Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, noviembre 23, 2014

UN FUERTE INDEFENSO

Cuando en 1968 George H. W. Bush votó, en su calidad de congresista, a favor de la Civil Rights Act, comenzó a recibir amargas quejas e incluso amenazas por parte de los votantes de su distrito electoral (el séptimo de Houston, Texas), pues muchos republicanos rechazaban los aspectos más intervencionistas de esa legislación. ¿Qué hizo entonces Bush? ¿Se escondió? ¿Dejó pasar el tiempo? ¿Pidió perdón y alegó que no podía votar otra cosa, habida cuenta de las circunstancias? No. Lo que hizo fue explicar cara a cara a sus votantes --con un sólido discurso-- el porqué de su voto. Se enfrentó a la opinión pública, en principio en su contra, y fue capaz de convencerla gracias a sus argumentos. Al principio le abuchearon; después le aplaudieron. 

No cabe duda de que Mariano Rajoy no es Bush. Durante esta legislatura, cualquier reforma mínimamente dura o rigurosa ha sido justificada por la herencia recibida o porque no había más remedio. Rajoy se ha hartado de afirmar que no le gustaba lo que hacía, que abominaba de los ajustes presupuestarios y que su mayor deseo sería gastar tanto como en el pasado. Ha renunciado a defender un proyecto de país (más allá del objetivo genérico de crecer y crear empleo) y en sus escasas entrevistas no ha hecho sino declaraciones romas, vagas alusiones al esfuerzo realizado y a la necesidad de mirar al futuro. Las avalanchas de datos son lo más relevante de la mayoría de sus discursos. 

Pues bien, el espacio que tan a la ligera han abandonado Rajoy y los suyos, evitando confrontar y convencer a la opinión pública, es hoy campo abonado para el populismo. Tres años de vacío ideológico y aceptación pasiva del consenso socialdemócrata han propiciado la aparición de muchos ingenuos dispuestos a comprar el discurso del primer charlatán que aparezca en una tertulia.

No es la única causa que explica el ascenso de Pablo Iglesias, pero hoy quería centrarme en esa falta de coraje que ha caracterizado al PP a la hora de tomar y explicar sus decisiones. Es difícil encontrar un asunto de la vida nacional en el que lo frecuente no haya sido el titubeo, la falta de convicciones, la tibieza y la pobreza argumental, cuando no directamente la cobardía. 

Caídos los muros, es normal que otros ocupen las posiciones indefensas y se dediquen a difundir sus propias concepciones, ciertamente equivocadas y dañinas, aunque, por desgracia, cada vez más incontestables ante una opinión pública idiotizada y, aun así, temida por quienes todavía gobiernan.

Y el PP no está dando muestras de querer o saber combatir este fenómeno: sigue enviando a conspicuos subnormales a los debates televisivos y hasta el PSOE ha denunciado antes el escándalo de la beca que cobraba por no hacer nada el señorito Errejón, una beca concedida de forma poco ejemplar y casi con certeza mantenida irregularmente.

George H. W. Bush también rompió su compromiso electoral y subió los impuestos (empujado por el Congreso), pero entre él y Rajoy media un abismo, toda vez que el primero fue un hombre de acción que no se amedrentaba. Por otra parte, a Bush le derrotó Bill Clinton, no un chavista con coleta. 

El crecimiento del populismo es ya parte del legado del mandato de Rajoy.

4 comentarios:

octopusmagnificens dijo...

Realmente, el sábado había un conspicuo subnormal en La Sexta Noche.

El Espantapájaros dijo...

No lo vi. ¿De quién se trataba esta vez?

octopusmagnificens dijo...

Rafael Merino, de Córdoba. Escucharle causa dolor.

El Espantapájaros dijo...

Ya de entrada su aspecto es lamentable... El PP tiene un serio problema con los debates, a los que envía a los menos dotados y preparados. Si no tiene a nadie mejor, debería abstenerse de participar.