Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, mayo 13, 2012

CONSENSO

Es una palabra mágica, santificada. Tal vez no sin razón. España debe mucho a quienes se esforzaron en perseguir el consenso en los años de la Transición; había mucho que negociar y mucho en lo que ceder. Desde entonces, los tiempos han cambiado y los problemas no son los mismos. La crisis está durando años, y muchas voces, más o menos autorizadas, vienen insistiendo en lo conveniente de un gran pacto entre PSOE y PP similar a los Pactos de La Moncloa de 1977. Dicen que un pacto así sería un paso fundamental para salir de la crisis.

A mi juicio, ese providencial consenso, en la actualidad, no serviría de nada. Es más, sería hasta perjudicial para los intereses de España empeñarse en lograrlo. Al principio de la crisis, habría tenido sentido. Hoy, sin alternativas y sin tiempo, y con un PSOE cerrado a todo, sería un error.

Al consenso se le atribuyen unas propiedades mágicas que no tiene. Margaret Thatcher era enemiga de él, y prefería mantenerse firme en sus ideas y principios, sin perjuicio de que tuviese que dialogar con sus rivales o explicar sus decisiones. Por el contrario, Zapatero fue un entregado valedor del consenso, del diálogo, del acuerdo... Casi siempre más en el terreno de las palabras que de los hechos, porque fueron pocas las negociaciones que culminó con éxito.

En la pasada legislatura, un lugar común expresado por el PSOE era que el PP tenía que "arrimar el hombro". Era una interpretación singular del consenso que significaba que el PP debía apoyar todas las ocurrencias, improvisaciones, rectificaciones y contradicciones del Gobierno. Como no lo hacía (en verdad, lo hizo en bastantes ocasiones), se le acusaba de obstaculizar la salida social a la crisis que proponían los socialistas. En el apogeo de esta interpretación, abonada por El País con auténtica devoción, parecía que la responsabilidad de la marcha del país recayese en el principal partido de la oposición y no en el Gobierno.

Las tornas han cambiado. Como es sabido, en 2011 se reformó la Constitución a instancias de los socialistas a fin de consagrar el principio de equilibrio presupuestario. Ambos partidos llegaron a un acuerdo, el cual, en principio, debería haberse extendido a la ley orgánica que desarrollaría el nuevo artículo 135 del texto constitucional. Los socialistas, finalmente, no apoyaron en el Parlamento la Ley Orgánica 2/2012, de 27 de abril, de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera. La razón que esgrimió el señor Alfredo P. Rubalcaba fue sumamente peregrina. Según él, se iba demasiado lejos y se implantaba un déficit cero que no era lo acordado. Una insignificancia, un detalle casi formal que le valía de excusa para desmarcarse del Gobierno a la primera oportunidad en un asunto tan crucial como ése. Pese a todo, en El País determinaron que esta vez no era la oposición la que tenía que "arrimar el hombro", sino que correspondía al Gobierno dicha tarea.

Está fuera de duda que el Gobierno ha de sumar apoyos y hablar con la oposición. Asimismo, es bueno alcanzar pactos de Estado que amparen políticas duraderas. Pero los que continúan preconizando un pacto entre partidos desconocen tanto la gravedad de la situación como el comportamiento del PSOE, del que he aportado un ejemplo esclarecedor. Se trata de un partido que no cree en las reformas, que prefiere una España empobrecida, atrasada y mediocre con tal de que no triunfen la libertad de mercado y una visión diferente de la suya. No renunciarán a un Estado omnipotente y a una sociedad dependiente y adoctrinada. De antemano es seguro que no se sumarán a reformas que vayan más lejos de lo meramente estético, al igual que ocurre con los sindicatos. ¿Qué hay, pues, que negociar con Rubalcaba? No se puede perder más tiempo en conversaciones estériles e interminables cuyo único efecto sería dar a Rubalcaba una publicidad que no merece.

Al Gobierno de Mariano Rajoy le respalda una mayoría absoluta en el Parlamento. Debe hacer uso de ella con responsabilidad y mesura, respetando a las minorías y procurando convencer, y no olvidando que su principal obligación es sacar a España de la crisis mediante unas reformas duras e imprescindibles. Si no se puede trabajar con acuerdos, igualmente habrá que gobernar. Con más determinación y más discurso coherente y ambicioso ante a la opinión pública. Un acuerdo con el PSOE, es decir, un acuerdo para no hacer nada, supondría el reconocimiento de que no puede existir una España distinta y mejor.

1 comentario:

octopusmagnificens dijo...

Consenso para dejar las cosas como estaban. Mejor no.