Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, julio 12, 2015

INTERVENCIONISMO DE NUEVO CUÑO EN EL TURISMO

El turismo sigue siendo uno de los motores económicos de España. Ello se refleja en los últimos datos disponibles, pues supone más del 10% del PIB y emplea a un 11,4% de la población ocupada. España es una potencia turística que recibió casi 65 millones de turistas internacionales en 2014. ¿Pero debe permitirse que este sector crezca a cualquier precio?

Entre los años sesenta y los ochenta, el turismo español se basó en atraer al mayor número posible de visitantes ofreciendo únicamente sol y playa baratos. Este modelo trajo consigo un espectacular crecimiento del sector, aunque también problemas de diversa índole, tales como la masificación de determinados destinos, la estacionalidad, el bajo gasto medio por turista y la escasa diversificación. 

Hacia finales de los años ochenta, el sector intentó  adaptarse a las nuevas demandas de calidad y variedad con la intención de hacer frente a una fuerte crisis. Este cambio pasaba por ofrecer productos de calidad para que los turistas gastaran más, combatir la estacionalidad mediante productos no limitados al buen tiempo y las playas y superar la obsolescencia de que adolecían muchos establecimientos hoteleros desde los años ochenta. Gracias a los esfuerzos de la Administración y el sector privado, el turismo español ganó en competitividad. Creo que es una experiencia digna de estudio. 

Ahora algunos ayuntamientos gobernados por partidos populistas que pretenden controlar o limitar de algún modo el turismo han reavivado el debate sobre la planificación. Un caso palmario es el Ayuntamiento de Barcelona, que ha paralizado la concesión de licencias hoteleras. Las justificaciones a este intervencionismo son la protección del medio ambiente, la sostenibilidad y la búsqueda de un turismo de calidad. Por supuesto, estas buenas intenciones suelen conllevar resultados ruinosos. 

El turismo genera costes, no sólo beneficios. Si un paraje se degrada en demasía, dejará de ser atractivo para los turistas, perdiéndose así el producto. Otras veces surgen problemas de seguridad e higiene pública, como en Magaluf. La Administración, sin sustituir a la iniciativa privada, puede ser útil para equilibrar costes y beneficios y, en cualquier caso, es parte fundamental del proceso, toda vez que de ella dependen infraestructuras, servicios sanitarios, seguridad, buena parte de la información, la protección del patrimonio cultural…

Pero cuando el nuevo Presidente de Canarias afirma que quiere limitar el número de turistas sin explicar cómo o Colau impone la paralización de las licencias en lo que no deja de ser una especie de exhibición de su poder, señalando que no desea una ciudad “a la que sólo vengan pijos”, hay que preguntarse si este intervencionismo encierra algún tipo de utilidad o bondad o está lisa y llanamente al servicio de liderazgos mesiánicos. En este último caso, será una losa para el sector turístico a mayor gloria de politicastros que ven con recelo el enriquecimiento ajeno.   

No hay comentarios: