Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, enero 08, 2012

LEE MIS LABIOS, RAJOY

En la campaña para las elecciones generales, el hoy ministro de Hacienda Cristóbal Montoro razonaba que una subida de los grandes impuestos, como el IVA o el IRPF, "traería menos crecimiento y más paro". El propio Mariano Rajoy, como líder de la oposición, escribió mucho antes un artículo en El Mundo condenando la subida del IRPF y el IVA anunciada en plena crisis por el Gobierno socialista. En ese intachable texto tachaba con ironía de "genialidad" la decisión, señalando lo falaz de la coartada social esgrimida por el Gobierno (es justo que los ricos paguen más) "porque el grueso de esta subida va a recaer sobre las clases medias de nuestro país". En contraposición, argumentaba que no hay que "pedir más a los ciudadanos, sino administrar mejor", eliminando gasto público. Y concluía asegurando que subir los impuestos, lejos de atajar el déficit, "tan sólo es el anuncio de más paro y más recesión".

Pues bien, ha llegado la hora de la verdad y todas estas palabras y reflexiones, a mi entender correctas, han sido pasto del olvido. El nuevo Gobierno ha optado por incrementar el IRPF y el IBI. Aunque la subida en el caso del IRPF la disfrace Soraya de "recargo temporal de solidaridad" (en las rentas del trabajo y del capital), hay que dejar claro que los contribuyentes ya están muy recargados y que todas esas llamadas a la equidad y la solidaridad ya cansan, pura y simplemente.

La confianza en Rajoy se ha debilitado en muchos votantes del PP --los que conserven un juicio crítico e independiente-- antes de lo previsto. Que abdique tan fácilmente no ya de un compromiso electoral, sino de las tesis liberales que en teoría asume, es una mala señal. Quizá de estos tipos superiores resulte una recaudación superior (seguramente inferior a la esperada), pero será a costa de desincentivar la inversión, gravar aún más a la clase media y desanimar a los emprendedores. Un precio alto para un resultado presumiblemente pobre.

La excusa de que el déficit público ha sido mayor de lo que creían no se puede dar por buena. Tal circunstancia ya era conocida y adelantada por los expertos, y, honestamente, cualquier ciudadano medianamente lúcido sabía que los socialistas, empezando por la incompetente Salgado, estaban mintiendo sobre el déficit. Dos puntos de diferencia son mucho, sin duda. A pesar de todo, más impuestos no resolverán gran cosa ni ayudarán a que se cree empleo. Lo que justifica ese déficit es una disminución más fuerte del gasto público, algo que no se ha producido. En el artículo citado, Rajoy manejaba como cifra posible de déficit público un 10%, siendo el actual un 8%. Si la postura contraria a subir impuestos de Rajoy valía con un déficit del 10%, ¿por qué ha traicionado ahora esas promesas e ideas con uno del 8%? No obstante, hay que añadir como atenuantes que las exigencias de la Unión Europea son más imperiosas y que la situación de la Deuda pública es hoy día peor, o más delicada, que en 2009 o principios de 2010.

Rechazo las ideologías y su alejamiento de la realidad: no quiero entender el liberalismo económico como un dogma del que uno no pueda separarse. Subir impuestos o crear nuevos puede ser necesario según las circunstancias. En este caso, en cambio, no es lo razonable o lo eficaz, y además es que ya se hizo en el pasado, sin demasiado éxito. El bolsillo del contribuyente está ya muy maltrecho. No se entiende, por consiguiente, una enmienda tan inmediata y sangrante al programa electoral del PP. A lo sumo, lo utilizarán como parapeto para futuros recortes de calado. Nadie podrá decir que el nuevo Gobierno sólo se ha preocupado del gasto.

El efecto más benéfico de esta medida ya se ha materializado. Me refiero al travestismo indecoroso de socialistas y comunistas, que presentaron en campaña el aumento de los ingresos a través de más impuestos como única solución a la crisis y, cuando Rajoy ha aplicado esa idea, se han opuesto. Es benéfico en el sentido de que son tan fiables sus opiniones como las del PP.

Decepciona también el nuevo Gobierno con su plan de lucha contra el fraude fiscal. La prohibición de pagos en efectivo por encima de los mil euros es una intervención estatal en la libertad que no habría por qué tolerar. Los técnicos de Hacienda lo han celebrado por todo lo alto, como siempre que se les otorga más poder sobre los contribuyentes. Proclaman que gracias a ello se recaudarán unas cifras astronómicas. Cifras que no son en absoluto seguras y que, en cualquier caso, no legitiman la intromisión en la elección de los medios de pago.

Habiéndose reunido apenas tres veces el Consejo de Ministros, quizá sea demasiado pronto para cargar contra el Gobierno de Rajoy y retirarle el saludo. Las decisiones encaminadas a reducir el gasto (congelación del salario de los funcionarios o de la oferta pública de empleo, o la poda en la Administración) sí merecen aplauso, y fomentarán una economía más libre y despejada. Aun así, creo que lo más drástico del ajuste se está retrasando con el pensamiento puesto en las elecciones andaluzas. Someter al cálculo electoral el interés general de España, que demanda actuar con prontitud, sería un error imperdonable.

El discurso de investidura puso el listón alto, pero su fuerza creativa no ha sido corroborada con los hechos. Hay que dar tiempo al nuevo Gobierno. A fin de que todo sea aclarado, no puede faltar una comparecencia pública de Rajoy explicando a fondo sus planes. No sería bueno que cundiese la imagen de un Presidente que se esconde, que no da la cara. Por ello, recomiendo a Rajoy que vaya a ver The Iron Lady (2012) para recibir una lección de coraje, firmeza y defensa de las convicciones propias, especialmente cuando son impopulares.