Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, junio 22, 2014

KOSOVO COMO LECCIÓN

En 2008, Kosovo declaró su independencia de forma unilateral. El Tribunal de La Haya (Corte Internacional de Justicia) emitió un dictamen el 22 de julio de 2010 en el que únicamente contestaba a la pregunta de si dicha declaración era ajustada al Derecho internacional. Como es sabido, la CIJ concluyó que no era ilegal, usando el sencillo argumento de que el Derecho internacional no prohíbe declaraciones de independencia. 

La crisis en Ucrania y las ambiciones del separatismo catalán han traído a colación este dictamen, que, en rigor, aporta muy poco, a pesar de que quienes lo enarbolan a modo de argumento definitivo (como Pilar Rahola en una famosa y ridícula intervención) extraen de él unas afirmaciones y consecuencias que en modo alguno expresó la CIJ.

El de Kosovo, como se insistió desde la ONU, fue un caso especial que no creaba precedente. Se trataba de un pueblo masacrado y discriminado por los serbios durante los años noventa, y muchos países reconocieron al nuevo Estado en atención a ese sufrimiento pasado y a fin de evitar más tensiones en el futuro. Lo cual no implica que Kosovo, en virtud del derecho a la libre determinación de los pueblos, pudiera acceder a la independencia conforme al orden jurídico internacional.

La libre determinación de los pueblos no coloniales, de acuerdo con la Resolución 2625 de la Asamblea General de la ONU de 1970 de, encierra como contenido esencial que no sean excluidos del gobierno del Estado ni discriminados, es decir, que participen en pie de igualdad con los demás habitantes de ese Estado en los asuntos públicos.

No hay, pues, derecho a la secesión, ¡ni siquiera a la autonomía!, sobre la base de la libre determinación. Solamente no exclusión o, en otras palabras, participación en un gobierno representativo.

La CIJ, en el tan mentado dictamen, no se pronuncia sobre la libre determinación; tampoco lo hace sobre la legalidad de reconocer al nuevo Estado. Ya he señalado que sólo afirma que la declaración de independencia no es ilegal, sin entrar en otras consideraciones. Ello convirtió al dictamen en blanco de muchas críticas, manifestando la doctrina que se había perdido la oportunidad de clarificar distintas cuestiones y que la CIJ era en exceso pacata.  

Sea como fuere, las declaraciones de independencia no crean Estados. La creación de un nuevo Estado viene determinada por la efectividad de una serie de hechos. En resumidas cuentas, una organización política que controle de facto y sin injerencias un territorio en el que habita una población. Es lo que sucedió a la postre con Kosovo (siendo, no obstante, discutible que contara con un gobierno independiente de 2008, al estar bajo la tutela de la UNMIK).

Por supuesto, los separatistas catalanes incurrirían en una clamorosa vileza si acudieran al ejemplo de Kosovo para amparar sus planes. La comparación no se sostiene. Kosovo sufrió una dura y sangrienta represión, mientras que Cataluña goza de una amplia autonomía y su lengua y su cultura son plenamente respetadas. 

Pero el Gobierno de Mariano Rajoy sí debe sacar una lección de lo acontecido con Kosovo. A veces, aunque el Derecho diga una cosa, la política (o los hechos consumados) consiguen imponer otra. El dictamen de La Haya es discutible hasta en lo que se refiere a la declaración de independencia, pero aun así Kosovo se salió con la suya. Serbia no pudo hacer nada por recuperar ese territorio. El Gobierno ha de estar preparado no sólo para acudir a los tribunales, sino también para impedir que el Estado central sea expulsado a patadas de Cataluña y ésta pueda separarse por la vía de los hechos.

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