Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, abril 22, 2012

SUPERANDO EL COMPLEJO PEREJIL PARA DEFENDER LO ESPAÑOL

La decisión de Cristina Fernández Kirchner (CFK) de expropiar YPF a Repsol ha encontrado en España, casi unánimemente, una respuesta de rechazo. Repsol ha invertido mucho en Argentina y ha prestado un buen servicio a sus ciudadanos; el único motivo para su expropiación ha sido no plegarse a las inaceptables exigencias de una CFK necesitada de enemigos con los que distraer a los ciudadanos de la crisis por la que atraviesa el país. El resultado inmediato será soberanía energética para mayor gloria de CFK, que podrá presumir y batir palmas, y un mal negocio para Repsol: la tasación se hará a la baja y, además, no hay que fiarse demasiado sobre cómo y cuándo pagará CFK (no existe, hoy por hoy, un Gobierno argentino digno de tal reconocimiento). Más adelante, Argentina saldrá perdiendo. Difícilmente se explotarán al máximo sus magníficos recursos mediante una empresa en las torpes y corruptas manos estatales y es seguro que se resentirán las inversiones extranjeras debido a la palmaria ausencia de seguridad jurídica.

En España hay un Gobierno dispuesto a defender los intereses españoles, no como antes. Para ciertos analistas, el Estado español no debería tomar partido en los problemas de una empresa privada con otro Estado. Personalmente, me he opuesto a que se pagaran rescates para salvar a particulares que se iban a la aventura a países peligrosos. Sin embargo, creo que el Estado ha de velar por la seguridad de sus nacionales, en el interior y en el exterior. No es lo mismo el pago de un rescate que una operación destinada a liberar a los rehenes eliminando a los secuestradores. En el caso de la expropiación de YPF no hay que quedarse de brazos cruzados. El Estado español puede y debe intervenir en defensa de inversiones españolas y, asimismo, en un plano más ideológico y elevado, superando egoístas intereses nacionales, debe hacerlo en aras del libre mercado y de la propiedad privada.

Lo que no tengo claro es qué puede hacer exactamente el Gobierno de Rajoy. De un lado, Repsol podría optar por acudir a la vía prevista en caso de controversia en el Acuerdo Bilateral de Protección de Inversiones entre España y Argentina, esto es, promover un arbitraje con el que demostrar que la expropiación fue discriminatoria (lo es) o que el justo precio no merece ese calificativo. De otro, el Gobierno tiene distintas cartas que jugar en el terreno diplomático y en el de las sanciones económicas. En estos casos, la palabra puede ser tan eficaz como los actos. Un Rajoy, un Margallo o un Soria que reprueben claramente, con argumentos y datos, el proceder de Argentina en distintos foros e instancias internacionales puede hacer mucho mas daño a CFK que la suspensión de ventajas arancelarias de la UE para productos argentinos. No hablo de diálogo, sino de confrontación dialéctica, de describir a Argentina como un país poco fiable, dirigido por gobernantes antojadizos y con un futuro muy oscuro.

Como he dicho antes, la opinión pública española ha reaccionado con indignación. No se trata de patriotismo barato o de echar a los argentinos de los bares. La gente parece haber comprendido que si España deja que sus intereses se pisoteen de esta forma, aunque la directamente perjudicada sea una empresa privada, no tomarán en serio a nuestro país en ningún ámbito, que es justo lo que sucedía en los aciagos tiempos de Zapatero, con una señorita Trini más favorable a CFK y su populismo desatado que a los empresarios españoles.

Menos acertados han estado los socialistas, que adoptan la postura más cobarde, igual que cuando gobernaban. Y de IU se dan por descontados su odio a España y su nulo respeto por la propiedad. Ellos aplaudirán cualquier expropiación, aunque sea tan injusta, arbitraria, mafiosa y torpe como la presente. La izquierda española continúa presa de lo que he dado en llamar el complejo Perejil. Allá en 2002, Marruecos ocupó la Isla de Perejil, que no es más que un pedazo de tierra. Sea lo que sea, España lo reclama como propio y, en la práctica, extiende su soberanía sobre la isla. Todo lo que mezcle soberanía con hechos consumados unilaterales hay que tomárselo muy en serio (véase la doctrina de los actos propios del Derecho Internacional Público). El Gobierno, no sin vacilaciones, recuperó Perejil mandando a las fuerzas especiales en una operación coordinada de los tres ejércitos. Operación que fue un éxito, cumpliéndose todos los objetivos. Los socialistas no es que abogaran públicamente por un resultado distinto, pero desde entonces hubo muchas mofas y sorna sobre el episodio de Perejil, como dando a entender que la solución militar había sido desproporcionada, casi ridícula y propia del talante autoritario e imperialista de Aznar, y que habría sido mejor una salida diplomática.

Hoy es reconocible de nuevo ese complejo, según el cual el interés de España no se debe proteger con resolución, sino, como mucho, con diálogo; preferentemente un diálogo desde la debilidad y la sumisión. Así se ha expresado un portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados: "¿Pero qué vamos a ir, a las Malvinas?". Después habló de la España imperial, de la derecha española, de respuesta desproporcionada... Los socialistas y El País prefieren invariablemente el diálogo, es decir, no hacer nada y rendirse. El Gobierno ha optado por una reacción más eficaz y valiente, aún en sus primeros compases.

Hay que tener en cuenta que en el siglo XIX había guerras por estas causas, pues los gobiernos se preocupaban de que en el extranjero se respetara la integridad física y patrimonial de sus nacionales. En la actualidad, no es necesario ir tan lejos, pero si el Gobierno español no hiciese nada sería tanto como admitir que este país ha renunciado a la fuerza de la razón y a defender lo suyo.

Ad abundantiam, y contradiciendo a los socialistas, dudo mucho que sea factible dialogar con CFK. De lo enrevesado y extravagante de sus discursos se infiere una confusión mental que la hace poco idónea para el entendimiento. Su última jugada maestra ha sido depositar el texto legal de la expropiación en la tumba de su marido. Bien, es obvio que con garbage así no se puede hablar. Lo que le importa a esa señora es lo que digan el periódico y la encuesta del día siguiente, por lo que es imposible que entre en razón.

La situación no se va a revertir. YPF pasará al Estado argentino y el negocio será ruinoso en unos años. Aun así, el Gobierno tiene que demostrar a Argentina que ha cometido un error garrafal, que pagará por sus actos y que las cosas han cambiado en la Madre Patria. Un mensaje que vale para todo el orbe.