Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







jueves, octubre 31, 2013

LA AMENAZA INVISIBLE

Tal y como estaba previsto, la reunión comenzó en la noche del 31 de octubre. Rubalcaba había congregado en su mansión, localizada en las afueras de Madrid, a un grupo que estimaba apropiado para conspirar.  

--Bienvenidos –saludó Rubalcaba cuando el último de sus invitados se hubo acomodado en el salón principal, grande pero opresivo por la acumulación de objetos, muebles y adornos. El líder del PSOE iba vestido con su ropa de estar por casa, un hábito negro con capucha--. Como sabéis, tenemos que tomar decisiones sobre el futuro de este país, po-porque el PP se lo está cargando, a-amigos –añadió con su tartamudeo característico, no se sabía si real o fingido.

Alrededor de una mesa sobre la que reposaba un peculiar objeto, se hallaban sentados Tomás Gómez, Soraya Rodríguez y Elena Valenciano. Esta última se había disfrazado de bruja pintándose la cara de verde y embutiéndose en un ajustado vestido negro que resaltaba las deformidades de su cuerpo. 

--Creí que íbamos a celebrar una fiesta de Halloween –comentó, decepcionada.

Tomás Gómez, el hombre que una vez tuvo patillas, que nada más llegar había tenido que reprimir una mueca de asco y burla al toparse con Valenciano ataviada de semejante guisa, dejó escapar una carcajada. Después, sus ojos achinados y bordeados de arrugas se posaron en la torva figura de Rubalcaba, que con un gesto de dolor en el rostro no dejaba de frotarse las rodillas.

--¿Te ocurre algo? –preguntó Tomás, la sonrisa aviesa. Detestaba íntimamente a Rubalcaba, y sabía que éste sentía lo mismo hacia él y que, si le había invitado a aquella reunión, era porque el viejo zorro cumplía la máxima de tener cerca a los amigos y a los enemigos aún más cerca. 

--Me-me molestan las rodillas –gruñó Rubalcaba--. Esta mañana he tenido una reunión con Artur Mas y ya sa-sabes, me he pasado todo el tiempo arrodillado en atención alta dignidad y condición de molt honorable. Hay que respetar los derechos históricos de Cataluña.

--Es cierto –convino Tomás, poniéndose serio, lo que sucedía cada vez que le mentaban aquellos derechos históricos, sagrados, especiales--. El encaje de Cataluña en España exige que seamos respetuosos con los catalanes. Son una raza superior, más europeos, más productivos… Muy buena gente, además, como los jugadores del Barcelona. Cuando gobierne Madrid, voy a introducir la inmersión lingüística en catalán para que nos parezcamos un poco a ellos.

Rubalcaba, tras asentir varias veces con la cabeza, señaló el objeto de la mesa, una especie de cilindro metálico de gran tamaño insertado entre algodones en una caja de cartón.  

--Justamente hoy vamos a resolver ese encaje de Cataluña en España y, de paso, a moralizar Madrid. Si no actuamos pronto, acabarán construyendo Eurovegas aquí, y eso no po-podemos tolerarlo, cáscaras. Es un negocio inmoral, sucio. 

La hasta entonces rígida como estatua Soraya Rodríguez abrió mucho los ojos y, circunspecta y sin variar un ápice su permanente rictus de amargura, comenzó a hablar como si atravesara un episodio de trance: 

--Un negocio que los socialistas debemos parar, es nuestra responsabilidad. El PP, vendido al neoliberalismo anglosajón, quiere crear puestos de trabajo de mala calidad y que los madrileños se dediquen a apostar y perder su dinero en el juego y, para colmo de males, que puedan fumar en los locales de ocio, con lo que pronto desarrollarán cáncer y morirán sin remisión, porque el PP está privatizando la sanidad y sólo podrán pagarse el tratamiento los ricos. Pero como habrán perdido el dinero apostando no habrá nadie que pueda curarse… Morirán los viejos, los niños, las mujeres… Familias destrozadas, colapso social…

--Gracias, Soraya, gracias por tu diagnóstico –atajó Rubalcaba, y carraspeó antes de seguir--: El caso es que tengo la solución perfecta para ambos problemas, el catalán y el madrileño. Sólo tenemos que utilizar eso que está en la mesa. 

--¿De veras? –dudó Tomás, echando un vistazo superficial al cilindro de metal.

--Es una bomba, una bo-bomba nuclear –reveló Rubalcaba, y emitió una risita infantil.
 
Por su parte, Tomás echó hacia atrás su asiento de la impresión y casi cayó al suelo; Soraya arqueó una ceja; y Valenciano roncó con fuerza, pues se había quedado dormida.  

 --No os preocupéis –dijo Rubalcaba--, es segura. El mercado negro está cada vez mejor surtido. 

 
--¿Qué vamos a hacer con ella? –quiso saber Tomás, alarmado.   

--Fácil –contestó Rubalcaba--. La próxima semana haremos estallar esta cabeza nuclear en los terrenos de Alcorcón donde está planeado que se levante Eurovegas. No habrá pérdidas humanas ni materiales, pero la radiación hará imposible la continuidad del proyecto y Adelson, ese pérfido magnate, tendrá que llevarse sus veinte mil millones a Cataluña si es que quiere seguir invirtiendo aquí.—Rubalcaba acompañaba sus explicaciones de tantos movimientos con las manos que Tomás apartó la vista para no marearse--. De esta forma, si os dais cuenta, ma-mataremos dos pájaros de un tiro. Madrid quedará libre de la depravación capitalista y del modelo productivo caduco que combatimos los socialistas. Y Cataluña recibirá una inyección económica que restará urgencia al debate por la independencia. A partir de ahí, seguro que se quieren sentar a negociar para convertir este país en una federación.

--¿Qué es una federación? –preguntó Valenciano, que acababa de despertarse.

Rubalcaba caviló unos instantes. 

--Es una cosa en la que se reconoce la singularidad de Cataluña y en la que Madrid no manda tanto –explicó torpemente, agitando mucho las manos.

--¡Ah! –exclamó Valenciano--. Entonces es como el PSOE, donde los catalanes hacen lo que quieren y a ti, Alfredo, no te hace caso nadie.

--Sí, más o menos –concedió Rubalcaba, resignado.

--En todo caso, es un plan perfecto –admitió Tomás, frotándose las manos--. Ignacio González perderá Eurovegas, su proyecto estrella, y lo tendrá muy difícil en las elecciones. ¡Pronto seré Presidente! Los madrileños empezarán a hablar catalán y terminará la confrontación entre territorios. Hasta estoy pensando en sustituir la bandera madrileña por una estelada en condiciones. 

--Con el PSOE en Madrid esta región volverá a apostar por la justicia social, la igualdad y la solidaridad –peroró Soraya Rodríguez--. Ahora está presa de la desdicha, maldita, y languidece aplastada por el peso de derecha más extrema de Europa. Oíd lo que dice El País, hermanos.—Extrajo un ejemplar de dicho periódico de su bolso--. “Decadencia de Madrid”, “Madrid, sucia y abandonada”, “Madrid, ciudad de feos e ignorantes”. “Madrid pierde turistas”, “Madrid es la única ciudad del mundo donde se venden estatuillas de Hitler y Franco”…

--Gracias otra vez por tus apreciaciones, Soraya –cortó nuevamente Rubalcaba--. Ejem, sí, creo que es una solución bu-buena. España ha robado mucho a los catalanes y es hora de ser justos. Así se sentirán más queridos. En cuanto a Eurovegas, está claro que hay que evitar que Madrid se corrompa de esa manera. Y ahora, vamos a empaquetar esta preciosidad para enviarla al que se encargará de detonarla llegado el mo-momento. ¡Seguro que algún policía incauto se presta a ello! 

Nada más poner Rubalcaba sus manos sobre la fría superficie de la bomba, un estridente pitido taladró los oídos de los presentes. 

--¡La bomba va a explotar! –chilló Tomás, y procedió a tirarse al suelo y ocultarse debajo de su silla. 

Hasta la imperturbable Soraya Rodríguez se mostró afectada. 

--¡Que alguien apague esa puta mierda, por los clavos de Satanás! ¡Nos va a fundir el cerebro! ¡Es una trampa de la derecha! ¡Neoliberalismo! ¡Desigualdad! 

El pitido dejó de sonar.

--Sólo es la alarma de la ca-casa –aclaró Rubalcaba, tan sobresaltado como los demás--. Iré a ver qué pasa. 

Se acercó a un interfono instalado en la pared y apretó el botón para comunicarse con la garita del guardia de seguridad que vigilaba la entrada de la mansión.

--Oye, ¿por qué ha sonado la alarma?

--Parece que alguien ha saltado la verja –respondió el guardia--. ¿Aviso a la policía?

--No, no, de-de ninguna manera –negó Rubalcaba, que antes de nada tenía que poner a buen recaudo la bomba. Y aparte de eso, su mansión escondía demasiados esqueletos en los armarios como para que la policía se presentara allí--. Ve a comprobarlo y avísame de cualquier novedad.

Cerró la comunicación y se dirigió a sus invitados.

--No os preocupéis –les tranquilizó--, seguramente sean unos ga-gamberros que vienen a hacerme una jugarreta por Halloween. Pero no pasa nada, aquí estamos a salvo.

Hubo un ruido de cristales rotos y la alarma saltó de nuevo. Una pegajosa sensación de miedo se apoderó del salón.

--Eso ha sonado cerca –musitó un inquieto Tomás, mirando en dirección a la puerta.

Rubalcaba llamó por el interfono al guardia, pero nadie respondió. Apagó la molesta alarma pulsando otro botón. 

--Recórcholis –rezongó--. A lo peor ha entrado alguien, deberíamos hacer algo… ¿Traéis armas? Yo voy siempre armado.—Y palmeó el bolsillo derecho de su hábito, donde se adivinaba la forma de una pistola. 

Tomás blandió una navaja de siete muelles y Soraya Rodríguez sacó de su bolso un espray de pimienta. 

--Lo siento, sólo tengo la escoba de bruja –se disculpó Valenciano, encogiéndose de hombros--, y me la he dejado en la entrada.

Con muchas prevenciones, y tras discutir sobre quién tenía que ir delante, responsabilidad que finalmente recayó en Tomás por ser el más alto y fuerte, el grupo abandonó el salón y recorrió lentamente los pasillos lóbregos y desiertos de la mansión.

No hallaron rastro del intruso, excepto los restos de cristales en una de las puertas correderas que daba al jardín.

--A lo mejor ha sido una pedrada, sólo eso y nada más –opinó Valenciano. 

Cuando estaban a punto de relajarse y regresar al salón, un nuevo ruido delató la posición del intruso.

--¡Está en la sala de billares! –dijo Rubalcaba, y empujó a Tomás para que acelerara el paso. 

Entraron en la sala de billares, que estaba a oscuras, y no se atrevieron a moverse de la puerta hasta que Rubalcaba dio con el interruptor y la luz eléctrica iluminó los billares, las dianas, los futbolines y otros juegos con los que el líder de la oposición liberaba tensiones.

 El intruso había derribado una estantería repleta de quincalla y recuerdos vulgares. Era evidente que, por alguna razón, quería atraerles allí. 

--Pe-pero qué diantres… --empezó Rubalcaba, y enmudeció de repente. Los demás tampoco abrieron la boca, paralizados por el terror.

En la pared del fondo de la sala alguien había dibujado un círculo con una serie de extraños símbolos rúnicos en su interior. El dibujo aún estaba fresco y gruesos goterones de líquido rojo se deslizaban hacia el suelo.  

--¿Es sangre? –preguntó Gómez con un hilo de voz. Su fornido cuerpo trabajado en el gimnasio temblaba sin control. 

Ocupado en analizar el dibujo, Rubalcaba tardó en contestar. Una pegajosa sensación de miedo fue apoderándose de él. Estaba completamente lívido y el sudor perlaba su calva y su frente llena de arrugas. La flácida papada que le colgaba del lado izquierdo de la cara temblaba como si tuviera vida propia. Finalmente, se llevó una mano pecho para controlar el ritmo de su estropeado corazón y con la otra aferró la pistola.

--Es la marca de un asesino en serie –dijo al fin--. ¡Jeff, el Asesino de la Runa! Vosotros no le conocéis porque sois más jóvenes que yo, pero aterrorizó la periferia de Madrid en los años ochenta. Solía atacar casas aisladas, do-donde podía actuar sin prisas. Antes de matar a sus víctimas, sometía sus víctimas a una te-terrible tortura: utilizando un cuchillo, tallaba runas en su cuerpo. Luego, las despedaza poco a poco. Y siempre dejaba su firma, la que veis aquí. Esto es parte de su juego, nos avisa de que ha llegado y que nos va a dar caza. 

--¿Y por qué no está en la cárcel? –preguntó Valenciano, cuyo maquillaje verde estaba empezando a derretirse a causa del sudor, dando la impresión de que su cara se caía a pedazos. 

--Lo estaba –dijo Rubalcaba--, porque le cogieron y fue condenado a muchos años. Pero con el final de la Doctrina Parot le han debido de excarcelar… Repámpanos, cuando enviamos a Estrasburgo a nuestro servicial Luis López Guerra a que socavara la Doctrina Parot para beneficiar a los terroristas no tuvimos en cuenta que también saldrían criminales y asesinos. Ahora Jeff ha vuelto a las andadas… ¡y nosotros somos sus próximas víctimas!

--¡Hay que salir de aquí! --concluyó Soraya Rodríguez a voz en grito--. Si nos coge, nos hará picadillo, nos devorarán los buitres, la derecha se burlará de nosotros, la desigualdad y las epidemias se extenderán, las grandes corporaciones dominarán el mundo, no habrá pensiones públicas… ¡Sanidad! ¡Educación! ¡Prestaciones sociales! ¡El Estado de Bienestar nos necesita vivos! 

El pánico cundió entre el grupo. Los cuatro corrieron en estampida hacia la puerta principal y, a trompicones porque todos querían salir en primer lugar, huyeron de la mansión.

Cuando los gritos de Rubalcaba y sus invitados fueron una leve perturbación en la lejanía, la puerta del salón se abrió, aunque, aparentemente, nadie penetró en él. Sin embargo, una forma comenzó a materializarse progresivamente. Primero, unas cejas circunflejas, seguidas de ojos, labios, carne y todo lo demás. 

El salón ya no estaba vacío. José Luis Rodríguez Zapatero, vestido con una americana negra y una camisa blanca cual si fuera un camarero al final de su jornada laboral, había hecho acto de presencia.
Caminó hacia la bomba, que seguía en la mesa, con paso firme.  

--¿Quién anda ahí? –le sorprendió una voz.

Zapatero se giró. En la puerta descubrió a Pere Navarro, cuya habitual expresión de estolidez se había acentuado ante la presencia inesperada de Zapatero. Tapaba su frente despejada y pelo canoso con una barretina. 

--Podría preguntar lo mismo, compañero –repuso Zapatero--. No creo que estuvieras invitado a la reunión de hoy.

Navarro parpadeó varias veces y, tras un gran esfuerzo mental para buscar las palabras, dijo:

--Me enteré de la reunión gracias a los de Método 3. Y para acercar posturas entre PSC y PSOE acerca del derecho a decidir iba a darle una sorpresa a Rubalcaba participando en su fiesta de Halloween. Porque iban a celebrar una fiesta de Halloween, ¿no?

Zapatero meneó la cabeza.

--No exactamente…

--¡Si hasta he visto el dibujo con sangre en la sala de billares! ¿Y tú dónde has conseguido el disfraz de hombre invisible? He mirado al interior del salón al ver la puerta abierta y no había nadie. ¡Y entonces has aparecido de la nada!

--Es una larga historia –dijo Zapatero--. Por resumir, poseo la habilidad de volverme invisible. La fui adquiriendo poco a poco, no sé cómo. En las cumbres con líderes extranjeros nadie reparaba en mí, y pasaban por mi lado sin hacerme caso. Eso se debía a que mis poderes se estaban desarrollando. Ahora sé controlarlos y los he puesto al servicio de España. Una temporada en el Consejo de Estado me ha hecho reflexionar sobre ciertas cosas… Este nuevo plan de Rubalcaba es inaceptable. Por eso vine aquí y les engañé haciéndoles creer que era el Asesino de la Runa, para poder llevarme esta arma de destrucción masiva. 

--¿Eh? –fue la respuesta de Navarro, que contemplaba el techo del salón, una baba asomando en la comisura de sus labios. 

--No tengo tiempo para repetirlo. Ejem, ¿a qué viene la barretina?

--Es mi disfraz de Halloween.

--Pues lo he visto mejores.

--¡La gente como tú es una fábrica de independistas! –bramó Navarro--. ¿Eh? ¿Qué es ese sonido?

Antes había oído la alarma, pero esta vez era distinto. Un coro de sirenas se aproximaba a la mansión.

--¡La policía! –exclamó Zapatero, sorprendido--. ¿Cómo es posible? Nadie les ha llamado, no sería propio de Alfredo.--Una súbita corriente de malicia sacudió su mente. Después de todo, Rubalcaba ya no le caía bien. Hacía un momento había dudado acerca de qué hacer con la bomba. Pero comprendía que no tenía por qué eliminar las pruebas y que, como consecuencia, Rubalcaba saliera impune--. Creo que ya he hecho suficiente –decidió, sonriendo a Navarro. Se sentía un hombre nuevo--. Ahí te dejo la bomba nuclear.

--¿Bombea nuclear? –repitió Navarro, rascándose la cabeza--. Un momento, si la policía me pilla con eso…

Zapatero, ya casi transparente, dijo:

--Lástima que no seas invisible, ¿verdad? 

Y desapareció por completo, dejando solo a un aturdido y confuso Navarro. 

La policía había traspasado la verja de la mansión: un equipo armado hasta los dientes se disponía a entrar. El guardia de seguridad, que les había llamado porque pensaba que algo malo estaba ocurriendo dentro, les había informado de que muy posiblemente el intruso continuaba allí. 

Un tipo muy amable el guardia, habían coincidido los agentes, con un agradable acento andaluz y un peculiar sentido del humor, a pesar de las circunstancias. Un hombre de edad, seguramente a punto de retirarse. Aunque les había abierto la verja y facilitado el trabajo, hacía un rato que no le veían por ningún lado.

Y no le volverían a ver jamás.

Lejos de allí, caminando sin prisas por el arcén de la carretera, el guardia se aflojó la corbata y arrojó a la oscuridad su gorra, que había llevado bien calada durante todo el día. Su verdadera identidad quedó así desvelada. 

--Que les den por el culo –masculló Alfonso Guerra, y con inconmensurable satisfacción se llevó a los labios el habano que había estado reservando para aquel momento. 

Un año más, y sustituyendo al artículo de esta semana, os ofrezco un relato en el que la ficción no dista demasiado de la realidad. ¡Feliz noche de Halloween!