Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, abril 01, 2012

EL PULSO Y LA OPORTUNIDAD: MANO DURA CON LOS SINDICATOS

El sonado fracaso de la huelga general, que tuvo un seguimiento mucho menor de lo que los sindicatos anhelaban, ha de ser un acicate que impulse la agenda reformista del Gobierno. Superado este escollo y las elecciones andaluzas y asturianas, el Gobierno no puede seguir jugando a ser tibio, ni en sus hechos ni en sus palabras. Ya no hay intereses partidistas que atender, y tampoco los asalariados, como ha quedado demostrado, están contra él. Vía libre, pues, para actuar hasta las últimas consecuencias.

El Gobierno está en condiciones de responder a las amenazas de los sindicatos y, lo que es más urgente, eliminar sus privilegios paulatinamente. UGT y CCOO son dos organizaciones que reciben dinero público a espuertas. Desde subvenciones de todo tipo hasta beneficios producidos por los cursos de formación de desempleados, pasando comisiones por negociación de los ERE. Y disfrutan de una presencia institucional que no se corresponde con la escasa afiliación que les caracteriza.

Los españoles son conscientes, en su inmensa mayoría, de esta realidad. Por eso no pueden esperar los sindicatos un respaldo masivo, y su intención de ir a un conflicto social no es más que la expresión de su impotencia. Son actores políticos que en nada benefician a los trabajadores que supuestamente representan. Y si se han opuesto a la última reforma del mercado de trabajo con tanta exageración como hipocresía, ha sido únicamente porque temen perder privilegios y protagonismo. ¿Qué iba a ser de Méndez y Tocho sin poder aparecer en las noticias, codo con codo, sin corbata, hablando de injusticias sociales y de empresarios facciosos? Hoy mismo, Méndez decía en El Mundo que tienen un "peso equivalente al de un partido político mayoritario". Es muy fácil creer tal cosa sin pasar por las urnas. Sin duda, el bien de España exige que estos dos mentecatos no vuelvan a condicionar jamás la política económica del Gobierno.

Han desperdiciado el cartucho de la huelga general contra un Gobierno que ni había cumplido cien días. Aunque haya podido tener un apoyo ligeramente superior a la de 2010, su incidencia ha sido moderada. Es normal que Tocho no quisiera comentar cifras o contar huelguistas. Mejor ahorrarse sorpresas desagradables. De hecho, ni han dado argumentos sólidos sobre por qué es tan mala la reforma. Muchos epítetos y palabras altisonantes, pero poco fondo.

Lo único a destacar de la jornada de huelga fue la violencia de los liberados sindicales, que, constituidos en piquetes coactivos, volvieron a apedrear escaparates, agredir a los trabajadores y obligar a cerrar negocios. Mientras los que decidían ejercer su derecho al trabajo eran perseguidos por los piquetes, Méndez y Tocho, Pili y Mili, recriminaban al Gobierno la fuerte presencia policial. ¡Acaso pensaban que sus esbirros podrían actuar impunemente!

Pues bien, este ejercicio de irresponsabilidad, egoísmo e incluso divismo (por parte de los dirigentes sindicales) lo rechazan los españoles, ya suficientemente maduros, en principio, como para depender de los sindicatos o comprar historias de terror sobre los empresarios, que habrá algunos impresentables pero que son necesarios para crear riqueza y empleo. El Gobierno tiene que aprovechar esta corriente de opinión, cosa que, a mi entender, no está haciendo. Cuando los sindicatos aporreen tambores de guerra, el Gobierno debe exigirles luz y taquígrafos sobre sus cuentas, que gozan de opacidad: no son auditadas por el Tribunal de Cuentas. Cuando pidan diálogo, debe recordarles cómo dialogan sus piquetes. Y, para terminar, puede ignorarlos, marginarlos, despreciarlos. Siempre con elegancia y juego limpio, por descontado.

Es el momento de liberar a España de esta lacra sindical, de estos brazos armados y asilvestrados de PSOE e IU. Los sindicatos tienen un papel que cumplir en las empresas, preocupándose de los trabajadores que lo requieran. Que abandonen esa pretensión de decidir lo que hace o deja de hacer el Gobierno; mucho menos si es con la única finalidad de salvaguardar privilegios que no merecen. Sería un buen comienzo que, progresivamente, se empezaran a financiar mediante las cuotas de sus afiliados. En tal hipótesis, si los trabajadores los encuentran necesarios y útiles se afiliarán y ayudarán a su sostenimiento. Si no, perecerán. El dictamen del mercado es el más justo.

Por último, Mariano Rajoy, en caso de que los sindicatos recrudezcan el conflicto apoyándose en la extrema izquierda para incendiar las calles, puede tener presentes las sabias palabras de Stanley Baldwin, un tory que superó una huelga general mil veces peor que la del jueves: "Respetad a las autoridades. Haced respetar las leyes, cuya custodia corresponde al Parlamento. La huelga general es un desafío al Parlamento y el camino hacia la anarquía y la ruina".

1 comentario:

octopusmagnificens dijo...

La violencia de los sindicatos debe abordarse y abortarse con una reforma de la Ley de Seguridad Privada, con una desregulación que facilite a las empresas contratar vigilantes debidamente habilitados (matones de gimnasio), tipos que ejerzan una verdadera disuasión sobre los violentos. Si el mercado demanda cierta cualificación es por algo.