Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, mayo 19, 2013

LA REFORMA EDUCATIVA, UNA BUENA OCASIÓN PARA DEJAR CLARO A LA IZQUIERDA QUE NO TIENE EL MONOPOLIO DE LO PÚBLICO

La reforma educativa --futura Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa-- va a ser una oportunidad ideal para determinar si el Gobierno del PP está formado por petimetres sin agallas, como, de ordinario, se ha puesto de manifiesto hasta ahora, o bien aún quedan gobernantes con redaños y la voluntad de dar la batalla de un partido que gobierna con mayoría absoluta y es todavía respaldado por los españoles.
La reforma es necesaria. Sucesivas leyes educativas socialistas (algunas diseñadas por Rubalcaba, sedicente experto en la materia) sólo han servido para formar el caldo de cultivo del fracaso y abandono escolar, aliñado con la mediocridad, adoctrinamiento e imposiciones de los delirantes pedagogos. Es hora, pues, de fomentar el mérito y el esfuerzo, junto con la búsqueda de la excelencia, y de orientar la educación hacia el mercado de trabajo, que debe ser un objetivo prioritario, aunque, naturalmente, no el único.

Es ocioso señalar que una reforma legislativa no basta para solucionar los problemas de la educación española, no es una receta milagrosa. Pero es un avance indispensable, un mejor punto de partida para una educación necesitada de nuevos enfoques. Y, separándome del discurso progresista, no considero que más gasto público sea sinónimo de mejores resultados, tal y como se desprende de la evidencia empírica.

Socialistas y comunistas de IU, aparte de la comunidad educativa alienada y mediatizada por los sindicatos, han entrado rápidamente en una competición en la que lo único que se dirime es cuál dice la barbaridad de mayor calibre, sacando a pasear sus más rancios lugares comunes, como la igualdad (igualación por abajo), el rechazo a la escuela privada (donde estudian sus hijos), la educación laica (anticlerical, en realidad)… Desde Cataluña, CiU, en relación con la elección de idioma y sin ocultar su estilo y métodos mafiosos, ha dicho que la lengua es cosa nostra y que van a rebelarse, porque ven inaceptable que un niño pueda educarse en una lengua que no sea la que eligen ellos de acuerdo con su concepción excluyente y totalitaria de la identidad catalana.

A la izquierda no le ha quedado claro algo bien simple. Insistiré en ello otra vez. No tiene el monopolio de lo público y no todo lo que se aparta de sus anquilosadas concepciones es automáticamente un plan fascista, contrario al Estado de Bienestar y privatizador. De hecho, sus modelos y propuestas, nacidos de puros dogmas ideológicos, idénticos a los de su abominada Iglesia, han fracasado estrepitosamente, en perjuicio de aquellos a quienes dicen proteger. Y ante ese fracaso, su postura se limita a solicitar un incremento del gasto público y, por lo demás, inmovilismo total. Cualquier cambio provoca acusaciones apocalípticas, extremas, disparatadas. Se habla del franquismo, de que se quiere privatizar el servicio o entregarlo a los obispos… Memeces, sectarismo y propaganda que Rubalcaba va entregando a sus (pocos) fieles en tartamudas píldoras sabáticas.

Contra esta pretensión de la izquierda, cabe resaltar la exacta afirmación de Adam Smith: “Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo”. En efecto, son ellos, Rubalcaba y Cayo Lara, los peores enemigos de lo público, no los supuestos neoliberales. Con políticos como los mencionados al frente de la situación, el Estado de Bienestar tendría los días contados.

Esta reforma debe llegar a buen puerto. Para ello, el heroico Wert, solo o en compañía, ha de entregarse a fondo: no puede renunciar a aportar las razones y argumentos que sostienen la misma en todos los espacios disponibles, es decir, en debates, en entrevistas, en artículos, donde sea. Mano de hierro y voluntad de convencer. Todo con tal de que no se extienda entre la sociedad española la burda propaganda de los que, como acertadamente ha observado Rafael Hernando, “han estado más pendientes de la ideología y del adoctrinamiento que de la formación de calidad”.