Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, febrero 12, 2012

EL HOMBRE QUE VEÍA ANOCHECER

El juez Baltasar Garzón, apodado Campeador, ha sido hallado culpable del delito de prevaricación y condenado a 11 años de inhabilitación por el Tribunal Supremo. Es improbable que vuelva a ejercer de juez. Al margen de las rabietas de los sectarios que le han encumbrado como adalid de la democracia, el Poder Judicial va a ganar calidad sin este deficiente juez instructor que se ha caracterizado muy principalmente por valerse de su condición para ganar notoriedad y protagonismo, que es lo único que ha hecho de un tiempo a esta parte. Era un elemento anómalo en el sistema: su expulsión de la Audiencia Nacional y de la carrera judicial es la mejor manera de inaugurar un período de reformas en la Justicia.

No es mi deseo explicar por qué Garzón ha sido condenado por prevaricación. La sentencia del TS, demoledora y sólida, es lo suficientemente expresiva: "La justicia obtenida a cualquier precio termina no siendo Justicia". Pero a sus admiradores poco o nada les importa que Garzón hiciera caso omiso del tenor literal del artículo 51.2 de la Ley 1/1979, de 26 de septiembre, General Penitenciaria y que vulnerase el derecho de defensa de forma flagrante. Así las cosas, el diario El País está decidido a excusar lo que sea con tal de presentar a Garzón como un mártir, cuando en el pasado no dudó en arremeter contra él duramente a causa de su investigación sobre los GAL: "Ningún fin, ni siquiera el de conocer toda la verdad sobre los GAL, justifica pasar por encima de los procedimientos", manifestaba en un editorial de 1995. A tenor de sus últimas posturas, cabe añadir una excepción a la regla: "Sí está justificado saltarse las normas cuando se trata de investigar --y filtrar datos a este diario-- un caso de corrupción que salpica al PP".

¿Quién es este juez, otrora denostado y vituperado por la izquierda, que reúne hoy día tantos y tan destacados adeptos y por el que merece la pena echar por tierra viejas doctrinas y opiniones, descalificar al Tribunal Supremo y poner en duda la validez del Estado de Derecho? ¿Un héroe, acaso? Nada más lejos de la realidad. Ha sido y es un individuo vanidoso, interesado y excesivo cuyos méritos --menores de lo que se cree-- no compensan la campaña que exige su impunidad.

Nunca investigó los crímenes franquistas. Disponía de medios distintos a la interceptación de las comunicaciones de los presos con sus abogados en prisión para impedir una fuga de capitales. Y está imputado y acusado en una tercera causa debido a la financiación de sus seminarios en el extranjero. En lugar de comportarse con normalidad y asumir que fue demasiado lejos, Garzón ha caído en una especie de demencia, no le preocupa el daño que su actitud está provocando a la Justicia. Sus declaraciones en el juicio, señalando que a él sólo le mueve la "razón democrática", así lo atestiguan. Su alegato final en el juicio por haberse atribuido una competencia de la que carecía terminaba como sigue: "El tribunal de un hombre, decía Kant, es su conciencia. Tengo la mía tranquila". En suma, para Garzón las leyes positivas son poca cosa. Pesan más la razón democrática y su conciencia, o sea, el clamor popular (sólo si es de signo progresista, claro) y su santo parecer. Su arrogancia demuestra que la judicatura se está librando de un peso enorme.

La contrapartida a esta indudable ganancia es la reacción airada y extramuros del sistema de la izquierda más extremista. A los defensores de Garzón no les ha hecho falta leer la sentencia para mostrar su desacuerdo con la misma o, lisa y llanamente, no respetarla y acatarla, como hizo Llamazares. Evidentemente, casos tan patológicos como los del amargado Llamazares e IU producen más a la risa que a otra cosa, ya que poco efecto ha de tener su insumisión, a no ser que reúnan el valor suficiente para incendiar el TS y a los fascistas que moran en él, cosa que dudo. Pero, se mire como se mire, es terrible que se asuma con normalidad que un diputado, un legislador a fin de cuentas, supuestamente integrado en el sistema, se permita esas opiniones, diametralmente contrarias a los principios del Estado de Derecho. Y lo peor es que pueda cundir el ejemplo.

Hay una distancia considerable entre la crítica legítima y basada en argumentos jurídicos a una resolución judicial y los insultos y desplantes que está recibiendo el Tribunal Supremo. El propio Garzón parece contento con estas tendencias insanas de sus seguidores. Para ellos, el Campeador debería gozar de carta blanca en la medida en que se encargara de las causas convenientes a los sueños húmedos de la progresía. Y si alguien osa ponerle límite o recordarle su sometimiento a la ley y el Derecho, se le tacha de franquista y torturador. Fuerza es concluir que algunos, empezando por el propio afectado, han enunciado que Garzón legibus solutus est. El TS, en una sentencia ejemplar, ha arruinado tan aberrante y perturbadora fantasía. Por eso no quieren aceptar la decisión y recurren a los insultos y a manifestaciones que rozan lo delictivo. El aquelarre celebrado en 2010 en la Universidad Complutense se está repitiendo amplificado por cien. Hay que neutralizar cualquier intento sedicioso.

Desde El País hasta El Plural, se han esgrimido en su favor pintorescos argumentos que ponen de relieve el extravío jurídico y el sueño de la razón de la izquierda española. Por ejemplo, se dice que su prestigio internacional tendría que haberle preservado de este amargo trago, para que no resultara perjudicada la imagen de España. Quizá a partir de ahora deba guiarse la Justicia española por los dictados del New York Times y tutti quanti, aunque su conocimiento de la materia sea más bien escaso. Lo último es que, según no se sabe qué encuestas de pacotilla, la mayoría piensa que no es justa la condena. Sin lugar a dudas, sería un buen modo de impartir justicia uno consistente en que los medios de comunicación, a través de sus páginas de Internet, preguntasen a sus lectores quién debe ser condenado y quién no. Pulgares arriba o abajo.

A pesar del título de este artículo, no es seguro que la inhabilitación suponga el fin de Garzón. Circulan elucubraciones acerca de su eventual coronación como líder de un frente popular actualizado y dispuesto a tomar el poder desde la calle. Reconozco que goza de popularidad entre los radicales y que tiene muchos contactos, y soberbia y ambición no le faltan.

Sin embargo, no será como magistrado. En el cartel de Juez Dredd (1995) había una frase: "In The Future, One Man Is The Law". Garzón ha perdido esa batalla y ya no podrá ser un juez Dredd capaz de tirar contra la derecha desde la AN.

2 comentarios:

Ocón dijo...

Como ya vienes a decir, Garzón se ha retratado al alegrarse de ciertas actitudes y declaraciones. Un juez honesto, aún siendo el imputado, debería haber renegado de tales 'ayudas' públicamente y debería haber defendido a sus colegas, a la Justicia y sobretodo a las buenas maneras de discrepar. Pero no. Siempre es y ha sido 'especial'.

Un saludo

El Espantapájaros dijo...

En honor a la verdad, en 2010 su defensa sí que se desmarcó del ardor de sus simpatizantes. Pero cuando ha sido condenado, la reacción de Garzón no ha sido la de aceptar la sentencia, sino que se ha presentado como la víctima de una conspiración. Es normal que esté en desacuerdo con la sentencia. Aun así, como profesional y supuesto amigo de la Justicia, debería haber declarado que los ataques furibundos contra el TS estaban fuera de lugar y que los alborotadores no le representaban. Al no hacerlo, demuestra que sólo le mueve su interés personal y su afán de gloria.

Ah, ¡bonito gato!