Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, septiembre 22, 2013

CRISIS DEL ESTADO DE BIENESTAR Y OPINIÓN PUBLICA

El planteamiento en los Países Bajos de una sociedad participativa que sustituya al actual Estado de Bienestar invita a reflexionar sobre un tema en absoluto novedoso. En efecto, de crisis del Estado de Bienestar se viene hablando, por lo menos, desde los años setenta. Dejando a un lado las ideologías, hay una serie de circunstancias objetivas que amenazan la viabilidad del modelo. Entre ellas, cabe citar el envejecimiento progresivo de la población, acompañado de bajas tasas de natalidad; el crecimiento sin parangón del paro; y la competitividad en un mundo globalizado, con una tendencia a reducir costes laborales y sociales que es liderada por los países emergentes y a la que no pueden ser ajenos los países occidentales.  

Es imperiosa, pues, la necesidad re modernizar o reformar el Estado de Bienestar. Propuestas inteligentes y razonables no faltan. Mas los obstáculos son importantes, en especial los propios beneficiarios del modelo, la mayoría de la población, que es refractaria a las mudanzas en las llamadas conquistas sociales. 

¿Qué piensan los españoles al respecto? Ha sido publicada esta semana una encuesta o informe, Transatlantic Trends, fruto de la colaboración entre el German Marshall Fund y la Fundación BBVA. Los resultados que contiene sobre las posiciones de la opinión pública española son, cuando menos, desalentadores. Un 53% de los consultados en España aboga por aumentar el gasto público. En lo atinente al Estado de Bienestar, un 95% (¡!) cree que hay que mantener el existente o incluso agrandarlo. A pesar de que se pide más Estado, un 79% considera que los gobiernos no han sabido gestionar la crisis. Otras conclusiones que ofrece el estudio es que los españoles son los más antiamericanos y germanófobos de Europa. 

Éste es el retrato –triste e inquietante— de una sociedad adicta al Estado de Bienestar, dependiente de los poderes públicos, irresponsable y que huye de modelos exitosos como el americano o el alemán. Una sociedad de perdedores que difícilmente estará en condiciones de enfrentarse a los retos de la reforma del Estado de Bienestar. Ante esa crisis, no hay consignas o eslóganes que valgan: sin riqueza y empleo, la única alternativa es la reforma. Como de costumbre, serán los países que mejor y más rápidamente se adapten los que triunfen. España, sin embargo, no está por la labor. 

Dicho esto, es menester recordar que la opinión pública es voluble, contradictoria y generalmente ignorante. Está mal informada y es fácil manipularla. Por ello, los gobernantes deben hacer un esfuerzo por convencer a los ciudadanos de la necesidad de las reformas y desmontar los tramposos panfletos que como único remedio aporta la delirante izquierda española. 

No estoy a favor de la desaparición total del Estado de Bienestar. Mi ideal es el que expresó hace tiempo Tony Blair: “Se acabó la cultura de recibir algo a cambio de nada. El Estado está para socorrer sólo a aquellos que no pueden valerse por sí mismos”. Me pregunto si algún día en España, antes de que sea tarde, alguien con mando en plaza se atreverá a decir lo mismo.