Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, mayo 03, 2015

¿UNA NUEVA POLÍTICA PARA UN TIEMPO NUEVO?

En 1914, Ortega y Gasset pronunció una conferencia titulada Vieja y nueva política. En ella anunciaba la muerte de la Restauración, bajo cuya égida él y otros muchos se habían formado sin sobresaltos y labrado un buen futuro. No es ocioso reproducir esas palabras en las que afirma que “asistimos al fin de la crisis de la Restauración, crisis de sus hombres, de sus partidos, de sus periódicos, de sus procedimientos, de sus ideas, de sus gustos y hasta de su vocabulario; en estos años, en estos meses concluye la Restauración la liquidación de su ajuar; y si se obstina en no morir definitivamente, yo os diría a vosotros —de quienes tengo derecho a suponer exigencias de reflexión y conciencia elevadamente culta—, yo os diría que nuestra bandera tendría que ser ésta: ‘la muerte de la Restauración’: ‘Hay que matar bien a los muertos’”. En consecuencia, era imperativo abrir paso a una nueva política que jubilara a la vieja, encarnada por partidos tan incapaces como corruptos, según Ortega. 

En la España actual, mutatis mutandis, se ha puesto de moda hablar de una nueva política en un contexto en el que se entiende agotado el régimen constitucional inaugurado en 1978. Y será en este 2015 cuando se produzca el alumbramiento al que todos aluden. ¡La nueva política ha venido a salvarnos! 

Pero hay que interrogarse acerca del fondo de esa política. A mi juicio, se basa en la exhibición de un sentimentalismo impostado y en un discurso ayuno de ideas pero generoso en consignas y eslóganes. 

Los ejemplos abundan. Manuela Carmena, una comunista trasnochada, dice que quiere que Madrid sea “la ciudad del abrazo”. Un cariacontecido Pablo Iglesias glosa su amistad con el caído Juan Carlos Monedero. Y Garzón, ese señorito atildado que sólo ha vivido de la política, revela que su propuesta definitiva es el “trabajo garantizado”. Y todo bien regado con conceptos manidos (cambio, participación ciudadana…) y sostenido, como en el caso de Podemos, por democracia interna fraudulenta y probablemente inútil.

Tengo claro que la política española debe renovarse. Hay que exigir limpieza, ejemplaridad, rendición de cuentas, controles fiables… Y sin revoluciones o recetas de aprendices de brujo. El gran debate, empero, no es entre política nueva o vieja, sino entre más política o menos. Quizá en vez de una sobredosis de política que invada hasta el último rincón de la nación sea necesario devolver protagonismo al individuo, limitar más la acción de los poderes públicos y, en la línea de lo que están planteando en Canadá, combatir el exceso de regulación. ¿Para cuándo un político que ofrezca derogar normas en vez de llenar sin tino páginas del BOE?

La nueva política es, en realidad, un producto averiado, una política de Teletubbies con la que los políticos tratan a los ciudadanos como menores de edad que se muestran encantados con que sean otros los que les resuelvan sus problemas. En el largo plazo, supondría la ruina de España. 

Ortega y Gasset terminó renegando de la República que había contribuido a instaurar y que supuestamente iba a ser el receptáculo de esa nueva política que defendía en 1914: como escribió Azaña con amargura, no fue más que una “política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. 

Ni la Restauración fue tan mala como señalaba Ortega ni la nueva política hizo mucho bien a España. Aún no es tarde para rechazar a los profetas del tiempo nuevo.

1 comentario:

Néstor dijo...

Analizando objetivamente la situación y con las encuestas más recientes en la mano, creo que la renovación debería pasar porque el actual bipartidismo se reciclase hasta convertirse en C's-PSOE.

Sin ser la panacea, el centro laico y progresista de Ciudadanos es infinitamente más potable que el centro-reformista de inspiración humanista cristiana del PP. El simple hecho de que los dos grandes partidos apostaran por el laicismo ya sería en si positivo, pero además es que hasta el más ingenuo ve que el PP está carcomido por la corrupción; es como ese cartón de leche que se nos olvida meter en el frigorífico en verano: a la mañana siguiente solo se puede tirar a la basura y empezar otro, no hay nada que aprovechar y una "renovación" que pase por mantener a los populares como opción de gobierno no sería tal.

Por el otro lado, el PSOE no es santo de mi devoción (siempre me han parecido de lo peor dentro de la socialdemocracia continental) pero al menos están intentando renovarse y seamos realistas, si desaparecen será Podemos quien les sustituya y sería peor el remedio que la enfermedad.