Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







miércoles, octubre 31, 2012

EL VIAJE A LO DESCONOCIDO DEL REY ARTURO

En otoño de 2015, Artur Mas emprendió un nuevo viaje a lo desconocido. Su objetivo final era salvar Cataluña... otra vez.

Cataluña era independiente de España y tenía su Estado propio desde 2014, gracias a la convocatoria de una consulta ilegal y a la pasividad del Gobierno español. Pero el “sueño” descrito por Mas, una vez cumplido, no había resistido una realidad que no podía ser más decepcionante y complicada. El nuevo Estado había nacido lastrado por una inmensa deuda y, a pesar de todos los esfuerzos de la Generalidad, fuera de la Unión Europea. Muchos empresarios de éxito y bancos internacionales decidieron abandonar Cataluña; otros fueron a la quiebra. El boicot ordenado por Mas a los productos españoles había sido contestado por uno español a los productos catalanes que había terminado de hundir en la miseria a la industria catalana. Finalmente, la pesada carga de burocracia e impuestos y el aumento de la intervención pública para vigilar la pureza catalana de cada ciudadano y proyecto enterraban la iniciativa empresarial y ahuyentaban la inversión.

En definitiva, si antes de la independencia la Generalidad no podría pagar hospitales o farmacias, en 2015 a duras penas abonaba las nóminas de su personal.

Así las cosas, Mas había tomado una decisión. Su plan era viajar a Madrid para exigir a Mariano Rajoy que la partida de los Presupuestos Generales del Estado dedicada a Cooperación y Desarrollo fuera a parar íntegramente a Cataluña. Si el odiado mandatario español no aceptaba, a Mas no le quedaría otra salida que declarar la guerra a España, aun no teniendo ejército con que luchar.

--No es ir a pedir limosna –había aclarado Mas en una entrevista a TV3 que superó las tres horas de duración--, sino exigir a Madrid lo que es nuestro de forma natural, porque aún nos debe mucho y estamos hartos que desde el Estado español se entorpezca nuestro sueño de una Cataluña libre.

Y se había subido a su autobús oficial con esa idea en mente, consciente de que se jugaba su futuro político.

El autobús entró en un túnel y su interior se llenó de una luz anaranjada. Artur Mas estaba recostado en su asiento, consultando unos papeles. El autobús que le conducía a Madrid, espacioso y cómodo, pertenecía al Fútbol Club Barcelona. El AVE seguía pasando por Cataluña, pero con poca frecuencia; además, la Generalidad había considerado que daría muy mal ejemplo al pueblo catalán si consumía un servicio español.

Dejaron atrás el túnel. Ya había anochecido y atravesaban a toda velocidad una zona desértica, sin civilización visible. Habían elegido viajar por una carretera muy secundaria debido a que la Generalidad había extendido el bulo de que el Gobierno español estaba intentando liquidar a Mas mediante un ataque con aviones no tripulados en territorio catalán. Los nacionalistas tenían que ser consecuentes con sus propias falsedades.

--¡No hay quien entienda estos papeles! --exclamó Mas repentinamente, ofuscado, arrojando los papeles, llenos de cifras y estadísticas, al aire--. ¡Que alguien me sirva una copa!

Josep Guardiola, su ayuda de cámara, se levantó solícito y se dirigió la nevera del autobús. Detrás de Mas, Joan Fernández, periodista, apuntó en su bloc de notas: “El Presidente no deja de estudiar, incluso de noche, cuando los demás descansan. Se le ve muy preocupado por las malas noticias económicas, pero conserva la calma porque él ha vislumbrado el luminoso futuro de nuestra tierra milenaria”.

--¿Qué tal va eso, amigo? --inquirió al periodista Ernest Closseau, jefe de seguridad de Mas, con su potente vozarrón. Apenas cabía en su asiento y, con cada movimiento, su musculoso cuerpo se destacaba bajo el traje oscuro.

--Muy bien –afirmó Fernández--. De aquí va a salir un reportaje extraordinario, al nivel de nuestro Presidente.

Joan Fernández, antes de continuar escribiendo, dedicó una sonrisa aduladora a Closseau. La verdad es que estaba muy emocionado. Había sido enviado por La Vanguardia a cubrir la última hazaña de Mas, una hazaña equiparable al viaje a Madrid en 2012 a negociar el pacto fiscal, y sabía que era su oportunidad de agradar a sus jefes con un reportaje que mostrara la grandeza de su Presidente y la mezquindad de Madrid.

Y también le hacía mucha ilusión haber conocido por fin al Rey Arturo, nombre con el que se conocía a Mas en el nuevo Estado. Le había visto muchas veces en su palacio gótico, en esas comparecencias televisivas en las que explicaba con tono pedagógico las ofensas históricas sufridas por Cataluña y cómo el Estado español no la dejaba despegar, pero nunca en persona.

Aquella mañana, había esperado al Rey Arturo al lado del autobús. ¡Se puso muy nervioso cuando apareció! Mas bajó del coche y, con majestuosidad, recorrió sobre una alfombra roja el espacio que le separaba del autobús. Imbuido de solemnidad y gravedad, ni se había detenido a saludar a sus partidarios, que tras unas vallas colocadas a ambos lados de la alfombra le vitoreaban al tiempo que agitaban banderas catalanas. Los múltiples problemas y su incompetente gestión no habían minado demasiado la popularidad, pues mucha gente seguía viviendo en la realidad alternativa creada por el nacionalismo para la ocasión. Los ciudadanos compraban sus mentiras y excusas, y la fórmula de echar la culpa de todo a Madrid todavía daba buenos resultados.

A Joan Fernández el Presidente le había parecido impresionante. Hierático, con la mirada perdida, brumosa, Mas le había saludado distraídamente. Fernández tuvo ardientes deseos de arrodillarse ante semejante despliegue de poderío. Acto seguido, el Presidente había subido al autobús con presteza, la capa confeccionada con una bandera catalana que solía lucir en los actos trascendentes revoloteando a sus espaldas.

Estaba planeado que llegaran a Madrid de madrugada. Mas, que cada vez se fiaba de menos de su gente, en especial de los miembros de su partido que le querían sustituir por un Pujol, sólo viajaba con Guardiola y Closseau, de su más estrecho círculo, aparte del conductor, que ejercería de traductor ante Rajoy.

Guardiola sirvió a Mas su copa, un gin tonic bien cargado.

--No se preocupe, Presidente –le tranquilizó con voz cálida--. Somos un país pequeño, pero pronto seremos eternos.

--Desde luego –concedió Mas, y acabó su bebida de un largo trago. Cogió sus gafas de concha de su regazo y añadió--: Rajoy no me puede poner excusas de mal pagador.

Cautivado, Fernández escribió: “El Presidente tiene muy claro que lo primero es el interés de Cataluña y se va a dejar la piel para defenderlo. Esta semana acudió al notario para consagrar su promesa de que pagará las pensiones, siempre que no se lo impida el Estado español. Es un hombre que no duda, y quiere que nadie dude de que se puede confiar en él”.

--Se nos está maltratando –protestó amargamente Mas, levantando la cabeza de sus papeles y llevándose la mano a su sobresaliente y varonil mentón--. Con este viaje haré entender a los catalanes que Madrid sólo quiere torpedear nuestra independencia con malas artes. Y si no me dan lo que deseo, como es de prever, internacionalizaré el conflicto con una declaración de guerra. El buen amigo Otegi, al que he colocado en la embajada en Bruselas, ya está preparando un listado de agravios que presentar a las instituciones europeas.--Cruzó los brazos, enfurruñado--. Aún no sé por qué no nos aceptan en la OTAN.

Closseau, el más sensato de todos los presentes, carraspeó un poco.

--Señor, tal vez sea porque no tenemos ejército... ni posibilidad de armar uno –comentó, dubitativo, aunque sabía que Mas le permitía ser franco con él en la intimidad.

Guardiola movió su reluciente calva, que había mandado pulir para tan señalada misión.

--Los catalanes dominamos el Mediterráneo, descubrimos América, inspiramos la bandera de Estados Unidos, resistimos las invasiones españolas... --enumeró, un tanto sofocado--. Hemos sido humildes y no hemos ido restregando a nadie nuestros logros. Pero cuando presentemos estos credenciales al mundo, muchos nos ayudarán a librarnos de la opresión española.

--Ya sé que no debo intervenir en estos temas –terció Fernández con nerviosismo--, pero quiero dejar claro que me siento muy a salvo con Cataluña en manos tan capacitadas como las suyas, señores.

Complacido, Mas sonrió y adelantó el mentón hacia el periodista.

--Se lo agradezco mucho. Le voy a decir a Pilar Rahola, directora de su periódico, que está haciendo un estupendo trabajo. Es necesario que...

El ruido de una explosión cortó al Presidente. El autobús empezó a tambalearse y derrapó peligrosamente, acercándose al borde de la carretera, que, además, estaba plagada de baches y grietas. El conductor trató de controlar los bruscos vaivenes del vehículo.

--¡Son los aviones no tripulados del Estado español! --chilló Fernández.

Todos los ocupantes del autobús creyeron que iban a salirse de la carretera y volcar, pero el conductor logró dominar a la bestia y detenerla.

--Creo que ha estallado una de las ruedas traseras –dijo, secándose el sudor de la frente.

Se hallaban en mitad de la nada. Según el conductor, aún no habían salido de Cataluña. Bajaron del vehículo a inspeccionar los daños y Mas, rodeado de su mínimo séquito, se atusó su indómito tupé y empezó a quejarse:

--¡Menudo contratiempo! Sólo faltaba que no pudiéramos llegar a Madrid... Se van a reír de nosotros.--Hizo un gesto impaciente a Guardiola--. Deprisa, llama de una vez a la Generalidad.

--Señor, no hay señal –musitó Guardiola, el móvil aún pegado a la oreja--. No parece que haya cobertura.

--¡Maldita sea! --gruñó Mas.

El conductor, que había estado examinando la rueda pinchada, regresó con el grupo. Antes de decir nada, abrió la palma de su mano y la alumbró con su linterna. Ahí brillaba una especie de estrella hecha con cuerdas que sujetaban unas afiladas cuchillas.

--La rueda no ha explotado por casualidad –explicó-. Han debido de lanzarnos esta cosa desde algún lugar del campo...
Señaló el campo desierto, silencioso y en completa oscuridad que les rodeaba.

--Se trata de un sabotaje, evidentemente –apuntó Closseau, intrigado por la estrella--. ¿Quién podría ser el culpable? A lo mejor es sólo una broma pesada de algún lugareño...

--¿No es obvio? --intervino Fernández, alarmado--. Han sido los españoles. Es una trampa para cazarnos y matarnos. ¡Tenemos que salir de aquí!

--No pierda los nervios, amigo –le pidió Closseau, apoyando su fuerte mano en el hombro del periodista--. A pesar de todo, no creo que hayan sido los españoles. Eso no tiene sentido. Honestamente, no tienen drones y tampoco pienso que se dediquen a lanzar estrellas ninja a autobuses que pasan por carreteras de tercera.

--A mí me da igual quién haya sido –murmuró Mas--, mi problema es que hace mucho frío y no podemos comunicarnos con nadie. Hay que encontrar alguna población para llamar por teléfono y que nos saquen rápidamente de este asqueroso desierto.¡Vamos! Guardiola, trae mi capa. Iremos campo a través.

Closseau, tras echar una mirada en derredor, dijo:

--No sé si es una buena idea. No sabemos lo que...

--¡Silencio! --ordenó Mas--. Soy el Presidente de la Generalidad y estoy en mis tierras. ¡Nadie se atreverá a hacernos nada! Y si los que han hecho esto se dan cuenta de a quién han atacado, vendrán a suplicarnos perdón. No en vano me llaman Rey Arturo. Vamos, en marcha.

Y así se adentraron en el campo, muy pedregoso e irregular, y caminaron durante una media hora.

Avanzaban lentamente, con los pies cada vez más doloridos, y no encontraban nada más que cantos rodados y malas hierbas, pero Mas seguía insistiendo en que pronto se toparían con un pueblo.

--Cuando lleguemos, me recibirán como un héroe –iba contando Mas, en parte para distraerse a sí mismo-- y nos ofrecerán un transporte seguro con el que llegar a Madrid a tiempo.

--Señor, silencio, por favor –susurró entonces Closseau, arrimándose al Presidente--. Creo que nos están vigilando –añadió en voz aún más baja.

El guardaespaldas había sacado su pistola y permanecía en alerta, preparado para actuar. Guardiola dio un agudo chillido y se abrazó al conductor, que, desconcertado, intentó sacárselo de encima. Y Fernández, que llevaba una de las dos linternas, empezó a moverla en todas direcciones, pese a que Closseau le mandó quedarse quieto.

Pasaron unos segundos y, como no se materializó ninguna amenaza, Closseau guardó el arma. Aun así, estaba visiblemente preocupado y no dejaba de mirar por encima de su hombro, cauto. Estaban solos, perdidos y en una zona sin visibilidad alguna. Y, lo que era aún peor, estaban allí a causa de un ataque poco corriente. Closseau había escuchado muchas historias que implicaban a inocentes ciudadanos sufriendo los horrores que escondía la vida rural y aislada.

--Vayamos con cuidado. El que nos ha lanzado la estrella podría estar cerca, esperando su oportunidad... Presidente, no se separe de mí.

--¡Miren allí! --exclamó el conductor al poco de reanudar el camino.

Creyendo que se trataba de quien les había atacado, Closseau volvió a sacar el arma y agarró a Mas del brazo.

--No, no..., no hay peligro –aseguró el conductor--. ¿Es que no ven las luces?

En efecto, a lo lejos se divisaban las luces de lo que parecía una solitaria cabaña. A Mas le faltó tiempo para soltarse del brazo de Closseau y avanzar hacia allí a grandes zancadas. Los demás le siguieron resoplando, aunque también estaban deseosos de finalizar la caminata y descansar.

La cabaña, una pequeña edificación de piedra con techumbre de madera, tenía un aspecto deteriorado y algo siniestro. A su alrededor se encontraban esparcidos todo tipo de herramientas y cachivaches, e incluso restos de hogueras en los que se acumulaban huesos de animales. Había también un garaje hecho de madera con la puerta corrida, en cuyo interior se avistaban más trastos y muchas bolsas de basura.

Aquel emplazamiento, en un paraje tan tétrico y muerto, despertó las sospechas de Closseau. No así en Mas, quien, seguro de sí mismo, se plantó ante la puerta con el mentón por delante y la aporreó.

--¡Abran! Soy el Presidente Mas y necesito auxilio inmediato. ¡Deprisa!

En la puerta apareció al punto un anciano achaparrado y escuálido que le enseñó una sonrisa desdentada. Vestía un chaleco de punto y una camisa roída y manchada de grasa. Haciendo una reverencia, se hizo a un lado para que pudiera pasar el Presidente.

--Pasen, pasen todos, por favor –dijo amable y educadamente, y se frotó repetidas veces las manos--. Hace frío afuera y acechan las alimañas.

Sumamente satisfecho, Mas entró en la cabaña, poniendo atención en no arrastrar su espléndida capa por el suelo, que era de tierra apisonada.

La puerta comunicaba directamente con una diminuta sala mal iluminada. En un costado de la pared había una chimenea apagada. Casi toda la sala estaba ocupada, por lo demás, por una sólida mesa de madera. Una puerta se abrió en el otro extremo y de ahí salió una mujer obesa y con el pelo canoso que portaba un puchero en sus manos.

--¡Vaya, invitados! --exclamó, y justo entonces estornudó sobre el puchero.

Guardiola puso cara de asco. La cabaña no sólo estaba hecha un estercolero, dentro y fuera, sino que flotaba en el ambiente un penetrante hedor, tal vez de animales en descomposición o comida mal conservada.

El viejo, que había cerrado cuidadosamente la puerta, les invitó a tomar asiento: había sillas de sobra. Mas tardó un poco en sentarse, atento como estaba a ciertos detalles de la habitación, en especial una bandera de España pegada a la pared y la figura de un toro sobre una repisa torcida.

--Esta familia tiene una identidad estrictamente española –susurró al oído de Closseau, que asintió con la cabeza.

Además de eso, había otros detalles inquietantes. Hoces y ganchos colgados del techo, manchas parduzcas en las paredes y cucarachas y arañas campando a sus anchas. Guardiola estuvo a punto de vomitar cuando una araña descendió hasta su cráneo pelado y tuvo que darse manotazos para echarla de allí.

--Córcholis, qué poco cuidado tienen aquí –dijo, cerrando los ojos para reprimir las náuseas--, con lo limpio que es en general el pueblo catalán.

Fernández y el conductor, sentados a su izquierda y derecha, le conminaron a que fuera amable. Después de todo, no sabían si encontrarían cerca otras gentes dispuestas a echarles una mano. Lo último que deseaban era tener que volver a andar por el campo. Y algo les decía que el viejo no estaba en sus cabales...

De hecho, sólo por respeto al anciano habían aceptado sentarse a aquella mesa de dudoso gusto. El impaciente Mas, no obstante, quiso imponer su autoridad cuando la mujer empezó a echarles en el plato una viscosa masa marrón que, según ella, eran unas ricas gachas.

--Perdone, señora –dijo Mas, quitándose las gafas y adoptando la pose a caballo entre persuasiva y grave que solía utilizar en sus entrevistas--, es que estamos en una misión muy importante para Cataluña y no podemos quedarnos a cenar. Necesito ahora un mismo un teléfono.

La mujer hizo caso omiso y sirvió aún más gachas a Mas, que, componiendo una mueca de disgusto, miró al viejo. Hurgaba valiéndose de un mondadientes entre los pocos dientes que le quedaban. Mas se fijó en sus uñas repletas de mugre, en sus manos hinchadas y arrugadas y en su rostro ajado y sucio. Sintió una incontrolable repugnancia. Y era mejor no hablar de la cabaña, o mejor dicho, de la pocilga con bandera de España. ¿Cómo era posible que en su Cataluña existiera aún gente así? Sólo podía ser un inmigrante extremeño o andaluz, un charnego. Eso lo explicaría todo Eran personas como él las que estaban llevando a la ruina el país.

--Señor, ¿es que no se me entiende?--Mas elevó la voz--. ¡Tenemos prisa y mucho trabajo que hacer! No podemos cenar ni andarnos con cortesías. Cataluña nos necesita.

El viejo arqueó las cejas, hundió el mondadientes en sus putrefactas encías y escupió sobre la mesa, cerca del plato de Mas. Su señora soltó una carcajada porcina.

--¿Y eso a mí qué? --pronunció lentamente el viejo--. Jódete.

Acostumbrados a una Cataluña en la que a los disidentes se les ataba a un árbol y se les pegaba un tiro en la rodilla, Mas y su séquito creyeron no haber escuchado bien. Una segunda carcajada de la desagradable mujer les devolvió a la vida real. Aquel carcamal, un simple paleto, estaba desafiando al mismísimo Presidente de la Generalidad.

Mas dio un puñetazo sobre la mesa, rojo de ira.

--¡Esto es intolerable! ¡No se lo permito! Me debe usted un respeto, señor, y le exijo que ya mismo nos proporcione un teléfono y que, de paso, retire esa bandera de la pared de esta chabola infecta. No sé a qué se dedicará usted, pero haga lo que haga va a recibir una visita de los servicios de inspección de la Generalidad para comprobar su catalanidad.

Se hizo un silencio. Aunque Mas creía haber intimidado a la pareja de ancianos, se les veía más divertidos que otra cosa. Guardiola estiró su jersey de pico hasta casi deformarlo y Fernández tomó unas cuantas notas en su bloc. Echaban de menos la seguridad y confort del autobús, ahora lejos de allí, inalcanzable.

--Lo único intolerable –replicó por fin el viejo, y se arrancó el mondadientes de la boca para arrojarlo al suelo-- es que ustedes no estén celebrando como es debido la noche de todos los espíritus. Hoy es 31 de octubre –prosiguió en tono reprobatorio--, no sé qué hacen ustedes danzando por ahí y fingiendo que trabajan.

--Muy mal, verdaderamente mal –terció la señora.

--Pero con nosotros celebrarán esta noche como debe hacerse –aseveró el viejo, achinando sus amarillentos ojos--. Con sangre.

La puerta de la cabaña se abrió de golpe. Closseau fue a echar mano de su pistola, pero algo tiró de él con una fuerza sobrehumana. Cayó de espaldas fuera de la cabaña. Debía de tratarse de un tipo muy fuerte para haber podido lanzarle así. En la puerta, de espaldas a él, vio un ser inmenso con una forma extraña y peluda cubriéndole la cabeza. Sin perderle de vista, tanteó el suelo en busca de su pistola, que había soltado al caer. Si la encontraba todo habría terminado.

Pero de las sombras surgió un feroz perro que se precipitó hacia él, y al momento aparecieron dos más. Closseau sintió los dientes clavándose en su rostro, cuello y extremidades. Cerró los ojos y dejó de luchar.

Mientras tanto, dentro de la cabaña, Mas había empequeñecido. Incluso su mentón parecía haber menguado. Estaba pálido y temblaba como un flan.

--Les presento a mi hijo –anunció, orgulloso, el viejo.

Su hijo era el que había tirado a Closseau sin ninguna dificultad. Era una mole de carne de unos dos metros de altura, extremadamente corpulento y con unas manos gigantescas y rudas. Hasta ahí la visión era aceptable. Lo peor era su cabeza.

Porque no era humana.

El monstruo tenía cabeza de toro. Debía de ser tan sólo una piel que usaba como máscara, pero el efecto estaba muy logrado y no faltaban dos cuernos bien prominentes.

El minotauro no hablaba. Se movía con parsimonia, inclinando a los lados su desproporcionada cabeza. Se colocó detrás de Guardiola. Todos estaban paralizados por el terror y no se atrevían a hablar. Los aullidos satisfechos de los perros les daban una idea del destino de Closseau.

--Hijo mío, estas personas nos han faltado al respeto y han faltado el respeto a los muertos –manifestó el viejo, poniéndose en pie--. Las gachas estaban buenas. ¡Es la hora del segundo plato!

El minotauro, siempre en silencio, extrajo de su cinturón un largo machete, lo alzó hasta la altura de su morro de toro y lo abatió sobre la monda cabeza de Guardiola, que se partió por la mitad como un melón, salpicando de sangre al conductor del autobús y a Fernández.

Habiendo visto ya suficiente, Mas, movido por su desarrollado instinto de supervivencia, dio un brinco, se subió a la mesa, cubierta de sangre y pedazos del cráneo de su ayudante, y echó a correr hacia la salida. El minotauro no llegó a tiempo de bloquear la puerta, pero sí consiguió enganchar la capa de Mas. No obstante, al tirar de ella se desprendió y Mas continuó corriendo. El conductor y Fernández, aprovechando el desconcierto, pasaron al lado del minotauro y abandonaron la cabaña.

Los perros estaban dando cuenta del cadáver de Closseau y no les persiguieron. En cambio, el minotauro, espoleado por los bramidos demenciales de su padre, cargó contra el conductor. Éste intentó acelerar cuando ya era demasiado tarde. Uno de los cuernos atravesó su espalda; el minotauro cogió impulso y fue a dar contra el tronco de un árbol muerto. El minotauro lanzó un gemido gutural. El cuerno con el que había ensartado al conductor se había quedado enganchado y no podía soltarse.

Gracias a eso Fernández se creyó a salvo. El minotauro no era capaz de arrancarse la cabeza de toro y, por tanto, seguía enganchado al árbol, donde el pobre conductor agonizaba entre horribles convulsiones. Sin duda, iba a poder escribir el reportaje del siglo.

Absorto en tales pensamientos, ni siquiera se fijó por donde pisaba. El cepo se cerró sobre su pierna derecha, destrozándola, y cayó de bruces al suelo. Retorciéndose de dolor, se arrastró como pudo, sollozando y pidiendo clemencia.

Algo se acercaba.

Se dio la vuelta. El minotauro, ya sin cabeza, blandió su machete. Fernández comprendió por qué cubría su rostro con una máscara. En realidad, carecía de rostro. Sólo tenía una piel quemada, achicharrada y podrida, sin rastro de nariz, ojos o boca, y un agujero por el que se deslizaba una baba amarillenta.

Fernández no tuvo ni energías para gritar. En menos de treinta segundos, su cuerpo fue despedazado a machetazos.

Ya lejos de la masacre, Mas aflojó la carrera cuando vio que no se distinguían las luces de la cabaña. Suponía que el minotauro era bastante lento y que, a no ser que dispusieran de un vehículo, no podrían alcanzarle. De todas maneras, no podía detenerse ni un momento, o terminaría como su séquito.

--Un estadista como yo no puede perecer aquí –proclamó en voz alta, y continuó adelante.

Casi no veía nada y tropezó y cayó al suelo varias veces. Aun así, el miedo le había dado alas y mantuvo un buen ritmo. El problema era que el campo no tenía fin y, además, no sabía a dónde se estaba dirigiendo. Tal vez estuviese dando vueltas, o aún peor, encaminándose hacia alguna de las trampas del viejo.

Todavía pensando en sus posibilidades si no conseguía ayuda, se dio cuenta de que pisaba un suelo firme, más liso. ¡Estaba en la carretera! No vio por ninguna parte el autobús, pero al menos estaba en la carretera, lo que ya era un logro fundamental. Se sintió aún más afortunado cuando escuchó el ruido de un motor que se aproximaba.

--¡Eh, aquí! ¡Auxilio! --gritó, y se colocó delante de los faros del vehículo. Su traje plateado había quedado reducido a jirones y estaba despeinado y sudoroso, pero esperaba ser reconocido como Presidente de la Generalidad. Ardía en deseos de ser adulado. Eso era lo primero. Ya pensaría más tarde en su venganza.

El vehículo, una furgoneta desvencijada, frenó al percatarse de la presencia de Mas. ¡Estaba salvado! Subió a la furgoneta por la puerta del copiloto y, con una gran excitación, le pidió que arrancase y le llevase al pueblo más cercano.

La furgoneta echó a andar.

--¡Se ha producido una terrible matanza! --explicaba Mas, ofuscado, sin dejar de gesticular--. Han sido unos locos de una cabaña, hay que avisar a los Mozos de Escuadra y...

Posó sus ojos en el salpicadero de la furgoneta, atraído por un brillo. Procedía de un objeto que reconoció al instante.

Una estrella hecha con cuerdas y cuchillas.

Con los ojos muy abiertos, observó detenidamente a su salvador. Iba vestido con una especie de mono oscuro, y ocultaba su faz con un sombrero de paja más propio de un espantapájaros que de una persona normal.

El conductor giró la cabeza hacia Mas. La mitad su cara estaba quemada, llena de cicatrices. Sonreía con sorna. Una sonrisa maléfica, cruel. Mas recordó entonces el garaje vacío de la cabaña y supo lo que ocurría.

La furgoneta giró bruscamente a la derecha, se adentró en el campo y se perdió en la oscuridad de aquella noche sin luna.

Las referencias de este relato, que sustituye al artículo de esta semana, son claras. ¡Feliz noche de Halloween!

No hay comentarios: