Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, septiembre 06, 2015

LAS CARTAS SOBRE LA MESA

La carta que el pasado domingo dirigió Felipe González a los catalanes desde las páginas de El País ya ha encontrado dos réplicas en el mismo medio. La primera fue escrita por Duran y es de poca enjundia. La segunda la ha publicado hoy Artur Mas junto con otros miembros de su coalición separatista. Este estupefaciente escrito debería ser de obligada lectura para comprender la miserable condición intelectual del separatismo catalán. Por lo pronto, ya El País, en su editorial, señala que la carta no tiene “una mínima corrección (cuando no calidad) argumental”.

Comparando ambas cartas, puede contemplarse sin dificultad entre qué extremos ha oscilado el discurso político en Cataluña desde 2012. La carta de Felipe González, aunque tiene pasajes discutibles, es sosegada, razonable y procura articular argumentos serios. Se hace referencia con sobriedad al imperio de la ley, a los logros comunes, a los estragos que ocasionaría una separación… La carta de González es, sin duda, de estilo ático. 

En cambio, la de Mas es un mal remedo del estilo asiático. Porque Mas carece del talento del Marco Antonio de Shakespeare y su escrito, en lugar de exaltar los sentimientos, más bien mueve a la risa por las ridículas y cursis frases que encadena o incluso a la compasión por la estulticia del personaje, que no replica a González con argumentos, sino que se limita a enumerar las glorias y las penas inventadas de Cataluña y a repetir el rosario de embustes iniciado en 2012. 

Mas describe una Cataluña que ama a España, pero no hay reciprocidad. Cataluña es muy buena, ha resistido “dictaduras de todo tipo” (sic) y ha luchado siempre contra las injusticias, etcétera. Y entonces llega la apoteosis: “Catalunya ha amado a pesar de no ser amada, ha ayudado a pesar de no ser ayudada, ha dado mucho y ha recibido poco o nada, si acaso las migajas cuando no el menosprecio de gobernantes y gobiernos”. La falsedad que encierra esta frase sólo se ve superada por la grosería del victimismo que exuda. 

Hay otros delirios, casi en cada frase. Los elogios a Cataluña son incontables, y sorprende que, habiendo sido explotada, sometida y ofendida por España, aún sea “modelo ejemplar de convivencia”. ¿No será entonces que no les ha ido tan mal dentro de España? No importan, por otra parte, “los malos augurios expresados con saña en otras latitudes”. ¿Por qué escuchar a Merkel o a Cameron cuando se cuenta con el apoyo de personalidades de la talla de Karmele Marchante o Lucía Caram

También alude la carta a la tradición parlamentaria en Cataluña, que, no se sabe si por ignorancia o mala fe, confunde con democracia. Porque sólo ellos han tenido un parlamento desde antiguo, sólo ellos saben lo que es la democracia, sólo ellos han aportado, sólo ellos tienen derecho a quejarse… Esta carta expresa todo lo que es el nacionalismo catalán. Sentimientos y falsificaciones frente a razones y rigor histórico.

“El problema no es España, es el estado español que nos trata como súbditos”, afirma Mas sin ruborizarse, un hombre que planea un golpe de Estado a la vista de todos y que con total impunidad lleva desde hace años engordando un problema que afecta a toda España, el menguado presidente de una región que goza de unos niveles de autonomía extraordinarios y que puede pagar las nóminas de sus funcionarios gracias a la ayuda financiera de ese mismo Estado al que desafía e insulta. Una insoportable opresión, como se ve.

Parafraseando la infame carta, es de notar que el problema no es Cataluña, son los separatistas, que tratan a los ciudadanos catalanes (y españoles) como imbéciles.