Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, noviembre 10, 2013

DOS NUEVOS DERECHOS QUE AGRADECER A LA IZQUIERDA: ERASMUS Y TELEVISIONES AUTONÓMICAS

No es fácil gobernar planteando una alternativa liberal a la socialdemocracia rampante. Cualquier intento de reducción o racionalización del sector público español va a topar con la intransigencia radical de una izquierda cuya única receta –en el plano de la sostenibilidad financiera— consiste en incrementar la presión fiscal. Lo que ha sucedido con las Becas Erasmus y la televisión pública valenciana es extraordinariamente ilustrativo.

El plan de Wert en relación con las Becas Erasmus era redistribuirlas. No había recorte alguno, sólo se privaba de beca a los estudiantes que no disfrutaran de una beca general, concediéndose una suma de dinero más cuantiosa a los que sí disfrutan de tal beca, pensada para los que tienen una menor renta. A esta decisión se le puede achacar la inoportunidad del momento, una vez iniciado el curso y con los Erasmus ya en sus países de su destino, pero en modo alguno ha de rechazarse su loable fin. Los recursos son pocos y los Erasmus muchos: es lógico que se ayude más a los que realmente lo necesitan. 

Los progresistas no comparten esta valoración, a pesar de que entronca con el principio marxista de dar a cada uno según su necesidad. Afirman que esas becas son un derecho. Los alumnos afectados, por supuesto, se han expresado en similares términos, alegando que Wert les ha robado sus sueños. La generación mejor preparada de todos los tiempos es también la más llorica.

España sufre una inflación de derechos, sentimentalismo, victimismo y cultura del subsidio. Una cosa es que en tiempos de bonanza se concedan ayudas para que los jóvenes españoles vayan a emborracharse al extranjero con sus compatriotas (porque no es a otra cosa a lo que una generalidad de alumnos dedica su experiencia como Erasmus) y otra que ya eternamente y aun cuando lo prioritario es gastar menos y mejor haya que mantenerlas.

Si los universitarios españoles albergan el sueño de pasar una temporada en el extranjero perdiendo el tiempo, lo deseable es que se lo paguen de su propio bolsillo, no que obliguen al contribuyente a sufragar caprichos. Veo bien que se apoye a los desfavorecidos, pero no a cualquiera, pues, como he dicho, es poca o nula la formación que se puede esperar en estos casos. No creo que la preparación de los universitarios españoles se resintiera mucho en caso de desaparecer las Becas Erasmus.

Con la televisión pública valenciana ocurre algo parecido. Como antes sobraba el dinero, proliferaron las televisiones autonómicas, cuya principal función no es la de prestar un servicio público, como erróneamente sostiene Tomás Gómez, sino actuar como medio de propaganda al servicio del partido en el poder. Ahora estas televisiones, deficitarias, se han convertido en un lastre que la izquierda está empeñada en perpetuar. Por un lado, una ridícula exaltación de lo público conduce a justificar la permanencia ad eternum de entes tan inútiles como las televisiones autonómicas, en cualquier circunstancia y cueste lo que cueste. Por otro lado, en los territorios donde la izquierda está aliada o identificada con el separatismo estas televisiones son estructuras de Estado, que diría Artur Mas, idóneas para el adoctrinamiento cultural y lingüístico.

Es absurdo calificar de servicio público esencial las televisiones autonómicas; hablar de derecho a ellas resulta, cuando menos, ofensivo. Actualmente, la oferta televisiva y las posibilidades de obtener información por parte de los ciudadanos son inmensas y sin coste alguno. Y en lo atinente a la cultura y lengua propias de determinadas regiones, es dudoso que su subsistencia dependa de unos cuantos documentales y tertulias de tres al cuarto.

La izquierda, constituida en heroica defensora de los derechos sociales cuestionados en estas líneas y de otros muchos, podría resumirlos en uno solo: El derecho a un sector público sobredimensionado, ineficiente e imposible de costear a mayor gloria de todo tipo de fantasías, clientelas y grupos mascota.