Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, enero 27, 2013

AMY MARTIN EN EL PAÍS DE LA CLASE POLÍTICA EXTRACTIVA

España no dejará de ser un país de perdedores y papanatas mientras no se premien el talento y la excelencia según la lógica del mercado y los políticos pierdan influencia en los más diversos sectores de la sociedad. Basta ya de enchufados, sopa boba y favoritismos, de prácticas que matan la iniciativa privada y consagran el nepotismo.

La rocambolesca historia de Amy Martin es la metáfora perfecta de un país que --clase política extractiva de por medio-- ha tirado a la basura inmensos recursos para financiar paridas y ocurrencias variopintas. Porque, con independencia del más que seguro chanchullo entre Zoe Alameda y Carlos Mulas para a través de la ficticia Amy Martin embolsarse unos jugosos sobresueldos (con cargo a los presupuestos de una fundación que, cómo no, se nutre en un 60% de subvenciones públicas), este caso ha dejado al descubierto datos muy interesantes sobre la multidisciplinar y ejemplar progresista, como que sus cortometrajes y un viaje a Nueva York para rodar un videoclip obtuvieron subvenciones del Gobierno de Zapatero. En total, la cifra otorgada a esta señora para sus pinitos cinematográficos ascendió a 122.000 euros. La última subvención fue concedida in extremis, el día anterior al relevo gubernamental, con Zapatero y su tropa en funciones.

Zoe puede pensar que es muy creativa, que sus trabajos merecen reconocimiento, a pesar de que, por lo visto, sean auténticos bodrios. Lo que ya no es aceptable es que se destine dinero público a sostener semejantes aspiraciones. Y menos todavía cuando el tráfico de influencias es tan palmario.

Los partidos políticos se han convertido en muchos casos en agencias de colocación y de favores. El paradigma es la Andalucía socialista, donde existe una auténtica Administración paralela conformada por familiares de altos cargos, miembros del partido, etcétera. Quien no obtiene un puesto de asesor, recibe un cargo en una empresa pública, o bien una subvención para dar a conocer su dudoso arte. ¡Algunos hasta son agraciados con un indulto porque contrataron al despacho de abogados de hijo del Ministro de Justicia!

Y cuando algunos políticos valientes, como Esperanza Aguirre, reclaman que se reduzca el número de diputados autonómicos o que se rebajen drásticamente las subvenciones públicas, se les tacha de neoliberales, embajadores del capitalismo salvaje, bestias del mercado… Y mientras tanto, los sumos sacerdotes del interés general continúan privatizando recursos públicos para su propio beneficio, a veces sin recato alguno.

Coincido con el ilustre profesor Soriano, quien, en El Imparcial, ha publicado un artículo con un diagnóstico exacto e implacable sobre la clase política extractiva, es decir, la que nada aporta la sociedad, sino que drena su riqueza: “Mucho tiene que ver esta situación con el régimen de los partidos políticos. Estos se convierten en agencias de colocación de sus propios asociados, copando puestos a título de meras prebendas y teniendo en cuenta solamente su propio interés personal y partidista. Igualmente, el político que para mantenerse en el poder, inclusive sin corrupción, realiza la pequeña corruptela de proceder siempre a quebrar ‘un poquito’ la ley para favorecer a sus electores (típicamente en el ámbito local)”.

Pero tampoco hay que fiarse de la gente indignada. Aquí ha habido elecciones libres y mucha gente siempre ha visto con buenos ojos que el Estado subvencione la cultura, o lo que los políticos entiendan por cultura. En todo, las propuestas que hace el común de los mortales para mejorar la política no es que sean muy lúcidas.

Hay varios ámbitos donde actuar. Primeramente, un control de la financiación de los partidos políticos más exigente y transparente. La transparencia en general es conditio sine que non de una democracia de calidad, sobre todo en relación con algo que explica Soriano: “Hay que hacer los números, disponer de información, que es la fuente de conocimiento. A partir de ahí, hacer crítica, mantener a los órganos que sean necesarios en su verdadero cometido, en su función genuina. Y adelgazarlos o eventualmente suprimirlos”. En segundo lugar, una supresión sistemática de cargos de confianza. Hay que reducir la distancia entre los funcionarios y el representante político. En tercer lugar, una revisión a fondo del sistema promocional de subvenciones públicas, que debería reducirse al mínimo, para casos muy puntuales, excepcionales. No más dinero para las charlotadas de Zoe. Y, en fin, sigue pendiente el cierre masivo de empresas públicas en Comunidades Autónomas y entidades locales. Son empresas inútiles, deficitarias, y constituyen focos de corrupción y opacidad. La opinión pública debe comprender que, cuanto menos Estado, menos corrupción.

Evidentemente, hay políticos honestos pero si no son capaces de limpiar sus respectivos partidos y renunciar a cuotas de poder en beneficio de la sociedad y la libertad de mercado, habrán perdido miserablemente la batalla y pondrán el riesgo todo el sistema, sean o no corruptos. No vale con mirar a otro lado o dejar el asunto enteramente en manos de los tribunales. Las reformas que he enunciado pueden y deben emprenderse por los partidos que están en el poder. Sin excusas ni dilaciones.

2 comentarios:

octopusmagnificens dijo...

Prefiero el descontrol: financiación privada de los partidos y supresión de todas las subvenciones, incluidas las que reciben los partidos.

El Espantapáajros dijo...

Estoy completamente de acuerdo. Con control y transparencia, los partidos deberían financiarse por su cuenta.