Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, abril 05, 2015

LA CAÍDA DE ROMA

La caída del Imperio Romano y sus causas siguen ejerciendo atracción hoy día. Ya Gibbon afirmaba que los motivos de la caída no encerraban tanto interés como dar respuesta a la larga duración de la decadencia, habida cuenta de todos los desequilibrios y crisis que afrontó desde la muerte de Marco Aurelio (180).  

El historiador británico Adrian Goldsworthy publicó en 2009 The Fall of the West, aquí traducido como La caída del Imperio Romano (La Esfera de los Libros, 2009), que he leído con delectación y recomiendo encarecidamente.

El libro realiza un recorrido --cronológico en lo posible-- que va de la muerte de Marco Aurelio a la época de Justiniano. Está documentado con esmero y el autor es analítico e intenta no dejar cabos sueltos, reconociendo a veces, no obstante, que hay muchos elementos que se escapan debido a la ausencia de fuentes o a su poca fiabilidad. Son tantos los sucesos y temas que se abordan que no hay mucho espacio para entrar en detalles, por lo que uno se queda con ganas de profundizar más.

La tesis de Goldsworthy es que el Imperio no fue abatido por enemigos que igualaran su poder, sino por un largo proceso de debilitamiento que lo hizo vulnerable, especialmente a las invasiones de bárbaros que, a partir del siglo V, fueron despojando de territorios al Imperio de Occidente y, por ende, de los ingresos fiscales necesarios para mantener el ejército y las estructuras administrativas.

La razón del declive hay que buscarla en las numerosas guerras civiles que sufrió el Imperio en el siglo III y, en menor medida, en el siglo IV. Conflictos intestinos que distraían la atención de otros problemas importantes y suponían un enorme coste humano y material. En el siglo III, la principal causa de muerte de los emperadores era el asesinato. Casi sin pausa y por doquier surgían usurpadores. 

La consecuencia fue que el sistema evolucionó hacia un modelo en que la prioridad del emperador era su propia supervivencia. La desconfianza se adueñó de los líderes militares y los burócratas. El objetivo era la supervivencia y el éxito personal, en tanto que se perdían de vista los superiores intereses de Roma. Era difícil comportarse de otra manera en un sistema caracterizado por las sospechas, las traiciones o incluso los montajes para hacer caer a un alto funcionario o a un oficial militar. 

Con todo, el Imperio era demasiado grande como para ser liquidado fácilmente: no había ningún enemigo a su altura, ni siquiera Persia, y ni la burocracia corrupta ni las ineficiencias acumuladas podían ser letales en el corto plazo.

Cuando el Imperio se dividió en dos, la mitad occidental se llevó la peor parte, pues sus fronteras eran más permeables a los ataques de los bárbaros. Si en el pasado los romanos habían sabido contenerlos o integrarlos en su territorio cuando convenía, ahora esta capacidad se había perdido y la negociación y el establecimiento de reinos dentro del Imperio fueron inevitables. Es más, los romanos, ante la progresiva desaparición de su ejército, se volvieron dependientes de los líderes bárbaros, a los que compraban con dinero o concesiones, para librar sus propias guerras

Se suele situar en el año 476 la fecha de la caída del Imperio de Occidente (el oriental perduraría hasta la toma de Constantinopla en 1453), con la deposición de Rómulo Augustulo. Este hecho no fue una conmoción en aquel entonces, ya que era poco el poder que conservaba el Imperio: la situación no era ni remotamente semejante a la del Imperio de los siglos III y IV.

Goldsworthy es un autor crítico que se preocupa de apuntalar su postura y comentar otras. De ahí que este libro no sea una narración de hechos al uso, sino que lleva a cabo un verdadero análisis del comercio de la época, el tamaño del ejército, las dificultades del poder central para controlar las provincias, las diferencias entre el Principado y el Bajo Imperio, etcétera. 

Por último, el autor advierte contra analogías excesivas, aunque no se resiste a extraer alguna lección aplicable a la actualidad de aquella decadencia y caída. 

Muy recomendable, en suma, para todos los amantes de Roma (en lo bueno y, en este caso, en lo malo).

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