Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, febrero 08, 2015

SOBRE LA LOMCE

Se suele decir que España es un país en que abundan las leyes y regulaciones porque, históricamente, los políticos han medido sus éxitos según las páginas del BOE que han sido capaces de llenar. Ningún partido en el poder ha escapado de esa tentación, que, además, permite suplir otras carencias, es decir, se aprueba una ley, con la consiguiente dosis de pompa y espectáculo, pero a la postre no se ponen los medios para que se cumpla o, peor aún, su deficiente calidad aboca a un empeoramiento de la situación regulada, pese a las buenas intenciones del legislador.

Es el caso de las leyes educativas: España puede presumir de un buen puñado de ellas, pero los buenos resultados no siempre han acompañado. Aunque no sería justo decir que todo está mal en la educación pública española, pues se ha logrado la plena escolarización y hay numerosos centros que intentan prestar un servicio de calidad, los informes internacionales sitúan a España por debajo de la media de los países desarrollados en muchas materias y las tasas de abandono y fracaso son altas.

Una lacra de la educación española ha sido, sin duda, su ideologización. La izquierda cree que la educación es su coto privado, por lo que cualquier intento de reforma no aprobado por ella ha sido contestado, atacado, vituperado y desmontado a toda prisa. Así las cosas, todas las leyes educativas son socialistas, a excepción de la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la Mejora de la Calidad Educativa, que persigue, según su Exposición de Motivos, convertir la educación “en el principal instrumento de movilidad social”, ayudar a “superar barreras económicas y sociales” y generar “aspiraciones y ambiciones realizables para todos”.

La LOMCE introduce pruebas de evaluación final para obtener el título de graduado en ESO y el de Bachillerato; confiere mayor importancia a las asignaturas troncales; elimina Educación para la Ciudadanía; crea nuevas modalidades de formación profesional; otorga más poder al director del centro… En suma, nada que justifique tanto revuelo como ha habido.

¡Pero es que con los tótems de la izquierda no se juega! Enseguida aparecieron las consignas, los lemas sobados... La LOMCE es elitista, el Gobierno quiere privatizar la educación, la equidad se va a resentir, la solución a todos los males es gastar más, etcétera. Es sumamente bochornoso que la izquierda abrace la mediocridad y presuma de su odio al mérito. En mi opinión, hay que ayudar al rezagado, pero sin que ello suponga lastrar o desatender al que se esfuerza más.

Otra reflexión que trae consigo la LOMCE atañe al funcionamiento del Estado autonómico. Hay varias comunidades (Andalucía, Cataluña y País Vasco) que se están resistiendo a su implantación mediante diversas artimañas, de forma que parece que el Estado ya ni siquiera es capaz de asegurar el respeto a la legislación básica. Ello plantea serias dudas sobre el alcance de futuras reformas, toda vez que prevalecen intereses partidistas o el aldeanismo nacionalista.