Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, julio 27, 2014

VULGARIZACIÓN DEL DISCURSO POLÍTICO

El gran Amando de Miguel llamó politiqués al “dialecto de los hombres públicos”. Se trata de la jerga --ora ampulosa o recargada, ora vulgar o directamente absurda-- que utilizan los políticos de todo pelaje. Precisa De Miguel lo que sigue: “Consiste más bien en emplear un lenguaje repulido, atento a las modas y sujeto a la necesidad de impresionar a los oyentes”.

El politiqués se nutre de frases manidas, muletillas varias y lenguaje políticamente correcto. Ejemplos señeros son es el ya muy extendido “Poner en valor”, expresión carente de sentido, o el “Compañeros y compañeras” y “Todos y todas”,  la aportación de Batasuna al idioma español. 

Junto a unas formas ridículas y retorcidas, el discurso político se caracteriza, cada vez más frecuentemente, por su ausencia de contenido o por ser éste sumamente peregrino o simple. Los recientes discursos de Pedro Sánchez sirven de muestra. Apenas hay en ellos ideas o sustancia. Abundan, en cambio, las frases hechas, los guiños demagógicos, el recurso al eslogan…

Por supuesto, el discurso de un político actual no resiste la comparación con el discurso de los prohombres del siglo XIX. Es otro nivel. El problema es que, habiendo repasado intervenciones y entrevistas de principios de los noventa, estoy en condiciones concluir que el discurso político de 2014 sale perdiendo por mucha diferencia. El empobrecimiento ha sido radical en unos pocos años.  

Las causas pueden ser muchas. Los políticos se han profesionalizado, ya no provienen necesariamente de las élites o de profesiones antaño vinculadas a la política y con una considerable carga intelectual. Además, existe la necesidad de llegar a un público muy amplio y que sea fácil la difusión, por lo que los mensajes tienden a simplificarse. Por último, estamos en una sociedad muy acelerada y que se ha vuelto perezosa debido a la facilidad en el acceso a la información. En este contexto, los políticos se conforman con poco: la gente, también.

Que nadie intente presentar a Pablo Iglesias como un rayo de esperanza en este sentido. Recuerdo cómo, hace no tanto, las tertulias televisivas no tenían prestigio alguno: había bromas sobre esos tertulianos que supuestamente sabían de todo. Pues bien, ahora parece que esas mismas tertulias, más polarizadas y depravadas que antaño, son el gran faro de la política española. Iglesias no es más que un charlatán, pero tiene la ventaja de ser un profesor relativamente joven con nociones de comunicación audiovisual. Posiblemente sea el tertuliano perfecto, que no es lo mismo que ser un político de categoría.

Creo que entre el politiqués y la falta de ideas o su poca elaboración la política española ha caído muy bajo. ¿Y qué hay de la sociedad española en general? Deberíamos interrogarnos sobre eso seria y honestamente, sobre cómo hablamos y la profundidad de nuestro pensamiento. Porque tal vez nos hayamos vuelto definitivamente tontos, como advertía un profesor al que admiro mucho.

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