Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, julio 06, 2014

LA ELECCIÓN DIRECTA DE LOS ALCALDES

El anuncio de Mariano Rajoy de que quiere que los alcaldes sean elegidos directamente por los vecinos ha tenido una desigual acogida. Para el PP, es parte de la regeneración democrática --de última hora-- que propugna. El PSOE expresa su rechazo, pese a que en el pasado lo defendió. Y no falta la opinión de Pablo Iglesias, quien, erigido el centro del universo, opina que sería un cambio dirigido única y exclusivamente a perjudicar a su chiringuito electoral.

El artículo 140 de la Constitución ya contempla esta opción: “Los Alcaldes serán elegidos por los Concejales o por los vecinos”. La Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, de Régimen Electoral General se decantó por la elección indirecta, esto es, efectuada por los concejales, debiendo obtener el candidato a alcalde mayoría absoluta de los votos en una primera votación; si ningún concejal obtiene dicha mayoría, será elegido el que encabece la lista más votada (art. 196).

No obstante, existen en España municipios donde hay elección directa de los alcaldes. El texto constitucional consagra en el artículo 140 el régimen de concejo abierto. De acuerdo con el artículo 29 de la Ley 7/1985, de 2 de abril, reguladora de las Bases del Régimen Local, en ese régimen todos los vecinos forman parte de una asamblea que elige al alcalde.

La Constitución, como se ha visto, no excluye la elección directa, que ya se da en los municipios que funcionan en concejo abierto (aquellos que, en general, tradicional y voluntariamente cuenten con ese régimen). El gran problema de la reforma esbozada por Mariano Rajoy es que, aunque el alcalde es quien dirige el municipio, el Pleno del Ayuntamiento no desempeña funciones menores. La elección directa podría dar lugar a situaciones de cohabitación en las que un alcalde de un partido se vea obligado a convivir con un Pleno opuesto a él. 

A mi juicio, el PP, haciendo honor a sus malas costumbres, llega tarde y mal. No se puede plantear una reforma de esta envergadura a menos de un año de las elecciones municipales y con fines claramente electoralistas, porque es evidente que se beneficiaría del cambio en la mayoría de los casos. Por otra parte, con las dudas y miedos que suelen atenazarle el resultado final sería, posiblemente, una chapuza que no contentaría a nadie. Cualquier cambio que afecte al sistema electoral ha de abordarse buscando el consenso y la perfección técnica: las elecciones son la fuente principal de legitimidad democrática. En las presentes circunstancias parece un error intentar semejante empresa. 

Y no es una idea que rechace en el plano teórico, con todo. Muchas veces aparecen, como recuerda Rajoy, esas forzadas coaliciones de cinco partidos perdedores que se llevan el poder a pesar de que el PP está a uno o dos concejales de la mayoría absoluta; y también es cierto que el actual sistema fomenta la actuación de tránsfugas que defraudan la voluntad popular. 

Sin duda, el escrutinio mayoritario uninominal presenta ventajas, pero no es la panacea, y es inquietante que cuando se habla de regeneración democrática ello se traduzca solamente en aproximaciones a la democracia directa, que no tiene por qué ser la mejor democracia.  

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