Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, febrero 09, 2014

REFORMAS TRIBUTARIAS PASADAS Y FUTURAS

La reforma tributaria ha sido y es una constante en el devenir económico y político de España, cuya Hacienda Pública ha estado tradicionalmente aquejada de insuficiencia de recursos, aunque habría que preguntarse dónde está el límite. ¡Por cierto que los políticos son, de ordinario, insaciables a la hora de gastar! Los ejemplos más remotos son las reformas impulsadas por Alejandro Mon (1845) y Raimundo Fernández Villaverde (1900), y la silenciosa de Flores de Lemus (1900 a 1940), junto con las desarrolladas durante el franquismo. La democracia se inicia con una ambiciosa reforma fiscal (1977 y 1978). De obligada referencia para el estudio de todas ellas y, en especial, de esta última es Las reformas tributarias en España. Teoría, historia y propuestas (Crítica, 1990), de Enrique Fuentes Quintana. Posteriormente, ha habido distintos cambios (algunos profundos), retoques o ajustes en el sistema tributario inaugurado en los setenta.
 
En aquel momento, el sistema tributario heredado del franquismo se reveló como inapropiado para financiar un sector público abocado a la expansión, consecuencia inevitable de la democracia, el Estado autonómico y el Estado de Bienestar. Los ingresos que se recaudaban distaban mucho de ser abundantes, la gestión era mejorable, el fraude estaba generalizado… Y, al igual que ahora, la crisis económica compelía a un importante desembolso en ayudas públicas. 
 
El primer paso fue la Ley de Medidas Urgentes para la Reforma Fiscal de 1977, seguida de la implantación del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas y el Impuesto sobre Sociedades en 1978. Desde entonces crecieron los ingresos, pero los gastos aumentaron mucho más: en 1993 el gasto público llegó a representar cerca del 50% del PIB. En los años de Aznar fue posible rebajar esa cifra merced a las políticas de estabilidad presupuestaria y al crecimiento económico. No hace falta recordar lo que aconteció después. 
 
Tal vez inspirado por el espíritu transformador de los setenta, el Gobierno ha anunciado una nueva reforma tributaria, al parecer de gran calado, de la que aún se sabe muy poco. Si bien se anuncian cambios sustanciales, sobre todo en el IRPF, hay que dudar de su alcance. De un lado, en esta legislatura ya ha habido numerosas modificaciones en la normativa fiscal. De otro, el margen de actuación es limitado debido los objetivos de déficit y a la frágil situación de la economía española, factores que pesan mucho en un Gobierno que ha abordado la reducción del déficit poniendo el acento en el aumento de los ingresos y no en el recorte de los gastos. 
 
La realidad que muestran los datos no es halagüeña. En 2012, el peso del gasto público sobre el PIB fue del 47% (del 45,1% en 2011), mientras que los ingresos públicos se situaron en el 36,4% de la citada magnitud. Semejante brecha es difícil de cerrar. Mariano Rajoy sigue negando que exista un problema de gastos, a pesar de que estos datos se enmarcan en un contexto de alzas impositivas, y lo fía todo a la recuperación.  
 
En mi opinión, el Gobierno debe actuar con responsabilidad, pero también con una dosis de audacia, lo que no significa que se deje cegar por la cercanía de las citas electorales. Si se aspira una reforma seria, ha de llevarse a cabo con la vista puesta en el largo plazo, en su permanencia, esto es, que no obedezca exclusivamente a necesidades coyunturales, pues entonces sólo cabe hablar de parches y chapuzas varias.

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