Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, marzo 24, 2013

EL SILENCIO ROTO

Estrenada en 1954 y dirigida por Elia Kazan, La ley del silencio (título que, por una vez, mejora el original) es una película que trata, en última instancia, de un viejo conflicto que nunca acabará, el de la lucha del individuo contra el colectivo, la gesta de una persona que en solitario se rebela contra las reglas tiránicas de la mayoría y la permanencia a un rebaño que oprime, embrutece y resquebraja la personalidad.

El personaje encarnado por Marlon Brando, Terry Malloy, se ve obligado, en parte porque se lo dicta conciencia, pero sobre todo por venganza, a romper el silencio impuesto por el sindicato mafioso que controla a su antojo a los estibadores del puerto por medio de extorsiones y asesinatos. Rompe el silencio y testifica contra ellos. Esta historia relata la transición de un paniguado del sindicato, un perdedor que no pudo triunfar en el boxeo por los chanchullos de su hermano, del que depende, a un luchador que se desprende de las ataduras de los mafiosos y devuelve la libertad al puerto.

Pero la libertad tiene un precio. Su colaboración con las autoridades le reporta, al principio, ostracismo y rechazo por parte de los demás estibadores, que viven bajo la dictadura del miedo, por lo que, si bien les beneficia la denuncia de Terry, no se atreven a apoyarle. Es grave el castigo que espera a los que son declarados enemigos del pueblo. La escena probablemente más dura de esta película no es en la que se descubre el asesinato de su hermano a manos de los mafiosos, sino en la que uno de los chiquillos que le ayudaba a cuidar las palomas y que antes le admiraba le da la espalda y huye de él por chivato como si fuera un apestado.

Y es que ser diferente, desafiar al colectivo y hacer valer los intereses propios suele traer consecuencias gravosas para el que osa aventurarse por tal camino. Ya lo avisó con lucidez Stuart Mill: “La orientación actual de la opinión pública se dirige de modo singular hacia la intolerancia frente a toda demostración clara de individualidad”. Aquí se encuentra la grandeza de la película, que muestra cómo un individuo mediocre y lleno de dudas y tribulaciones va adquiriendo la determinación necesaria para arrostrar esas consecuencias, esa intolerancia de los demás, y dar la batalla hasta el final.

El otro gran tema de la película es el de la delación, íntimamente relacionado con lo anterior, porque en el puerto la consigna sagrada es no ser un chivato y dejar hacer a los mafiosos. El que instiga a rebelarse contra el sistema es el personaje más carismático del filme, el padre Barry, que arenga a los trabajadores de la siguiente forma: “Lo que para ellos es delación, para vosotros significa libertad”. Y así es, aunque la mayoría no quiera darse cuenta. Cuando es asesinado un trabajador que iba a testificar contra el sindicato, el incombustible sacerdote dirá: “Cada vez que esos malvados aplastan a un hombre que intenta cumplir sus deberes de ciudadanía es una crucifixión”. Y aún añadirá: “¿Qué piensa Cristo de los que no trabajan y viven a costa del esfuerzo de los demás?”. Qué gran diatriba contra los sindicatos, cuyos líderes y liberados, hoy más que nunca, viven del sudor del de enfrente.

Los sindicatos aparecen retratados en sus justos términos. Ahora la violencia no es general --la reservan para ejercerla en las huelgas contra los que deciden trabajar--, pero siguen siendo igual de opacos, ensimismados y contrarios a la libertad en todas sus manifestaciones. El sindicato del filme, que en lugar de defender a los trabajadores se preocupa sólo de su “flamante negocio”, no es muy distinto de los dos sindicatos más representativos en España, que han hecho de la conservación de sus privilegios su única y particular causa, a despecho de las consignas y lemas baratos que enseñan a la opinión pública en sus pancartas.

La ley del silencio es un buen pretexto para hablar del poder que deben ostentar los sindicatos y su papel en una economía libre y moderna. Para Hayek, “en un orden de mercado eficiente los sindicatos no pueden tener poder monopolístico de ningún tipo”. Este prestigioso economista siempre afirmó su convicción de que la política de los sindicatos “es, en condiciones normales, la causa única del gran paro duradero, así como el principal obstáculo de una subida más rápida de los ingresos de los obreros”.

Siendo imposible negar la calidad de esta película, que mereció ocho Premios de la Academia, incluyendo mejor película, actor y director, los hay que la descalifican tachándola de interesada justificación de Elia Kazan, quien identificó ante el Comité de Actividades Antiamericanas a ocho comunistas infiltrados en la industria del cine. Es decir, él fue un delator y la película engrandece la delación. Al margen de que ello no resta un ápice de fuerza a las ideas expresadas en su obra, no veo nada reprobable en colaborar con las autoridades en casos así. Cualquier esfuerzo contra el comunismo es poco. Y aunque hoy día la labor de ese Comité de la Cámara de Representantes (que no debe ser confundido con las actividades del senador McCarthy, que evidentemente era senador, no congresista) sea generalmente criticada, no se puede comparar con la represión sangrienta que se practicaba en la URSS contra los disidentes u opositores por parte de la NKVD (luego KGB), represión que a través de organizaciones como SMERSH se extendía más allá de sus fronteras.

3 comentarios:

octopusmagnificens dijo...

Es una vergüenza que aún no haya visto La ley del Silencio.

El Espantapájaros dijo...

No te la pierdas. Nos la recomendó en clase un profesor acusado de neoliberal y molestó a los elementos izquierdistas, que la encontraron demasiado individualista para su gusto gregario.

octopusmagnificens dijo...

De esta semana no pasa.