Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, abril 20, 2014

¿QUÉ HACER CON CATALUÑA?

La semana pasada intenté dejar claro que las exigencias del nacionalismo catalán no tienen cabida en la Constitución. Tampoco hay buenas razones económicas o históricas que sostengan su postura. En cambio, sí existe un fuerte sentimiento y un apoyo popular que no puede ser obviado. Este problema, pues, difícilmente se va a arreglar solo, y si bien considero acertado que el Gobierno no muestre todas sus cartas antes de tiempo, en algún momento la crisis llegará a su punto álgido y habrá que dar una respuesta que no se limite al recordatorio de que se hará cumplir la ley y en dar cuenta de los perjuicios económicos que una separación acarrearía para Cataluña.

Hay algunas voces no indocumentadas que, inspiradas por el ejemplo canadiense, defienden que se regule un procedimiento serio y riguroso que eventualmente pueda desembocar en la separación de una parte de España, previa reforma constitucional. Ya en el pasado me referí a las tesis de Ruiz Soroa, ahora aumentadas y mejoradas en la obra colectiva La secesión de España (Tecnos, 2014), y las sigo calificando de ingenuas y vanas, pues encierran una ignorancia no sé si deliberada acerca de la naturaleza del nacionalismo: regular un procedimiento para la separación (¡y la posible consecución de ésta!) no bastaría para aplacarlo. Si los nacionalistas perdieran el referéndum, aducirían que estaba amañado, que el Estado jugó sucio, que las condiciones pactadas en verdad fueron impuestas… En caso obtener un resultado favorable, y tras la traumática separación, ¿cuánto tardarían en acusar a lo que quedara de España de sus dificultades o en reclamar las zonas de habla catalana de Aragón, o directamente las Islas Baleares o Valencia? Ceder, aunque sea en un marco legal ad hoc, no es la solución. 

Las distintas propuestas de reforma de la Constitución merecen el mismo poco crédito. La de los socialistas, basada en un federalismo que rechazan los propios nacionalistas, no es otra cosa que la expresión del miedo o reparo del PSOE a defender la unidad de España sin ambages. Es una reforma pensada para mantener unido al PSC con el PSOE, no para mantener unida España. Otra opción, insinuada por Duran, consiste en introducir una disposición adicional en la Constitución que reconozca la singularidad catalana, le otorgue una situación privilegiada, etcétera. Por supuesto, el agravio comparativo sería intolerable para otras regiones, la mayoría de las cuales han mostrado una lealtad institucional infinitamente más elevada que la de la clase dirigente catalana.

A mi juicio, cualquier salida a esta crisis que suponga premiar el victimismo, la deslealtad y el chantaje será errónea y, sobre todo, un mal ejemplo que puede espolear futuras aventuras. Mas el problema va a seguir ahí, indudablemente, a pesar de que se cierren las puertas y abunden las negativas.

Araceli Mangas Martín, catedrática de Derecho Internacional Público, ha advertido que, si no se hace nada, la vía de los hechos, ya barajada por los nacionalistas, no es tan impracticable como parece. La creación de un Estado, según explica esta autora, es una cuestión que depende de la efectividad de los hechos. Es conocida la poca presencia del Estado en Cataluña, donde determinadas sentencias de los tribunales no se cumplen o se cumplen a conveniencia, donde se oculta bajo un velo negro el retrato del Rey y se margina la bandera española… Si el día de mañana se proclama la independencia y sus promotores controlan el territorio, lo último que debería hacer el Gobierno sería recurrir al Tribunal Constitucional o --aún peor-- a instancias internacionales.

En tal hipótesis, y justamente para evitar la fuerza de los hechos, habría que aplicar el artículo 155 de la Constitución y, por qué no, declarar el estado de sitio, cosa que autoriza el artículo 32 de la Ley Orgánica 4/1981, de 1 de junio, de los Estados de Alarma, Excepción y Sitio cuando “se produzca o amenace producirse una insurrección o acto de fuerza contra la soberanía o independencia de España, su integridad territorial o el ordenamiento constitucional, que no pueda resolverse por otros medios”.

Es evidente que estos remedios sólo valen a corto plazo. La intentona sería abortada… y en el futuro vuelta a empezar. No sé si habrá cura para el nacionalismo o si a lo que más se puede aspirar es a conllevar el problema, como dijo Ortega y Gasset. En todo caso, es insaciable. En lugar de buscar la manera de acomodarnos a sus pretensiones sin que todo reviente, ¿por qué no empezar a combatirlo con más determinación y amplitud de miras? Ésa es la única solución real a largo plazo.

3 comentarios:

Néstor dijo...

El problema aquí es que no se puede razonar con hooligans. Cuando alguien se encierra en su aldeanismo y en el "soberanía, unga, unga", poco se puede hacer. Ni siquiera se dan cuenta de sus propias contradicciones, porque ¿qué sentido tiene que Mas reclame soberanía para Cataluña si a la vez quiere estar dentro de la UE? ¿Tampoco le querrán ceder a esta soberanía en el hipotético caso de que alcancen la independencia? ¿Serán entonces una especie de Reino Unido II? Es un sinsentido tras otro.

Creo que la globalización barrerá poco a poco todo tipo de nacionalismo (sea el separatista de Mas o el euroescéptico de la Sra. Le Pen; los pilares ideológicos son los mismos), pero precisamente en este momento, en las primeras décadas de la revolución tecnológica, es cuando más amenazados se sienten y más guerra van a dar.

octopusmagnificens dijo...

La verdad es que los independentismos catalán y vasco son cuestiones que veo con hartazgo, con desinterés. Lo que sí pienso es que, si llegara a producirse una declaración unilateral de independencia, el Gobierno intervendría suspendiendo o sitiando lo que fuera necesario. Sería una inyección de popularidad. Dicho esto, puedo entender las motivaciones nacionalistas que estén basadas en el "España nos roba". Si es para librarse del Estado de bienestar y la presión impositiva, yo votaría por la independencia.

El Espantapájaros dijo...

Néstor:

Es que ya no se manejan argumentos racionales o serios. De ahí que sea muy difícil dialogar. A mi juicio, Mas bien ha enloquecido, bien ya no controla el tigre que contribuyó a desatar, que acabará devorándolo. Supongo que espera algún tipo de salida honorable antes de que todo se venga abajo.

Es manido decirlo, lo sé, pero aspirar a ser "un pequeño país" en esta era de globalziación, multinacionales y potencias emergentes inmensas es ir en contra de los tiempos.

Octopus:

A mí también me producen hartazgo, y creo que se pierden muchos recursos valiosos en estos debates identitarios.

Espero que, si hay declaración de independencia, el Gobierno tenga los arrestos suficientes para intervenir. Personajes tan deleznables como Margallo suelen manifestar su creencia de que Mas "no se saldrá de la legalidad", pero mejor estar preparados para lo contrario.

Claro que hay plantearse los límites de la redistribución y un sistema tributario más moderado, siempre que se hable de individuos y no de territorios. Por lo demás, Cataluña no es precisamente la cuna del liberalismo. Si se separara, nacería lastrada con una deuda inmensa y sus ciudadanos lo sufrirían en forma de subidas de impuestos y múltiples sacrificios. Además hay que tener en cuenta que al menos más de la mitad del proceso es ERC, partido poco amigo de la libertad económica.