Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, febrero 05, 2012

NO ESTAMOS EQUIVOCADOS: LAS DIFICULTADES DE HOY SON LA GARANTÍA DE UN MAÑANA MEJOR

Ad stra per aspera. Es el lema de Kansas. Significa: Hacia las estrellas a través de las dificultades o, en otras palabras, sin sacrificios es difícil llegar a lo más alto. Es un lema al que agarrarse en este prolongado período de crisis económica y, asimismo, un lema en el que refugiarse ante las políticas de corte keynesiano (aunque no basadas en lo que de verdad se hizo en los años treinta) que están retornando al debate público en contraposición a los esfuerzos por reducir el déficit y la Deuda pública. Cada día, desde el PSOE o desde El País --también, horrendum dictu, desde el Gobierno-- se expone el tópico de que la austeridad estrangula el crecimiento y que hay que estimular la economía. En su versión más vulgar, este pensamiento se contiene en la siguiente frase: "Sólo con austeridad no llegamos".

De entrada, es razonable creer que fuertes restricciones presupuestarias entrañan efectos negativos sobre la economía, una contracción. El problema es que no hay alternativa. Cuando tantos y tan variopintos analistas hablan de estímulos al crecimiento y de que los Estados sean cautelosos con sus objetivos de déficit, me pregunto si es que pertenecen a una realidad alternativa. ¿Más gasto público? ¿Aparcar sine die el aseguramiento de la estabilidad de la Deuda pública? El caso español ilustra a la perfección lo errado de estas opiniones. Con la crisis, de un superávit del 2% se pasó a un déficit del 11% antes de los recortes de 2010. Déficit en gran parte debido a las recetas keynesianas del Gobierno socialista. Esa expansión presupuestaria, hoy incomprensiblemente de nuevo en boga, no palió la destrucción masiva de puestos de trabajo ni empujó el PIB. La experiencia, reciente y clara, no deja lugar a dudas.

Adquiere plena vigencia un extracto del discurso que Margaret Thatcher dirigió al Partido Conservador en la Conferencia de Brighton de 1980: "Si gastar dinero como agua fuera la respuesta a los problemas de nuestro país, ahora no tendríamos problemas. Si alguna vez una nación ha gastado, gastado, gastado y gastado todavía más, ésa ha sido la nuestra. Hoy ese sueño se acabó. Todo ese dinero no nos ha llevado a ninguna parte, pero aún debe salir de algún sitio. Aquéllos que nos animan a aflojar las restricciones, a gastar aún más indiscriminadamente en la creencia de que ayudará a los parados y a los pequeños empresarios, no son buenos, ni compasivos, ni humanitarios". Disculparán la larga cita, pero se ajusta como un guante a la discusión en torno al equilibrio presupuestario.

Los que combaten ese principio, Krugman y compañía, están lejos de despertar del sueño. Para ellos, la economía se asemeja a un drogadicto que, víctima del síndrome de abstinencia, temblando y retorciéndose, requiere sin dilación nuevas inyecciones de vigoroso dinero público. La droga, sin duda, le aliviará momentáneamente y reforzará su confianza en las ventajas de la adicción. Pero, a la larga, el daño será irreparable, no podrá desengancharse y morirá irremisiblemente. El remedio para España y toda Europa es una estricta cura de desintoxicación.

En cualquier caso, los continuadores de Keynes emiten sus cábalas sobre un escenario (triunfo del ultraliberalismo, déficit cero, especuladores implacables, recortes salvajes...) inventado en buena medida por ellos mismos. Es verdad que en todas partes se ha levantado la bandera del equilibrio presupuestario y la austeridad. En España se ha reformado la Constitución para incluir límites al déficit y endeudamiento públicos. Mas la realidad dista mucho de la letra y buenas intenciones de esos principios. Aquí, sin ir más lejos, el nuevo Gobierno aún no ha acometido un ajuste digno de tal nombre; y ya está pensando en negociar el objetivo de déficit (el 4,4% para 2012). Y, por lo que se refiere a los voraces mercados, nadie está exigiendo que la Deuda pública se amortice de un día para otro. Los inversores sólo necesitan la seguridad de que se les devolverá su dinero, y para conseguirla hay que conducir la Deuda a unos niveles más sostenibles. Lo cual puede hacerse de forma progresiva.

Indudablemente, deben efectuarse nuevos y severos recortes. Ello quizá ahogue el crecimiento, pero no la recuperación. Esto es, a corto plazo se dejará sentir la temida contracción. 2012 será un año duro en ese sentido. Posteriormente, la economía despegará, pues habrá sido saneada a fondo. Si vuelven las políticas expansivas de 2008 y 2009, España no habrá aprendido nada de errores pasados. Además, cuando el sector público deje de acaparar recursos con sus emisiones de bonos, es claro que más empresas y particulares tendrán a su disposición crédito para sus negocios.

A Krugman y sus turiferarios les doy la razón en que lo anterior no basta. Son igualmente procedentes reformas de calado. No sólo la del sistema financiero y la del mercado de trabajo, pues hay que actuar en otros muchos ámbitos: en la Justicia, en la proyección de las empresas españolas en el exterior, en educación e innovación, etcétera.

Depender del Estado para crecer o para tener un empleo, o estar a expensas de lo que decidan y proyecten los poderes públicos, es el ideal socialista que late en el fondo de todos esos preciosos planes de estímulo. Abandonarse en brazos del Estado, que es lo que está ofreciendo Hollande en Francia, no es la solución. Ojalá esa gran nación no abandone la senda reformista marcada por Nicolas Sarkozy.

Por lo tanto, es mejor sufrir y resistir el temporal. Aceptar las limitaciones, la frugalidad y los recortes. Y atar a Mariano Rajoy en el mástil a fin de que no sea sugestionado por los cantos de sirena de quienes con droga pública pretenden salvar todas las dificultades. Le corresponde a Cristóbal Montoro, desde el Ministerio de Hacienda, la tarea de preservar al líder de tan poderosas tentaciones.

No sé si la frase es suya, pero en The Iron Lady (2012) Thatcher hace un comentario que cito como conclusión: "Gentlemen, if we don’t cut spending we will be bankrupt. Yes, the medicine is harsh, but the patient requires it in order to live. Should we withhold the medicine? No. We are not wrong".