Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, septiembre 30, 2012

BASTA DE ALGARABÍA: TOMAR EL CONGRESO NO ES LA SOLUCIÓN

Uno de los pocos estadistas que ha tenido España, Cánovas del Castillo, declaró: "Un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución, y esto porque ignora lo que es". Pues bien, con plena consciencia de lo que es una revolución mucha gente de bien (admito que no sólo extremistas) acudió a manifestarse en las inmediaciones del Congreso de los Diputados, a fin de alentar un proceso constituyente revolucionario. Su derecho de manifestación fue respetado, pero cuando sujetos violentos trataron de forzar el cerco policial para asaltar la sede de la soberanía nacional, objetivo original de la convocatoria, las fuerzas del orden intervinieron con firmeza y mesura, de la misma manera que sucede en otras democracias del mundo civilizado, como Francia o Inglaterra.

Es comprensible el descontento popular y las críticas contra el Gobierno, la clase política y las instituciones en general. Es inevitable en tiempos de crisis, y con más razón en España, ya que la necesidad de una regeneración democrática es cada día más perentoria. El problema es que los que fueron a la manifestación han asumido que la voluntad de la calle puede sustituir a la voluntad libremente expresada en las urnas; y han asumido algo más, y es que la calle siempre tiene razón. Y las razones de la calle, sinceramente, no poseen mucha sustancia. No son más que rimas en cartones, tópicos repetidos hasta la saciedad. Puede que el Gobierno lo haga de pena y que el Parlamento esté lleno de politicastros, pero no me pondría jamás en manos de asambleas callejeras y filósofos de pacotilla que piensan que el dinero cae del cielo. La salida de la crisis no la traerán consignas de megáfono y pancartas pintarrajeadas con lemas ingeniosos.

Y, por otra parte, no hay mucha coherencia en sus propuestas y deseos. Piden que el "próximo parado sea un diputado". Bien, es obvio que sobran políticos en todas partes. Sin embargo, me temo que Esperanza Aguirre, que abrió el debate sobre la reducción del número de diputados en la Asamblea de Madrid, no tendría una acogida muy calurosa en una manifestación de indignados. Su impulso es más bien destructivo, negativo, como pone de relieve el mensaje de uno de los carteles más reproducidos: "No".

¿No a qué? Se sobrentiende que no a los recortes, al control del déficit, a las hipotéticas privatizaciones, a la reforma y modernización del Estado de Bienestar. Aunque los manifestantes son pocos, hay una parte importante de la sociedad española que no está totalmente convencida de la transcendencia de una agenda reformista y que opina que la austeridad es un mero ejercicio de sadismo. El Gobierno, que parece avergonzarse de sus propias políticas, debería estar explicando mejor por qué hace lo que hace y cuál es su visión de España. Se echa de menos un discurso más audaz, fundamentado y atractivo, distinto del fatalismo y el tono de administrador resignado que caracteriza a Rajoy. Y hay que añadir el agravante, además, de que el Gobierno, en realidad, no está llevando a cabo ni la mitad de la mitad del ajuste que requiere el sector público para no generar más déficit y Deuda pública. Eso es algo que los indignados ni se paran a valorar.

De momento, lo único que han conseguido con su algarabía los aprendices de revolucionario es que los mercados y la Unión Europea desconfíen aún más de España. Y, en lo que a mí respecta, todas esas imágenes que ha dejado la protesta --el camarero protegiendo a unos alborotadores, el hombre tendido en el suelo y sangrando, los policías en Atocha-- no me conmueven un ápice. Lo que me vino a la mente, al igual que a Juan Ramón Rallo, fue una escena típica de "países bananeros donde una mayoría de ciudadanos y de grupos de presión aspira a meter el cazo en el presupuesto y a vivir de él, esto es, del dinero de su vecino". No aguanto a las termitas.

¿Se salvará España? Ya no lo sé. Del Gobierno, de ese PP ya netamente socialdemócrata, espero poco o nada y las alternativas son peores. Sea como sea, mientras llega el desenlace, me acojo a lo dicho por Emilio Castelar en cierto discurso memorable en el Congreso de los Diputados: "Renunciemos a las revoluciones y unámonos todos en los sentimientos que a todos deben inspirarnos bajo la bóveda de este templo: en la santidad de la Ley y en el amor de la libertad y de la patria".

2 comentarios:

octopusmagnificens dijo...

Como los propios políticos del PP, los medios de comunicación contribuyen a desinformar con los enunciados del tipo "medidas dolorosas". No señores, lo doloroso es profundizar en el déficit. El ajuste es un alivio.

El Espantapájaros dijo...

Sí, así tendría que entenderse de una vez por todas. Y lo peor es que el Gobierno es el primero en difundir ese discurso.