Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, septiembre 07, 2014

LA BATALLA CONTRA PODEMOS HA COMENZADO

A finales de agosto me encontraba hablando de política en una reunión con amigos. Uno de ellos, viendo que la conversación no tomaba una orientación clara, me hizo la pregunta clave: “¿Qué hay que hacer para detener a Podemos?”. Hoy el director de El Mundo da cuenta del ascenso del partido de Pablo Iglesias y ofrece recetas con la finalidad de frenarlo. Aunque este tema puede ser ya cargante, creo que la gravedad de las circunstancias requiere insistir.

España encara al comienzo de este curso político tres desafíos relacionados entre sí. La secesión de Cataluña, la recuperación económica y la pujanza del extremismo izquierdista de Podemos se hallan interconectados. Fracasar en uno de tales desafíos implica fracasar en los demás. 

Contesté a mi amigo que el Gobierno tenía no tanto que tomar decisiones espectaculares cuanto dejar de cometer errores tan palmarios como el de la reforma electoral; y, por otra parte, vender mejor sus propuestas más atractivas, como la reforma fiscal, y tratar de convencer a la opinión pública de que el populismo no es la solución a las dificultades actuales. Y añadí que los ciudadanos también podían contribuir a mermar la fuerza de Podemos, poniendo en entredicho sus propuestas o el historial de sus líderes y no dejándose intimidar por quienes tratan de silenciar a todo el que no considere a Podemos como una especie de salvación milagrosa. 

No es una tarea fácil. Podemos ha sabido aglutinar el enfado de buena parte de la sociedad española empleando unas formas novedosas y aparentemente inclusivas --uso masivo de redes sociales, asambleas-- y encaramado a un discurso complaciente, un discurso tramposo destinado a menores de edad mental. Conforme al mismo, la responsabilidad en los males propios y en los que padece la patria siempre es de otros (los ricos, la casta, los banqueros, Merkel, Bruselas…). El pueblo, cuando se haya liberado de ese yugo y de la democracia representativa, será feliz y próspero. Y esta revolución, con las incontables prebendas que traerá consigo, no tendrá coste alguno, porque se atribuye a la política y al voto unas propiedades taumatúrgicas. No es extraño, en este sentido, que el mismo nombre del partido revele cierto voluntarismo pueril.

En Podemos anida una variopinta representación de la sociedad española. Hay jóvenes que, convencidos de que son los mejores y más preparados, gritan: “Lo queremos todo y lo queremos ya (y que lo pague el vecino)”; hay radicales, antaño marginados, que ven su oportunidad de alcanzar el poder; hay miembros de la izquierda caviar que, hartos del PSOE y de la rancia IU, desean vivir emociones fuertes; hay gente mayor y casposa que pretende llevar a cabo ahora la ruptura que los españoles rechazaron en los años setenta; y hay, en fin, gente de buena fe, los ilusos que se han entusiasmado ante la mercancía averiada que con prodigiosa y frívola charlatanería les ha endilgado Pablo Iglesias. Los argumentos contra Podemos deben dirigirse preferiblemente hacia los primeros y los últimos.

Varias encuestas muestran un espectacular crecimiento del partido, pero es posible que la realidad de las urnas sea distinta. En todo caso, es mejor no confiar en que este fenómeno se desinfle solo o antes de causar daños graves. El problema es que la clase gobernante no está en las mejores condiciones --ni siquiera intelectuales-- para hacer frente a estos bolcheviques de nuevo cuño. De ahí la importancia de partidos como UPyD o Ciudadanos, de pensadores independientes y críticos y, cómo no, de los ciudadanos en general, que no deberían dejarse engañar tan fácilmente. Por suerte, he conocido ya unos cuantos casos de gente que, tras una primera impresión favorable de Podemos, se ha ido percatando de su radicalismo, de su cercanía a las fracasadas ideas chavistas (el naufragio de Venezuela no ayuda a los que, como Iglesias, Errejón y Moneypenny, han sido formados allí para actuar aquí) y de lo inviable o perjudicial para la economía de su programa. 

Mi consejo es tener presentes los siguientes argumentos y ser capaces de usarlos cuando alguien empiece a hablar elogiosamente de Podemos. Primero, que, aun cuando España no esté en su mejor hora, el bacalao que vende Pablemos no va a aliviar la sed de nadie. Segundo, que Pablemos no es un partido que deba gozar de inmunidad por el mero dato de su novedad o haber obtenido unos resultados llamativos en unas elecciones secundarias. Tercero, que en España los jueces y tribunales están investigando y castigando la corrupción y que no hay razones serias para sustituir por completo el régimen constitucional de 1978. Y cuarto, que la economía está recuperándose y que para vivir bien no es necesario entregar nuestra alma a un partido que promete un paraíso colectivista.  

3 comentarios:

Néstor dijo...

Creo que la hipotética coalición UPyD-C's puede jugar un papel importante ofreciendo una alternativa más seria y moderada que Podemos al votante cansado de PP y PSOE. Salvo a los muy dogmáticos (como los conservadores que votaron a esa coalición del Partido Familia y Vida con los carlistas en las europeas o los que votan por minúsculas formaciones comunistas al margen de IU) a nadie le gusta tirar el voto con partidos sin opciones reales de ganar o de tener al menos cierta relevancia.

octopusmagnificens dijo...

¿Qué hay que hacer para detener a Podemos? Exponer a Podemos, a su ideología. Lógicamente entre la no poca gente que les ha votado como castigo al PPSOE.

El Espantapájaros dijo...

Néstor:

Ojalá así sea y UPyD-C's sea un factor estabilizador que aporte confianza a esos ciudadanos decepcionados con PP y PSOE pero que no han caído en las redes del populismo.

Octopus:

Hay que exponer su programa, su ideología, el historial de sus dirigentes... Aun así, también hay que combatir esa idea que pueden albergar muchos de utilizar a Podemos como instrumento de revancha, en expresión de Davis Gistau, al margen de cualquier otra consideración. Hay otras opciones que pueden valer como voto de castigo.