Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, enero 06, 2013

EL FUTURO DE LA MONARQUÍA

En estos días se ha impuesto una especie de consenso según el cual la monarquía española atraviesa un momento difícil y que se está resquebrajando su popularidad, con amenaza para su continuidad. Los periodistas no dejan de insistir en que en 2012 ha sido el annus horribilis del Rey y de la Familia Real. No cuestiono que, en efecto, ha habido ciertos sucesos o situaciones que han debilitado la imagen de los royals ante su pueblo. Pero tengo muy claro que la monarquía va a continuar y con buena salud.

Las encuestas son pasajeras y, además, ya indican que la popularidad del Rey se está recuperando. Es natural que en la relación entre un monarca y su pueblo aparezcan a veces roces o malentendidos que, con tiempo y buena voluntad, se superan o aclaran. La propia Isabel II, la Reina más respetada y querida en todo el orbe, sufrió ocasionalmente el enfado de sus súbditos. Sin embargo, mientras no haya una verdadera conmoción o se descubra que el Rey está involucrado en un delito o algo similar, la monarquía no corre peligro.

Bienvenida sea la cacería en Botsuana –totalmente legítima, a mi juicio-- si ha contribuido a traer más transparencia a la actividad del Jefe de Estado y a reforzar su perfil público e institucional. De crisis así se aprende mucho y para bien. El Rey, pese a sus achaques, sigue cumpliendo con entrega sus funciones constitucionales, en especial la representación de España en el exterior, que tantos frutos ha dado gracias a la habilidad diplomática de Su Majestad. Acierta Paul Preston al sostener que en España, cuya política es percibida como muy tóxica y crispada, es saludable la existencia de una figura situada por encima de las disputas partidistas y que simboliza la unidad y permanencia del Estado. No todo tiene por qué quedar contaminado por la baja política que practican los partidos españoles.

Creo que la monarquía es lo que más conviene a España, siempre y cuando el titular de la Corona sea consciente de que su primer deber es servir al pueblo español. No hay razón alguna para ir hacia una república. La sociedad española no debe ser cicatera ni menospreciar los servicios prestados por el Rey. Siguiendo el aún vigente Manifiesto de Sandhurst (1874), “lo único que inspira ya confianza en España es una monarquía hereditaria y representativa, mirándola como irreemplazable garantía de sus derechos e intereses desde las clases obreras hasta las más elevadas”.

Una confianza no infundada. Es evidente que bajo el reinado de Juan Carlos I España ha vivido tiempos de estabilidad y prosperidad, en tanto que es indeleble el recuerdo del fracaso rotundo de las experiencias republicanas. Si la monarquía sigue gozando de prestigio y de un buen número de argumentos a su favor, no cabe decir lo mismo de los republicanos españoles. Pues es sabido que, salvo contadas excepciones, dichos republicanos son nostálgicos no ya de aquella malograda Segunda República, sino del Frente Popular, compuesto por marxistas revolucionarios, comunistas, anarquistas y racistas del PNV. No auguro ningún futuro a una nación que deje su forma de Gobierno a merced de sujetos tan resentidos, desviados y totalitarios.

Con Cánovas del Castillo, defiendo la monarquía constitucional y parlamentaria, como vínculo entre el presente y el pasado, como poder moderador y de arbitraje y como poderoso símbolo del Estado y parte indispensable de su Constitución interna. En la actualidad, lo difícil es encontrar el equilibrio entre la tradición y las formas y la cercanía al pueblo. Es mejor para una monarquía no modernizarse en exceso, mantener un poco las distancias, no dejar que muera su aura especial.

Con todo, es verdad que hay un nubarrón en el horizonte que sí puede trastocar el futuro de la monarquía. No se trata de infidelidades, ni de yernos ni cacerías. Es el separatismo. Se ha reprochado al Rey que no hiciese más claro en su mensaje navideño o en su entrevista con Jesús Hermida su rechazo al separatismo catalán. Bien, la prudencia es necesaria y no se puede pedir al Rey que opine como si fuera un miembro del Gobierno o un político al uso. Dicho esto, si el problema va a más, sí espero que Su Majestad emita un discurso más contundente en el que desmonte los mitos y delirios nacionalistas y llame a la nación española a unirse frente a sus declarados enemigos. Y es que la monarquía y nación están vinculadas, según argumenta Cánovas: “El interés de la Patria está unido de tal manera por la historia pasada y por la historia contemporánea a la suerte de la actual dinastía, al principio hereditario, que no hay, que es imposible que tengamos ya Patria sin nuestra dinastía”. Y, sensu contrario, si se rompe España también caerá la monarquía.

1 comentario:

octopusmagnificens dijo...

Buen post. Estoy de acuerdo. La insistencia en lo de Botsuana es algo extraño porque la afición del rey a la caza, compartida por miles de españoles de todas las ideologías, era sobradamente conocida. Es una polémica forzada.