Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, noviembre 29, 2015

EL DEBATE SOBRE LOS DEBATES



Los debates televisivos son un ingrediente esencial de las campañas electorales. Permiten que los candidatos confronten directamente sus proyectos ante una gran audiencia y, sobre todo, ofrecen un espectáculo en el que unos líderes pueden lucirse gracias a su oratoria o réplicas mordaces y otros hundirse por culpa de un error flagrante o una actuación pobre.
 
En la campaña de 2011, el debate entre Rajoy y Rubalcaba, pese a su rigidez, dejó momentos interesantes y puso de manifiesto que el candidato socialista ya consideraba a su rival como futuro inquilino de La Moncloa, pues le hacía preguntas propias de un periodista ante un gobernante.
 
Viene una nueva campaña electoral y los debates se han puesto de moda. Los líderes de los partidos emergentes, que viven por y para la televisión, están dispuestos a debatir en cualquier formato. Si en 2011 hubo un único debate electoral al máximo nivel, en 2015 serán al menos tres. Y, en principio, parece difícil que los candidatos se limiten a leer un aburrido guión y a enseñar incomprensibles gráficas a la cámara. Que los políticos tengan que esforzarse más y salir de su área de confort es una buena noticia.
 
Sin embargo, Rajoy ha dicho que sólo quiere debatir con Pedro Sánchez y ha enviado a Soraya al debate a cuatro que tendrá lugar en la televisión. Esta decisión, como era previsible, ha generado polémica. ¿Debe acudir el Presidente a todos los debates? 
 
La respuesta no está clara. En política es importante que no sean los adversarios los que marquen la agenda. Al desmarcarse del debate a cuatro, Rajoy demuestra que no se deja arrastrar por los demás. No creo que deban ser Rivera o Iglesias los que digan al Presidente lo que tiene que hacer en la campaña. Participar en debates, aunque sea un ejercicio saludable, no es ninguna exigencia constitucional o legal. Rajoy va a debatir con Sánchez, que de momento es el líder de la oposición, y con eso ya cubre el expediente. Caer en el juego de los partidos emergentes y exponerse a un ataque por triplicado carece de sentido.
 
Obviamente, si Rajoy fuese otro hombre y estuviese sobrado de recursos dialécticos no tendría problema en arrollar a los otros tres candidatos, cuyo nivel es manifiestamente mejorable. Pero Rajoy es mucho Rajoy y prefiere la prudencia. Ya bastante tiene con todas las entrevistas que está dando. 
 
Los dos duelos celebrados hasta ahora, los de Iglesias y Rivera, han sido generosos en paparruchas e ideas del todo a cien, pero, afortunadamente, también ha habido estocadas y un poco de mala leche. Por otra parte, y sin que ello signifique ahogar la espontaneidad, creo que ha de seguirse un orden de temas y que el moderador debe ser activo. Si no, el debate acaba degenerando en conversación de cafetería.  
 
Según los expertos, los debates electorales rara vez son decisivos (sí pueden hacer mucho daño, como bien sabe Rick Perry). Son más bien un ritual democrático, una prueba de fuego para los candidatos. No obstante, en unas elecciones tan reñidas como las que se aproximan, cualquier modo de ejercer influencia sobre el electorado es bueno y ningún partido puede subestimar ya el poder de la televisión.