Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, marzo 17, 2013

EL PAPA Y LOS POBRES

La elección de un nuevo Papa es un acontecimiento que difícilmente se puede obviar. A veces, los que más comentarios dedican al asunto son los que se oponen a la Iglesia: es un buen momento para ponerle deberes al elegido, que suelen consistir en transformar la milenaria institución con arreglo a ideas y creencias progresistas poco acordes con la tradición cristiana. Para mí, persona no creyente, merece atención el Vaticano porque, sin duda, el cristianismo es uno de los pilares de Occidente y la figura del Papa sigue reuniendo un inmenso poder.

Se ha destacado de Francisco, el nuevo Papa, que es un pastor, un hombre decidido a emprender una evangelización en un mundo cada vez más descreído y cínico. No debe molestar, si los medios son pacíficos. Me preocupa más el proselitismo de los radicales musulmanes, de los violentos que pisotean las libertades ajenas. Así pues, nada que objetar a esa pretensión. El Papa es la cabeza de la Iglesia, una institución que ha de competir en el mercado de personas religiosas. Lo raro sería que renunciara a su misión fundamental.

Francisco, por otra parte, ha dado muestras de ser un hombre frugal, austero y cercano. Bienvenido sea, aunque me hayan chocado algunos detalles y gestos. Frente a la hondura intelectual de Ratzinger, Bergoglio es más superficial y populista. Quizá no sea bueno ser demasiado accesible y dejar de lado determinados símbolos y solemnidades, del mismo modo que para las monarquías puede ser letal convertirse en algo vulgar, al alcance de cualquiera. Marcar las distancias es fundamental. Lo de pedir la bendición al pueblo me lo tomé como una ridiculez.

Por último, el propio Papa ha proclamado que le gustaría tener una Iglesia pobre y para los pobres. Afirmación coherente con su discurso social, contrario un sistema económico al que culpa de desigualdades y favorable a la justa distribución de la riqueza. No comprendo la exaltación de la pobreza. El ideal debería ser un mundo sin pobreza, de ricos o aspirantes a serlo. Para ello, hay que glorificar, no censurar, el capitalismo y el ánimo de lucro. Los países en desarrollo no están creciendo y reduciendo el hambre con llamamientos a la pobreza y a la caridad, sino gracias a la existencia de mercados libres en los que los individuos se pueden lucrar.

El catolicismo siempre ha mirado con malos ojos el enriquecimiento, la acumulación de bienes materiales. ¿Por qué es tan malo? Siempre y cuando el que amasa una fortuna lo haga dentro de la ley, no se entiende por qué ha de sufrir un reproche moral. Su ejemplo, por el contrario, debería ser jaleado. Si alguien gana mil, no significa que por su culpa el prójimo haya perdido mil. Cuantos más ricos, mejor. Pero la Iglesia, que con Juan Pablo II ayudó a tumbar el comunismo, sigue enredada en una vacua doctrina social que condena sin motivo aparente el capitalismo, tal vez porque prefiere borregos en lugar de hombres fuertes y exitosos.

La Iglesia, ciertamente, realiza una enorme labor social. No hace falta, en el cumplimiento de ese deber que se ha impuesto, alabar la pobreza, ni desearla para sí. El salario de los curas y la conservación de un imponente patrimonio artístico y cultural se pagan con dinero. De todos modos, los sueños del Papa son muy posibles, según apunta Arcadi Espada, pues enriquecerse puede ser un ideal imposible de conseguir; caer en la pobreza, no.

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