Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, mayo 24, 2015

LA MONJA MONTONERA DEBE COLGAR LOS HÁBITOS

Junto con las tertulias, criticadas aquí la pasada semana, una muestra de la degeneración social y política española es que se consienta que una monja argentina, naturalmente peronista y sin otros méritos que su cocina y un puñado de obras de caridad, ofrezca lecciones de democracia desde diversos púlpitos televisivos. Aunque su verdadera religión es el separatismo catalán, sus hábitos engañan a los incautos, que acaban creyendo que es una especie de autoridad moral. 

El caso de Lucía Caram también evidencia cómo es la Iglesia de Francisco. El Papa, otro peronista, está animando con su pobre doctrina y verbo demagógico conductas que no tienen cabida en una institución basada en la tradición, la jerarquía y la severidad. Si una monja de clausura sale más que el camión de basura por las noches, además con la intención de propagar mensajes tóxicos, y no hay manera de pararla, ¿en qué se está convirtiendo la Iglesia?

Por fin ha habido un toque de atención. Rápidamente, la Caram, que ve amenazada su existencia de diva de la telebasura, ha reaccionado presentándose como víctima de una conspiración de los poderes que anidan en Madrid, que desean silenciarla a toda costa. En un artículo publicado en El Mundo plagado de difamaciones contra España, la monja montonera se define como “militante de la esperanza” y explica al mismísimo Papa sus batallas contra la injusticia.

En España “se vulneran de forma sistemática los derechos humanos y las libertades”. Denuncia la corrupción, los desahucios y un mercado laboral que es “un auténtico campo de concentración con esclavos asalariados”. Y aún hay más, ya que la monja revela que en las vallas de Ceuta y Melilla “pierden la vida miles de personas”. En semejante contexto, y habida cuenta de sus méritos y proezas, expresa su enfado por ser llamada al orden por la Nunciatura. La carta está sazonada, como no podía ser menos, por una rutinaria y vacua fraseología religiosa. 

La vanidosa Caram tiene ansia de fama. Eso lo explica todo. Ya que no está en África luchando contra el hambre y la enfermedad, ni siquiera en su Argentina natal, que está infinitamente peor que España, describe la situación en España con negros colores, falseándola si es preciso, con tal de dar relieve a sus empeños, por otra parte despreciables. Leyendo la carta da la impresión de que ante el Papa se presenta una firme candidata a la beatificación o incluso a la canonización. Al mismo tiempo, su hipocresía le impide citar los casos de corrupción de CiU, el partido que la patrocina. Para la Caram, la corrupción sólo se da en Madrid.

Con razón o sin ella, la ciudadana Lucía Caram es libre de expresarse. Puede bailar sobre la tumba de Emilio Botín, hacerse fotos con un defraudador fiscal y ponerse al servicio de los falsos ídolos del nacionalismo. Pero no dentro de la Iglesia y como monja de clausura. Que abandone, en palabras de Terzio, la “coartada del hábito, que le franquea puertas y simpatías de inconscientes”.