Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







viernes, octubre 31, 2014

BIENVENIDOS A PABLOGRADO



El coche oficial avanzaba por una carretera secundaria plagada de baches. Cada vez que daba un bote en su asiento, el conductor y único ocupante del vehículo profería una maldición. Sufría molestias en la espalda provocadas por el largo trayecto recorrido desde Madrid.
 
Consultó por enésima vez el mapa desplegado en el asiento del copiloto. Más le valía no perderse, pues por esa zona desértica no había visto ni poblaciones ni gasolineras, y el teléfono móvil no tenía cobertura.

--Dichosa suerte la mía –dijo entre dientes, mientras se cercioraba de haber tomado el camino correcto a la vez que procuraba que el coche no se saliera de la sinuosa carretera en una de las múltiples curvas. 

El nombre del atribulado conductor era Pascual González, funcionario del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, y se dirigía a una ignota villa en calidad de experto a fin de hacerse cargo de las finanzas del ayuntamiento, ya que desde hacía meses venía incumpliendo los objetivos de déficit y endeudamiento y haciendo caso omiso a las advertencias y requerimientos de Madrid.   

Al amparo de lo dispuesto en el artículo 25 de la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera, en tales supuestos se podía enviar una comisión de expertos con la facultad de requerir cualquier información y, a la vista de la misma, proponer medidas de obligado cumplimiento.

La comisión, en este caso, la formaba un solo hombre. Ello se debía a la pequeñez del pueblo objeto de control, pero también a la negativa de otros funcionarios a ir allí. 

Pascual contaba con una preparación adecuada y vocación de servicio público. No le importaba cumplir una misión considerada, por lo común, ingrata. Ahora bien, el pueblo en cuestión presentaba una particularidad que había determinado que ninguno de sus compañeros se ofreciera voluntario. 

Finalmente, su superior había decidido enviarle a él, alegando que era el más joven y novato. 
 
Pascual disminuyó la velocidad del coche. Su destino, un islote de casas bajas en medio de la desolación, ya se vislumbraba en el horizonte. El funcionario deseaba llegar cuanto antes y no pasar allí más tiempo del estrictamente necesario.

Según se iba aproximando, comenzaron a aparecer carteles colocados a un lado de la carretera. Unos lanzaban advertencias al visitante: “Aquí no queremos/as explotadores/as, especuladores/as y/o empresarios/as”. Otros se limitaban a cantar las virtudes del lugar: “Este pueblo es solidario y abierto a todos; “Bienvenidos a un paraíso sostenible”; “Aquí la única fábrica es de amor”.

Y había uno que produjo una honda inquietud en Pascual. Sobre fondo morado, destacaba la imagen de un hombre enjuto, con barba rasurada y perilla, pelo recogido en una coleta y ojos achinados que parecían otear misterios reservados a unos pocos ungidos. Al lado de esta estampa de Pablo Iglesias, una frase de su autoría: “Una reforma fiscal para que paguen los ricos”.

Un turbado Pascual dejó atrás el cartel y entró por fin en el pueblo: Pablogrado, único municipio de España gobernado por Podemos.

Pronto comprendió que en aquel lugar no se podía circular con vehículos a motor: una línea de pinchos clavados en el suelo impedía continuar por la calle principal. Por lo tanto, tuvo que aparcar el coche encima de una acera y continuar a pie.

No se veía un alma por las calles. Pascual, con su maletín como toda defensa, sintió que un escalofrío le recorría de arriba abajo. 

--Tengo un mal presentimiento…

Un fresco viento otoñal arrastraba las hojas secas desperdigadas por el suelo y mecía las copas peladas de los raquíticos árboles plantados aquí y allá. Las ratas, gordas y atrevidas, atacaban a su gusto las hileras de contenedores de basura diseñados para un reciclaje minucioso. 

Era difícil encontrar una pared libre de carteles o pintadas. En todo caso, los mensajes iban invariablemente en la misma dirección. Ecología. Protección animal. Diversidad e igualdad. Empoderamiento popular. Rechazo a la mercantilización (fuese eso lo que fuere). En suma, toda una colección de consignas progresistas sin demasiado sentido.

Unas extrañas estructuras situadas a ambos lados de la calle principal llamaron la atención de Pascual. Ya las había observado de lejos, pero ahora que estaba a pocos pasos de ellas pudo ver con claridad lo que eran. 

Jaulas colgantes. Y dentro de ellas se pudrían varias personas. 

Escandalizado y aterrorizado a un tiempo, Pascual corrió hasta una de las jaulas e intentó hablar con su desdichado ocupante. Éste tenía un lamentable aspecto y no abrió la boca.
Pascual sacó su teléfono móvil y marcó el número de la Guardia Civil. Entonces recordó la falta de cobertura. Cuando pidió a gritos ayuda, nadie acudió. Como no podía hacer nada más, reemprendió el camino hacia el ayuntamiento. 

Antes de llegar pasó por delante de lo que a todas luces era la iglesia del pueblo. Sin embargo, a la entrada del vetusto templo había un cartel que lo identificaba como mezquita de Pablogrado. Más abajo ponía que la única religión admitida era la musulmana. 

--Esto es de locos –musitó Pascual--, aún peor de lo que dicen los rumores. 

El edificio consistorial estaba situado en una sencilla plaza en cuyo centro se alzaba un ostentoso monumento –amplia base de granito coronada por una estatua de bronce que representaba a un perro-- que no cuadraba para nada con el estado de abandono del resto del pueblo. Pascual leyó la placa: “A Excalibur, héroe antineoliberal”. ¡Era un monumento dedicado al perro de la auxiliar de enfermería infectada de ébola tiempo atrás, ejecutado por la Comunidad de Madrid!

Cabeceando ante semejante despilfarro, llamó a la puerta del ayuntamiento, un edificio alargado, sólido y con un soportal sostenido por pilares de madera. En su balcón lucía un ramillete de banderas, ninguna la española. No faltaban, en cambio, la de Podemos, País Vasco, Cataluña, Segunda República y Venezuela.

Nadie respondió a su llamada, así que Pascual probó suerte y tiró de la puerta de cristal, que se abrió. Dentro tampoco encontró a alguien que pudiera atenderle. El interior recordaba al de una facultad tomada por la extrema izquierda, habida cuenta de los lemas pintarrajeados en las paredes, la suciedad generalizada y la proliferación de microondas. Incluso tropezó con unos sacos de dormir, aunque afortunadamente vacíos. 

Al cabo de un rato vagando por allí dio con un hombre menudo y contrahecho, un tanto amanerado a juzgar por sus movimientos, que estaba paseando en círculos en una espaciosa habitación vacía y hablando para sí mismo, inmerso en quién sabía qué reflexiones. Llevaba gafas redondas y un chaleco raído.

--Bunas tardes –se presentó Pascual, extendiendo su mano, gesto que no fue correspondido--. Mi nombre es Pascual González y me envía el Ministerio de Hacienda para supervisar sus cuentas y proponer medidas de obligado incumplimiento, de conformidad con la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera.

Este ensayado discurso no impresionó al hombrecillo, que se limitó a examinar atentamente a Pascual.

--Ejem, también quisiera denunciar –prosiguió el funcionario, irritado por la descortesía de aquel sujeto— que hay unas personas enjauladas ahí fuera y sometidas a un trato degradante.

--Oh, no se preocupe por eso –dijo al fin su interlocutor, y exhibió una mueca de desagrado--. Son ricos. Como dice nuestro supremo mesías, a veces hay que tratarles como a niños pequeños, darles un escarmiento, ya sabe. Y esa gente ganaba más de dos mil euros al mes, una inmoralidad. 

--¿Y eso justifica un castigo tan cruel?

--¡Es lo que ha decidido el pueblo! Este municipio funciona en concejo abierto, todos los vecinos se reúnen en asamblea para decidir la política, o sea, todo. La política lo es todo y no hay ningún aspecto de la vida que pueda escapar del control democrático.

--Hablando de los vecinos, no he visto a ninguno por la calle –comentó Pascual.

--Es normal, a estas horas están viendo a Pablo Iglesias en televisión. No hay mejor manera de informarse y ser un buen demócrata.

--¿En qué programa sale Pablo Iglesias a las cinco de la tarde de un viernes? ¿En Sálvame? –Esto último lo preguntó Pascual con cierta mordacidad.

Ignorando la pulla, el hombrecillo dijo:

--Oh, lo que ven son grabaciones. En este pueblo ha sido prohibido el acceso descontrolado a los medios de comunicación, porque, estando en manos privadas, sólo mienten y dicen maldades. No nos podemos fiar. Es preferible disfrutar de la sabiduría de nuestro mesías. Y le aseguro que tenemos material suficiente, nunca faltará su verbo en los hogares de Pablogrado. ¡Para que luego digan que los populismos generan escasez! 

 --¿Se puede saber quién es usted? –inquirió Pascual, cada vez más perplejo.

--Soy el alcalde de este pueblo, Juan Carlos Monedero.

A decir verdad, a Pascual le había resultado familiar ese rostro –las gafas redondas, la piel cetrina, la sonrisilla mezquina-- desde el principio. Ahora que se confirmaba su identidad, tuvo que reprimir las náuseas. Juan Carlos Monedero era conocido por su sectarismo y por dispensar un trato feroz a los que no coincidieran con sus ideas.

Pero él tenía un trabajo que hacer, con independencia de quién fuera el alcalde.

--En tal caso, debe una explicación al Ministerio de Hacienda sobre el estado de sus cuentas –afirmó Pascual secamente--. Se han desviado de todos los objetivos y ahora deberán corregir la senda de déficit y deuda con las medidas que yo proponga.—Monedero, despreocupado, alzó una ceja--. ¿No me entiende? El derroche ha terminado aquí. Para empezar, ¿podría explicar cómo elaboran sus presupuestos? Porque no están siguiendo nuestras recomendaciones.

Monedero, las manos metidas en los bolsillos de su chaleco, puso cara de ingenuidad.

--No comprendo nada de lo que me dice. Yo me debo al pueblo, no al Ministerio de Hacienda, y es por ello que nuestros presupuestos son participativos. Todos los ciudadanos expresan sus deseos, ejercen su derecho a decidir. Y de esta forma hemos alcanzado unos altos niveles de protección social.—El alcalde señaló con el mentón un cartel pegado en la pared que anunciaba una renta básica universal--. ¿Ve eso? Se llama dignidad. Antes había gente que trabajaba en una fábrica de chorizos. Un trabajo muy duro. Ya no necesitan trabajar… En cuanto a la fábrica, tuvimos que castigarla, poner límite a su crecimiento, y acabó cerrando. Lo mismo ha sucedido con otros comercios de por aquí que abusaron de la avaricia. No los necesitamos. Basta la solidaridad y…

--La solidaridad no se come –cortó Pascual--. Usted habla de unos gastos muy generosos. ¿Cómo los va a financiar en el largo plazo? Este ente local ya no puede endeudarse más y dudo mucho que obtenga cuantiosos ingresos tributarios.

--Recurriré al crowdfunding –repuso Monedero, encogiéndose de hombros--. Fuera de aquí tenemos muchos amigos dispuestos a que este pueblo se mantenga como referente.

--¿Es una broma? Eso no durará para siempre y no garantiza la recaudación necesaria. Debe poner fin a esta gestión desastrosa, abandonar el populismo y equilibrar las cuentas. 

--Ya le he dicho lo que hay, mercenario de los mercados –le espetó Monedero con una nota de enfado en la voz.

Se hizo el silencio en el salón. El funcionario, tratando de contenerse, apretó los puños. Deseaba estampar su maletín en la cara del acalde.

--Si no me hace caso, nos veremos obligados a disolver los órganos de esta corporación, según dicta la Ley de Bases de Régimen Local –advirtió--. Se va a meter en un serio problema.

--Es usted el que está en un problema –replicó Monedero, e hizo una seña dirigida a alguien que estaba detrás de Pascual. 

El funcionario quiso voltearse al darse cuenta de lo que ocurría, pero entonces el garrote cayó sobre su cabeza y perdió el conocimiento.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza. Notaba el cuerpo rígido, paralizado. Al principio temió que el brutal estacazo hubiera afectado a su movilidad. Pero acto seguido descubrió que no podía moverse porque estaba atado con cuerdas a un poste. 

Ya no se encontraba en el ayuntamiento, sino en un campo llano e inmenso sobre el que caía la luz anaranjada del atardecer. Enfrente de él se erguía una figura de unos cuatro metros de altura hecha de mimbre, hueca, con un vago parecido a Pablo Iglesias. 

--Estupendo, el fascista ha vuelto a su ser –dijo Monedero, ocupando repentinamente el campo de visión de Pascual. Había sustituido su chaleco y camisa marrón por un traje de lagartera. 

Esta vez el acalde no estaba solo. Alrededor de Pascual y del hombre de mimbre se había formado un círculo. Debían de ser los vecinos del pueblo, y cubrían sus rostros con máscaras de animales. 

--Demos comienzo a la asamblea vecinal y ciudadana –dijo solemnemente un zorro--. Pero antes elevemos nuestras plegarias hacia nuestro salvador.

Los integrantes del círculo se cogieron de la mano, agacharon la cabeza y empezaron a entonar una letanía (“Sí se puede, sí se puede, sí se puede, sí se puede…”) en tono cada vez más alto.

--¡Sí se puede, sí se puede, sí se puede! –gritaban los vecinos, absolutamente entregados a su plegaria.

Pascual intentó en vano aflojar sus ataduras. De todos modos, aunque lo consiguiera, ¿qué podía hacer? Le rodeaban los vecinos y no sabía ni dónde estaba. 

--El pueblo va a decidir sobre el destino de este agente al servicio de la dictadura de los mercados que ha venido a imponer normas que no reconocemos –habló entonces Monedero --. Los distintos círculos ya se han pronunciado.—Echó una ojeada a unos papeles que sostenía en la mano--. El Círculo Matarife de Ricos sugiere que este infame pecador y lacayo de la casta sea democratizado.

Pascual se preguntó en su fuero interno qué podría significar ser democratizado. Sospechaba que pronto lo averiguaría.

--¡Democratizado! ¡Democratizado! –rugió el círculo. 

--¡Que vote el pueblo! –dijo Monedero a voz en cuello, abriendo los brazos.

El pueblo entero levantó la mano.

--¡Unanimidad una vez más! –exclamó Monedero, lleno de gozo--. Coged, pues, al prisionero y meterlo dentro de la estatua del mesías. ¡Vamos a democratizarlo! 

Un cerdo, dos conejos y un ratón agarraron a Pascual. El funcionario opuso toda la resistencia que pudo, pero no costó mucho encerrarle dentro de la estatua de mimbre atado de pies y manos. 

--Y ahora, a fin de completar el proceso de democratización, prenderemos fuego a esta estatua –explicó Monedero, dirigiéndose a Pascual--. Es una ofrenda a nuestro mesías y, por ende, a la democracia. ¡Y tus cenizas se extenderán por el aire y pasarán a ser un bien común! 

--¡Estáis todos locos! –bramó Pascual, empapado de sudor. Vio cómo dos vecinos se acercaban con antorchas en la mano--. ¡Dejadme en paz, bastardos! ¡Vais a pagar por esto!
Pero el círculo no parecía preocupado. Al contrario, estaba disfrutando enormemente. Hubo risas y burlas. El inefable Monedero, quién sabe si llevado por la alegría o como parte del ritual, comenzó a ejecutar un complicado baile. 

Pascual no podía creer que su vida fuera a terminar en aquel pueblo perdido y miserable y de esa terrible forma, en medio de tan esperpéntica ceremonia y consumido por el fuego.
 
Los de las antorchas acercaron la llama a la estatua de mimbre…

Pascual cerró los ojos, sabiéndose perdido. Pero no olió humo ni sintió calor, y no oía el crepitar de las llamas.

Oía, empero, gritos de pánico y a Monedero dando órdenes. Y, lo que era más esperanzador, el ruido de un motor. 

Abrió los ojos justo cuando un gran todoterreno irrumpía en el círculo, rompiendo la formación y dispersando a los vecinos. Llegó hasta la misma estatua de mimbre y de él bajó un hombre corpulento que, sin dudar ni un solo segundo, manejó un hacha con la que cortó la madera y ayudó al funcionario a introducirse en el vehículo.

Entretanto Monedero y los vecinos se habían reagrupado. Empezaron a lanzar piedras contra el todoterreno y varios otros corrieron hacia él agitando hachas y garrotes sobre sus cabezas.
 
El salvador de Pascual dio marcha atrás a toda velocidad alejándose de los atacantes y, una vez hubo puesto distancia, giró el vehículo y siguió la escapada campo a través.   

--Les hemos dejado atrás –informó Pascual, suspirando de alivio. Su salvador le ayudó a cortar sus ataduras con una navaja--. ¡Un momento! ¡Usted es…!

Bertín Osborne le dedicó una franca y amigable sonrisa.

--Así es, que no le resulte extraño verme aquí, amigo –dijo el bonachón cantante y presentador--. Tengo asuntos pendientes con este pueblo.

--¿De qué se trata? 

--Hace dos años realicé una inversión. Compré unas tierras y quería montar una bodega. Cuando por fin empezaba a ganar dinero, ese canalla de Monedero me expropió. Hoy la bodega sólo produce pérdidas, nadie se ocupa de ella en serio. 

--Comprendo. Después de la experiencia que acabo de vivir, no diré que quiera regresar, pero hay que hacer algo para detener a esa banda de tarados.

--Por supuesto, y no voy a cejar en el empeño de…

La luna trasera reventó en ese instante, esparciendo fragmentos por todo el interior. 

--Nos atacan –dijo Bertín con sangre fría, y pisó el acelerador.

Pascual se asomó por la ventanilla. Bertín tenía a razón. Les seguía una muy veloz camioneta morada con el techo abierto, pinchos en las ruedas y parachoques reforzado. Transportaba a un nutrido grupo de vecinos enmascarados y a Monedero, quien iba armado con un trabuco.

El alcalde volvió a disparar y uno de los retrovisores del todoterreno de Bertín desapareció.

--¡Ese cacharro es muy rápido! –exclamó Pascual.

--Ya lo veo –dijo Bertín, maniobrando para no ofrecer un blanco fácil a Monedero--. No sé si podremos dejarlos atrás…

--¿Quién ha dicho que debamos dejarlos atrás? –dijo Pascual, envalentonado. Había recordado quién era él y que debía ocuparse de Pablogrado. No se iba a dejar vencer tan fácilmente.

Bertín le miró con sorpresa y, a renglón seguido, con complicidad.

--Me parece estupendo. ¡Vamos a echarle casta entonces!

Frenó a la vez que giraba bruscamente el volante, colocándose frente a la camioneta morada, que tuvo que desviarse para no colisionar. 

--¡Parad, idiotas! –ordenó Monedero, esgrimiendo el trabuco--. ¡Ese todoterreno será su tumba! ¡Id a por ellos!

No sin antes votar para decidir quién debía ir primero, el grupo de vecinos, pertrechado con garrotes, horcas y palos, rodeó cautelosamente el todoterreno. Monedero se había quedado atrás y daba instrucciones.

--Tienen que estar dentro, no han podido ir a ningún lado. Obligadles a salir y yo mismo les pegaré un tiro. 

Pero no llegaron a tocar la portezuela. El todoterreno explotó y la onda expansiva hizo volar por los aires a los vecinos. Monedero, más resguardado, evitó la peor parte, aunque perdió el trabuco en la confusión.

--Que Chávez me ampare… --murmuró cuando fue capaz de hablar.

Todos los pueblerinos estaban malheridos o inconscientes. Para rematar el estado de absoluto estupor del alcalde, de una loma cercana salieron Pascual y Bertín. Debían de haber abandonado el todoterreno justo al cruzarse con la camioneta, protegidos por la oscuridad de la noche.

--Fue una buena idea instalar un dispositivo de autodestrucción –dijo ufanamente Bertín--. Prefiero mi coche hecho trizas antes que en las sucias manos de estos palurdos. 

Monedero pateó el suelo. 

--Esto no acaba aquí. Pronto el resto del pueblo vendrá en mi ayuda y el sacrificio al mesías será doble.   

--Señor alcalde, está usted en minoría –se burló Pascual, avanzando hacia Monedero--. Será llevado a Madrid, donde responderá de sus crímenes. Y, cómo no, haremos una parada en el programa de televisión que presenta Esperanza Aguirre. 

--¡No, ni hablar! –chilló Monedero, presa del mayor espanto--. ¡No quiero juntarme con esa mujer! ¡Ya se burló lo suficiente de mí cuando fui sin poder al acto de conciliación de la querella que presentamos contra ella! ¡Aléjate, fascista, perro lanoso! –Y apareció en su mano un afilado puñal sacado de su traje de lagartera.

Pero el funcionario no se arredró y propinó un potente derechazo a Monedero, que cayó al suelo. No hizo falta hacer más, pues el acalde, noqueado, no dio más problemas.   

 Poco después emprendieron el camino de vuelta a Madrid en la camioneta morada, transportando como prisionero al todavía inconsciente Monedero.

Ya en la capital Bertín manifestó que no quería verse mezclado en aquel asunto cuando saliera a la luz, por lo que decidieron separarse en ese momento. Pascual agradeció a su inesperado benefactor todo lo que había hecho por él, así como por los superiores intereses del Estado. Después, arrancó la camioneta y siguió su rumbo.

Bertín Osborne no volvió a saber de su amigo hasta una semana más tarde, cuando vio su foto en el periódico que leía por las mañanas. “Sigue en busca y captura el funcionario asesino”, rezaba el titular. Y especificaba lo que sigue: “El asesino, que asfixia a sus víctimas con un alambre para luego despedazarlas con una sierra y sumergirlas en lejía, está trastornado y sigue creyendo que trabaja para el Ministerio de Hacienda, actuando como si cumpliera órdenes de sus superiores”. 

Preparado para disfrutar de aquel luminoso día de noviembre, Bertín dejó a un lado el periódico, se recostó en su butaca y pensó que, al fin y a la postre, Monedero no iba a aparecer en el programa de Esperanza Aguirre. 

Creo que nada puede ser más terrorífico que la actualidad española, pero igualmente espero que este modesto relato sirva para amenizar vuestra noche de Halloween.