Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, agosto 19, 2012

MOMENTO DE EVASIÓN. BÉBASE UNA PEPSI

El estío español está siendo abrasador. España arde real y metafóricamente. Así, es más agotador de lo normal abrir el periódico y, con pasmo, leer algunas noticias. Apurando los últimos días de relativa tregua antes de un curso que promete ser extremo, Mariano Rajoy anda por tierras andaluzas. No está allí persiguiendo a Sánchez Gordillo y su cuadrilla de forajidos, sino de visitas místicas, con lo que le salen reflexiones asombrosas: "A veces estamos pensando siempre en lo material, y al final los seres humanos somos sobre todo personas, con alma y con sentimientos, y esto es muy bonito y me reconforta mucho". Es obvio que el calor tiene efectos poderosos. Después de oírle, sólo puedo pedir a Rajoy que se deje de filosofías baratas y se dedique a gobernar.

Noticias como la reseñada y otras muchas obligan a apartar la vista de la cuarteada, marchita piel de toro y posarla en lugares donde también hay problemas pero en los que se vislumbran personajes e ideas más refrescantes. Obviamente, estoy hablando de Estados Unidos. Allí la campaña electoral es eterna, exhaustiva, con miles de actos, entrevistas y debates. Mientras que el español normal (Rajoy el primero) prefiere aburrirse con el ciclismo y echarse la siesta, a mí me atrae la vorágine americana. Me entretiene y, además, me reconforta: más que pensar en si somos humanos y en los misterios del alma, ciertamente.

Y si en 2008 apoyé a John McCain, hoy apoyo sin rodeos a Mitt Romney como candidato del GOP, que ha elegido al congresista Paul Ryan como segundo en su carrera electoral. Este ticket me inspira mucha confianza, más de lo que lo hacía el equipo formado por McCain y Sarah Palin. Romney, empresario y multimillonario, ex Gobernador, es un hombre capaz de liderar un comeback de Estados Unidos. Teniendo en cuenta a los candidatos republicanos que se midieron con él en las primarias, es la opción más amable, moderada, respetable y sustancial. Adolece de cierta ausencia de carisma y de no entusiasmar a las bases, pero con la elección de Paul Ryan como candidato a Vicepresidente ha solventado con acierto esa carencia.

Ryan, un joven bien formado en la Cámara de Representantes y experto en temas presupuestarios, posee la ventaja de combinar unas convicciones firmes (gobierno limitado, control del gasto público, dar más libertad a los individuos...) con una forma clara y sensata de expresarlas, sin caer en las estridencias y exageraciones de proporciones bíblicas de otros republicanos. Y otro dato relevante es que acumula una ingente experiencia como congresista trabajador, al pie del cañón. Mucho le va a costar al veterano Joe Biden, últimamente un tanto desfasado, superarle en los debates televisivos.

Las encuestas reflejan un empate persistente entre Obama y Romney. El actual Presidente ya no puede permitirse la lírica de 2008, ya que ahora, por fin, hay unos hechos y una gestión que evaluar. Lejos quedan  las expectativas que creó. El país se va recuperando lentamente de la crisis, pero, como muchos americanos, creo que no es gracias a los planes de estímulo de Obama. Él sigue insistiendo en esa idea, equivocadamente. Se acabará volviendo en su contra, si no lo ha hecho ya. Lo cual no supone que tenga perdidas las elecciones. Después de todo, la economía no va tan mal y en, en el exterior, no ha sido tan débil como algunos pronosticábamos, a excepción del caso iraní, que debe ser resuelto con urgencia y desde el aire.

Sea como fuere, la sola contemplación del historial y evolución de los dos candidatos republicanos me devuelve algo de esperanza en el mañana. Allí no hay Fátima Bañez, ni Jorge Fernández Díaz, ni Gallardón. No son unos perdedores vocacionales. Pueden votar a Ryan, que escribió: "Ahí [en Europa], la dependencia del Gobierno deriva en una complacencia descrita como un despotismo suave, donde las ayudas concedidas por el Gobierno se convierten en más importantes para la mayoría de la gente que el precioso derecho a gobernarse a sí mismo como individuo y como sociedad". El contraste entre este texto y las sesudas reflexiones de Rajoy antes citadas es casi doloroso, y sé que las comparaciones son odiosas. Honestamente, en estos días de verano no apetece apurar el cáliz de las desgracias españolas. Prefiero beber una buena Pepsi.