Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, febrero 23, 2014

LAS SERIES QUE ME INFLUYERON (Y II)

La última serie con origen en los ochenta de mi infancia fue Los Simpsons (1989). La echaban en horario de tarde o noche, si la memoria no me falla. Los niños no nos enterábamos de la mitad de las bromas, pero la veíamos igualmente. Evidentemente, la influencia de esta serie, a la que fui fiel durante mucho tiempo, es abrumadora. A través de sus homenajes o referencias conocí películas o libros fundamentales, y también me ayudó a empaparme del American way of life, que me atraía a pesar de la intención satírica de la serie.
 
Habían llegado los noventa y todo pretendía ser más espectacular. Las tortugas ninja dieron paso a Street Sharks (1994), de la que sacaron una línea de juguetes realmente buena. Aunque los tiburones eran resultones, siempre preferí a las tortugas.
 
Sin duda, la serie de dibujos animados por excelencia de los noventa fue Spider-Man (1994). La acción era vertiginosa, no había forma de aburrirse con ella. Adaptaba las mejores sagas de los cómics y se benefició de un excelente doblaje, así como de un merchandising adictivo. Cada verano la volvía a ver en Antena 3 por las mañanas.
 
Hermana mayor de Spider-Man era X-Men (1992). Si Spider-Man se caracterizaba por las continuas bromas del arácnido y la acción pura, la serie de los mutantes era más severa, incluso sombría, como si quisiera tratar con la debida gravedad los temas que abordaba. La ponían en Telemadrid por las mañanas, de manera que veía el capítulo antes de ir al colegio. Pero era tal mi obsesión que solía grabarla para poder verla de nuevo a la vuelta. 
 
Estas dos series estaban basadas en cómics no faltos de violencia, pero su público era eminentemente infantil. Visto hoy, es de notar que, por ejemplo, las armas que se utilizaban siempre eran láser, jamás aparecían armas de fuego reales; y el petulante Lobezno nunca usaba sus afiladas para rasgar carne humana, teniendo que conformarse con destripar robots. 
 
Las series de acción real pasaron a ocupar un lugar privilegiado en mis preferencias gracias a dos bombazos. El primero, Power Rangers (1993). La moda se apoderó del colegio sin encontrar resistencia, entiendo que porque era una serie que en aquellos años no podía sino triunfar, con tantas explosiones, monstruos y protagonistas guapos y aseados. Aún recuerdo con nitidez el primer episodio que vi y las circunstancias exactas de aquel día (hoy se diría que fui víctima del hype).
 
El segundo gran éxito fue Hércules: The Legendary Journeys (1995). Desde muy pequeño había buceado en la mitología griega, con lo que me vino muy bien para renovar esos intereses y confirmar que las religiones paganas entretenían más que el cristianismo (que no es que fuera tedioso, he de advertir). Los dioses del Olimpo no eran tan ignotos o reservados como el Dios de la religión cristiana, era posible combatirlos si hacía falta y sus intervenciones en los asuntos humanos eran mucho más comprensibles. Y Xena me fascinaba. 
 
Soy admirador de R. L. Stine, por lo que no me resisto a mencionar Pesadillas (1995), que adaptaba los libros de terror de aquel autor. Muchos capítulos, hoy, dan más risa que miedo; no así en aquel entonces, pues había alguno que provocaba verdaderos escalofríos. De no ser porque la echaban por la mañana, habría pasado malas noches por su culpa. Recomiendo escuchar la siniestra melodía del opening
 
Por lo que respecta al anime, Dragon Ball y Dragon Ball Z siguieron levantando pasiones. En 1996 se estrenó Dragon Ball GT, muy denostada actualmente. En mi opinión, no está tan mal, pese a que es necesariamente reiterativa y abusa de las bolas de energía y similares en detrimento de las peleas físicas.
 
Otro anime que me marcó fue Sailor Moon (1992). Encontraba sorprendente que una serie protagonizada por niñas quejicas y cursis –lo opuesto a la tónica general en los noventa-- pudiera ser tan interesante. Descubrí que el anime podía enganchar usando casi cualquier material. 
 
Algunos no me perdonarán que no citara Los Caballeros del Zodiaco (1986) en el anterior escrito. El motivo es que apenas la veía y, por tanto, careció de influencia. 
 
Las últimas series de anime de mi infancia stricto sensu (hasta los 12 años) y que la cierran fueron Pokémon (1997) y Digimon  Adventure (1999). Dos series que los nacidos a finales de los ochenta tuvimos la suerte de conocer en el instante preciso, es decir, con la edad adecuada y en circunstancias óptimas.
 
La primera formó parte del desembarco del famoso juego de Nintendo en Europa, conociendo un éxito más que fulgurante. El Team Rocket, inasequible al desaliento, era mi principal razón para verla. La serie seguía más o menos el juego y, como me lo había pasado, sabía que en el gimnasio de Ciudad Verde aguardaba Giovanni, jefe del Team Rocket: aguardaba con suma paciencia el momento en que Ash y sus amigos se batirían con él. Un día de infausto recuerdo, justo cuando ya estaba cerca la confrontación, al haber sido superado el gimnasio de Isla Canela, Telecinco emitió el primer capítulo… y no fue un error. Jamás lo perdoné. Mis amigos y yo dimos crédito al rumor que aseguraba que Telecinco no podía comprar más capítulos de Pokémon porque estaba gastando demasiado dinero en 50x15: ¿Quién quiere ser millonario?
 
Finalizo con Digimon Adventure. No fue una serie más, ni es tan sólo la aventura de unos cuantos niños atrapados en un mundo poblado por monstruos digitales. A los que la vimos en el año 2000 (cuando se estrenó en España) nos conmovió, pues ahí estaba reflejado todo lo que para nuestra generación significaba la amistad, la lealtad y la lucha contra la adversidad. No es casualidad que mi novela favorita trate de unos niños que caen por accidente en una isla donde tendrán que aprender a sobrevivir a la fuerza…
 
Digimon Adventure emocionaba con sus batallas, con su música, con la evolución de los personajes (hay que darse cuenta de que las evoluciones más importantes en la serie no son las de los digimons). Una obra maestra, en suma. Junto con su continuación directa, Digimon Adventure 02 (2000), cuya primera parte está a la altura de su predecesora, fue el broche de oro de mi infancia en lo que a series se refiere, y mi cariño y reconocimiento jamás habrán de disminuir.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Te hiciste tus primeras pajillas con Bulma?

Néstor dijo...

Yo no era aficionado a la mitología griega antes de ver Xena: La Princesa Guerrera. Más bien fue la belleza de Lucy Lawless el caballo de Troya que me hizo sentir curiosidad por ella.

En cuanto a Dragon Ball, creo que nunca he visto un capítulo entero de la saga GT. De pequeño era muy conservador para esas cosas y el cambio respecto a las anteriores (de las que era fanático) era demasiado grande. Para mi era otra serie con nombre similar. Creo que lo mismo me sucedió con Compañeros y esa última temporada en la que se habían cargado a todos los protagonistas juveniles de un tirón.

Leyendo lo que dices de Pesadillas, que vistos hoy dan más risa que miedo, se me ha venido a la mente The X-Files. Bueno, quizás estos den más pena que risa...

Y no sigo porque casi podría escribir otra entrada como respuesta.

El Espantapájaros dijo...

Anónimo:

No, cuando lo de Bulma era muy pequeño.

Néstor:

Una belleza difícil de resistir. A veces me imaginaba formando parte de su banda de forajidos...

Lo que cuentas de "Dragon Ball" es el sentir de muchos fans que se sintieron violentados ante una concepción tan distinta (sobre todo al principio de la serie). A mí me dio por verla porque, a pesar de las reticencias, era tan disciplinado que tenía que terminar la serie, durase las temporadas que durase.

Error imperdonable el no haber includio "Expediente X". En general, me daba mucho miedo, la veía con cierto placer morboso, sabiendo que más tarde, ya en la cama, me arrepentiría. También me enseñó mucho sobre el localismo americano. El FBI siempre era recibido con suspicacia en todos los pueblos, celosos de su intimidad y poco amigos de los federales.