos y cuya mayor aportación intelectual es un mensaje en Twitter sobre una “pizza cojonuda”, vaya por ahí con el puño en alto rivalizando en demagogia con Podemos. 
 
Los otros candidatos socialistas no son mucho mejores, como era de esperar en un partido que ya difícilmente produce algo más que personajes grises ayunos de ideas. Pero, al menos, no han sufrido un proceso de degeneración tan agudo como el de Sánchez, al que el ansia de poder le hace decir y hacer cualquier cosa. Como dije en su día, este tipejo sería capaz de arrasar España con tal de sentarse quince minutos en La Moncloa.
 
Y, desde una óptica partidista, al PSOE no le debería interesar el producto averiado que es hoy el apuesto Sánchez. En Francia, el giro a la izquierda del socialismo sólo ha servido para precipitar su desaparición del mapa electoral…