Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







lunes, octubre 31, 2011

AMANECE TRAS LA NOCHE DE LOS INDIGNADOS

El grupo de indignados estaba a punto de alcanzar al hombre. La turba furibunda le había localizado mientras se aprovisionaba de víveres y ahora le perseguía por las heladas y desiertas calles de Madrid.

El hombre miró un segundo hacia atrás. Una multitud informe le acechaba, se aproximaba a él inexorablemente. De la ropa de los indignados sólo quedaban harapos. Sus rostros descompuestos y feroces expresaban rabia, resentimiento, envilecimiento. Su inteligencia se había evaporado, pero les movían los impulsos más básicos que habían guiado su otra vida: la envidia malsana y el querer vivir a costa de los demás.

Todavía podían reproducir las consignas que, en el pasado, integraron su pensamiento político. Bombardeaban los oídos del hombre repitiéndolas sin descanso:

--Democracia real ¡ya!

--Lo llaman democracia y no lo es.

--Lo queremos todo y lo queremos ya.

--Nuestros sueños son vuestras pesadillas.

Al hombre le invadió el cansancio. Su avanzada edad y sus achaques jugaban en su contra, y los indignados no solían cansarse con facilidad. Era como intentar escapar de una ola en el mar. Si se dejaba atrapar todo acabaría rápidamente, le devorarían sin contemplaciones. Las últimas semanas habían sido una pesadilla continua y le asaltó la tentación de poner fin a su desdichada existencia. ¿Qué le ataba ya a ese mundo podrido?

--¡No! --dijo en voz alta, sorprendiéndose en el acto de la firmeza con que había hablado--. Debo sobrevivir, aunque sólo sea para demostrarles el poder del individuo. No desfalleceré ni pereceré. ¡Poseo el espíritu necesario!

Hizo un esfuerzo supremo para aumentar su velocidad y dejar atrás a los indignados, que ahora lanzaban aullidos y berridos. Durante años había bebido un elixir de la juventud eterna gracias al cual era capaz de aguantar ese ritmo. Pero su corazón era débil: si la persecución se alargaba mucho, no lo soportaría. En ese caso...

--Aguanta, kokoro --imploró el hombre entre dientes.

El laberinto de calles del centro de Madrid no bastaba para despistar a los indignados. Además, otros muchos se habían ido sumando a la fiesta. Olían el miedo, la vulnerabilidad de su presa.

El hombre dobló una esquina, pidiendo mentalmente no ser sorprendido por otro grupo mayor. Por suerte, la calle estaba desierta y pudo continuar avanzando, manteniendo una leve ventaja.

El problema era que no había donde guarecerse.

Su corazón estaba demasiado acelerado. Lo sentía a punto de explotar. Las costuras que lo sujetaban estaban siendo forzadas al máximo, como nunca antes. Y sus piernas pronto dejarían de responder. Sin aliento, empezó a aminorar la marcha. A sus espaldas, los indignados, hambrientos, empezaron a relamerse.

Cuando ya daba todo por perdido, vio cómo se entreabría el portalón de un viejo edificio de amplia fachada. Una mano le hizo señas, indicándole que fuese hacia allí. Sin dudarlo, el hombre se dirigió al portalón, que se abrió más para permitir su acceso.

¡Pero ya les tenía encima! Una zarpa mugrienta le agarró por el cuello de su camisa de cuadros, impidiéndole continuar. Inmediatamente el hombre se desprendió de la prenda, lo que salvó su vida. Ya dentro, ayudó a cerrar el portalón y a correr los cerrojos. En el exterior, los indignados comenzaron a aporrearlo.

El hombre había visto muchas puertas caer bajo el efecto de sus golpes y su voracidad sin límites, pero aquella era de gruesa madera y cubierta con planchas de acero, así que esta vez no les resultaría fácil.

Se hallaba en una especie de portal con muy poca luz. Aun así, la persona que le había abierto pudo identificarle.

--¡Pero mira a quién tenemos aquí! --exclamó--. ¡Esto sí que es una casualidad!

A su vez, el hombre, exhausto y cubierto de sudor, soltó una pequeña exclamación al descubrir quién era su salvador.

--Esperanza Aguirre --dijo entre jadeos, sonriendo con picardía--. Siempre es un placer, Presidenta, pero esta vez... no tengo palabras.

--Raro en ti --comentó Esperanza, muy animada.

Allí estaba la que fuera Presidenta de la Comunidad de Madrid. A pesar de que toda la región se había sumido en el desorden y la destrucción desde hacía un año, la aguerrida señora no había perdido su aplomo ni su estilo desenfadado. Conservaba su mítica permanente y su magnetismo personal. Más delgada que de costumbre, el hombre apreció su atractiva figura.

--Ya... Yo, si puedo, no callo, Presidenta --repuso el hombre, respirando hondo. Lucía una camiseta negra con una frase estampada en blanco: "No soy Dragó"--. La verdad es a que esos de ahí fuera no les ha engañado esta inscripción.

--Desde luego. Ellos atacan a todo el mundo que está en sus cabales, por así decir, pero imagino que merendarse a Fernando Sánchez Dragó les hubiese sentado especialmente bien.

--Soy un bocado muy tierno. Los años me han ablandado y hecho mejor, como a un gran reserva. Si no lo han logrado ha sido gracias a ti.--El portalón temblaba como consecuencia del asedio al que estaba siendo sometido--. ¿Aguantará la puerta de este castillo?

--No lo sé --dijo Esperanza, echando un vistazo--. En principio, estamos a salvo aquí. Las ventanas más bajas tienen rejas y esta puerta es resistente. Ya se cansarán.

El portal era en verdad la entrada a un patio cuadrado, zona común de la comunidad de vecinos, y al fondo se erguía, un tanto destartalado y ceniciento, el palacete de la Presidenta. Cruzaron el patio a toda prisa. Querían alejarse cuanto antes de los indignados. Dragó aprovechó la oportunidad para admirar el trasero de la Presidenta, que iba ataviada con un vestido de combate muy ceñido que resaltaba sus curvas. Era la clase de vestimenta que odiaban los indignados, más cómodos con el burka o similares.

Esperanza guió a Dragó hasta una sala de estar sin ventanas. El palacete se había quedado sin calefacción y hacía frío, pero el lugar parecía seguro. En un rincón, recostado en un sillón con orejas, un hombre leía apaciblemente un libro. Aunque concentrado en la lectura, levantó la vista cuando entró la Presidenta con su acompañante y se levantó para saludar.

Era un señor mayor medio calvo, con apariencia de besugo, achaparrado y cubierto con una chaquetilla raída. Unas enormes y anticuadas gafas de pasta negra ocupaban casi todo su rostro.

--¡Gregorio Peces-Barba! ¡Tú por aquí! --dijo Dragó, denotando incredulidad.

--Así es, así es --reconoció el filósofo del Derecho en voz baja, como disculpándose--. Los socialistas, con su complejo de sumisión al nacionalismo, nunca perdonaron mis bromas sobre Cataluña y Portugal y sobre los bombardeos contra Barcelona, y sus criaturas no me han dejado en paz desde entonces.

Esperanza soltó una alegre risotada y palmeó la espalda de Peces, al que casi se le escapó la dentadura postiza a causa de la sorpresa.

--Ya sabes, Fernando, que cuando todo esto empezó hubo aquí una ensalada de tiros. Muchos huyeron, otros perecieron o, directamente, se convirtieron en indignados. Menuda escoria, joder.--La Presidenta hablaba con soltura, cual si se estuviese refiriendo a lo que había hecho en su fin de semana corriente--. Yo me quedé para defender a los ciudadanos de Madrid y sus libertades. Y un día, durante una escaramuza, nos topamos con éste y le rescatamos del agujero donde estaba viviendo. La verdad es que no vale de nada. Se queda encerrado todo el día y sólo lee y escribe.

Peces adoptó una pose ofendida y volvió a sentarse en su sillón, bufando y agitando el grueso volumen que estaba leyendo.

--Diantre, en esta casa no se valora mi trabajo. Señora Aguirre, alguien tendrá que reflexionar a fondo sobre lo que está ocurriendo, ¿no? Debo de ser el único pensador vivo en todo Madrid. ¡El último filósofo de este cementerio! Y vaya mecenas me ha tocado en suerte...

--Lo que tendrías que hacer es agarrar un rifle, subir al tejado y cepillarte a unos cuantos cada día, como hago yo, y nos iría mejor --replicó Esperanza, y volvió a reír sonoramente, para escándalo de Peces, que se refugió tras su libro--. ¿Y a ti qué tal te ha ido, Fernando?

El aludido se encogió de hombros.

--Me las he arreglado como he podido. Al principio casi sucumbo a la locura. Me salvó mi filosofía oriental, mi estoicismo. Solía decir: "Por necesidad batallo...". A eso me he dedicado. He intentado salir varias veces de Madrid, pero es imposible. Están por todas partes. Apenas queda gente cuerda, y la que hay ha perdido la iniciativa.--Esperanza le dio la razón asintiendo con la cabeza--. En fin, sigo aplicando las sabias palabras de Kipling: "Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor han perdido la suya...".

--Te comprendo bien --dijo Esperanza, y por primera vez una sombra de tristeza nubló su semblante, repentinamente envejecido--. He perdido a muchos amigos y colaboradores, a muchas personas valiosas que pelearon conmigo para evitar el desastre. Hubo un momento en que me abandonaron las ganas de luchar, cuando Madrid cayó definitivamente y ya sólo se podía aspirar a sobrevivir entre escombros y bajo la amenaza perpetua de esos borricos. Sin embargo, sólo yo soy la dueña de mi destino. Esa panda de borregos descerebrados puede irse al infierno. No harán que renuncie a mi vida o a mis ideales. Así que aún pienso dar guerra.

La fortaleza de Esperanza Aguirre, incluso en una escenario tan desfavoravle, era asombrosa, reconfortante. Dragó comprendió por qué Rajoy había huido a Bruselas a las primeras de cambio y ella no.

--Sí, opino lo mismo, pero estamos al límite --señaló Dragó--. Ya no me queda elixir de la juventud eterna y los indignados, en aras de la moral progresista que les han inculcado, destruyen sistemáticamente todas las revistas picantes que encuentran. ¿Merece la pena vivir sin esos pequeños placeres? Es paradójico que yo, que siempre he vivido mejor en el campo, aislado, solo, acunado por mis gatos y mis libros y mis amulentos, vaya a acabar mis días en esta ratonera infecta y asediado por la muchedumbre rabiosa. Y todo fue culpa del señor Rubalcaba...

Los tres presentes en la habitación, pesarosos, rememoraron fugazmente los sucesos que habían originado la actual situación. En 2011, el PP había ganado las elecciones, hecho que no fue aceptado por Rubalcaba y los socialistas, que se aliaron con el movimiento indignado para presionar a Rajoy desde la calle. El nuevo Presidente resistió. Sus reformas, poco a poco, fueron revitalizando la economía española.

Por ello, Rubalcaba decidió que debía tomar el poder cuanto antes. Tenía dos problemas al respecto. Por un parte, los del 15-Mu no le hacían mucho caso. Sus miembros eran prepotentes y soberbios, y creían tener respuestas inamovibles para todo. Verse superado en dogmatismo y anteojeras desquiciaba a Rubalcaba y su cúpula. Por otra, les faltaba determinación. Sus manifestaciones eran cada vez más débiles. La sola presencia de Esperanza Aguirre en la Puerta del Sol, epicentro de las concentraciones, bastaba para amedrentarles. Los más osados intentaron agredirla, pero ella sola abofetéo a sus asaltantes y los puso en retirada.

Rubalcaba recurrió a la química --único campo del saber en que poseía algo de pericia-- y desarrolló una droga con la que potenciar los más bajos instintos y erradicar la conciencia individual. Quería huestes más violentas, que no sólo cercaran las sedes del PP sino que las quemaran. Que pudieran enfrentarse a la policía sin temer las consecuencias. Con el compuesto engendró un colectivo amorfo, maleable y sin personalidad, un mero instrumento para sus fines. Todos eran iguales. Todos hacían lo mismo. Los indignados fueron sus cobayas y, naturalmente, los más aptos para ser tratados con la Droga de la Igualdad.

El experimento, como era previsible, se le fue de las manos. El organismo de los indignados asimiló la droga y, no se sabe por qué, empezó a producirla. Ahora podían transmitir sus efectos a otros, no dependían ya de inyecciones. La plaga se expandió y, si bien sirvió para echar de La Moncloa a Rajoy y arrasar España, los socialistas tan sólo retuvieron un mínimo espacio de poder en el sur, feudo sobre el que actualmente Rubalcaba ejercía un poder despótico junto con sus secuaces: María Antonia Iglesias, el Gran Wyoming, el fantasma de Felipe González, el padre Escolar y David Trueba.

No era un buen lugar para vivir. La economía era de subsistencia, y la gente estaba harta de las prohibiciones y regulaciones socialistas, pero el régimen no permitía emigrar a sus ciudadanos y lo controlaba todo de forma obsesiva. Mientras tanto, la mayoría de indignados convergió en Madrid, donde se habían formado grandes rebaños que pululaban permanentemente por la ciudad en busca de víctimas con las que alimentarse.

--Yo no me resigno --afirmó la Presidenta de pronto, sacando a los demás de su lúgubre estado de ánimo--. Tengo planes para escapar, pues no queda nada por lo que luchar aquí. Sé que en otras partes de España hay bolsas de resistencia, zonas libres de indignados que están prosperando y que están armándose para marchar sobre Alcantarilla, la capital de la Federación del Puño y la Rosa. Necesitan a gente como nosotros. Incluso a gente como Peces. Es nuestra obligación unirnos a ellos sin dilación. Y ahora que tú estás aquí, Fernando, sé que es la señal para dar el siguiente paso.

En ese momento saltó la alarma del palacete y la sala de estar se llenó de una insoportable sucesión de pitidos.

--¡Maldición, deben de haber echado abajo el portalón! --dijo Esperanza a voz en grito--. ¡No pensaba que pudieran lograrlo!

--¡Tenemos que irnos! --gritó Dragó, esforzándose para que su voz no fuese ahogada por la alarma.

Esperanza se desplazó al otro extremo de la estancia y abrió el primer cajón de un escritorio. Regresó con dos revólveres que tendió a Dragó y a Peces, quien estaba totalmente pálido y temblaba como una hoja.

--Bien, hay un pasadizo secreto por el que podemos escapar --explicó Esperanza con flema--. Coged las armas. Lo urgente es que no nos atrapen aquí. Ya pensaré algo cuando estemos fuera.

Dragó tomó el revólver y se aseguró de que estuviese cargado. En cambio, Peces se cruzó de brazos y compuso un mohín de repugnancia.

--Prefiero ser asesinado antes que asesinar --proclamó solemnemente--. Además, quizá debiera pedir perdón por lo que dije y...

--Allá tú, Peces, pero si te pillan te comerán vivo, y si vives te convertirás en uno de ellos --le advirtió Esperanza, encajando el revólver en su cinturón de cuero--. ¡Vámonos de una vez!

Abandonaron la sala poco antes de que los indignados irrumpieran en ella en tropel. Los asaltantes únicamente pudieron llevarse a la boca los libros de Peces, ya que consideraban que la lectura era un hábito demasiado individualista.

Anochecía en la ciudad cuando Esperanza, Dragó y Peces emergieron del pasadizo subterráneo. Aparentemente no había nadie en la plaza a la que habían llegado, pero Esperanza no bajó en ningún momento la escopeta de caza de doble cañón que había cogido antes de escapar.

Peces, que no había dejado de quejarse durante la incómoda travesía por el pasadizo, quiso saber dónde irían. Esperanza le respondió que tendrían que esconderse provisionalmente en algún apartamento de la zona una vez hubieran comprobado que estaba vació.

--Vaya, la dama más liberal de España proponiendo invadir la propiedad ajena --murmuró con sorna Peces.

--Mira, señorito, estamos en una estado de necesidad y no tiene mucho sentido respetar esos derechos --observó Esperanza, lanzando una dura mirada al filósofo--. Con catedráticos como tú no me extraña que antes de la plaga el país fuese de mal en peor.

La plaza seguía vacía, pero se sentían vigilados. Permanecer mucho tiempo allí era pedir a gritos una muerte segura. Así pues, se encaminaron hacia un portal cuyas puertas destrozadas les invitaban a inspeccionar el edificio.

Cuando fueron a entrar, Peces se interpuso entre ellos y la puerta extendiendo los brazos.

--Me he cansado de este juego --aseguró, los ojos turbios muy abiertos--. Lo llevo pensando un tiempo, señora Aguirre, y creo que voy a entregarte a Rubalcaba. Eso hará que me perdonen, que vuelva a ser respetado por mi... familia política.

Esperanza puso los ojos en blanco.

--Peces, aparte de que tu idea falla por varios lados, te recuerdo que Fernando y yo estamos armados y tú no. O despejas la entrada o te vuelo una rodilla.

El perturbado filósofo cayó en la cuenta de su desventaja. Esbozó una sonrisa estúpida, se ajustó las gafas enérgicamente y, enrojeciendo, se arrebujó con su chaquetilla.

--Supongo que antepuse mi ideología a las circunstancias --razonó, avergonzado.

Y fueron sus últimas palabras. De la oscuridad que tenía a sus espaldas surgieron varios pares de brazos que le atraparon y arrastraron hacia dentro.

Esperanza y Dragó dispararon sus armas repetidas veces, pero había demasiados indignados y fue imposible que soltaran a Peces. Mordieron su cuello y lo desgarraron, y la sangre manó a borbotones. Otros prefirieron su abultada barriga, que abrieron a dentelladas para deleitarse con sus intestinos.

Se presentaron más indignados en la plaza. Habían salido de la nada y tenían hambre y ansia de ver correr la sangre. Esperanza y Dragó se alejaron del portal y corrieron a parapetarse tras un unos coches accidentados que, dada su disposición en círculo, ofrecían una relativa protección. Desde allí podrían defenderse mejor.

Dragó vació todo el cargador sobre el primer indignado que tuvo a tiro, que cayó al suelo con el pecho agujereado.

--¡Fernando, maldita sea, no malgastes munición! --le reprendió Esperanza.

Y, para subrayar sus palabras, se incorporó, apuntó a un indignado que venía directo hacia ellos escupiendo espumarajos por la boca y apretó el gatillo. La parte de arriba de la cabeza del indignado desapareció, y se derrumbó pesadamente, arrastrando en su caída a varios de sus compañeros.

Fue una media hora sangrienta. Tras el parapeto de coches, Dragó y Esperanza recargaban frenéticamente sus armas y abatían a decenas de indignados. Pronto se hizo patente, empero, que su derrota era inevitable. Sin munición y sin vías de escape, no tenían nada que hacer. Los indignados no cesaban de atacar.

--Hasta aquí hemos llegado--sollozó Dragó, desesperado, mientras introducía los últimos cartuchos en el humeante y ardiente revólver--. Es como en la ínsula de Barataria, "han entrado infinitos enemigos".

--Lo sé, pero al menos hemos luchado --admitió Esperanza, disparando sobre un indignado peludo y famélico que casi había atravesado la línea de coches. Le alcanzó en el brazo y en la frente. Tres más fueron hacia ellos, la boca abierta, enseñando una dentadura deforme y amarillenta.

--Antes de morir, me gustaría recibir un último beso de una mujer --dijo Dragó, y sus ojos se posaron en los de Esperanza, que, turbada, los apartó--. Y si es de una mujer hermosa y valiente como tú, dejaré esta vida agradecido.

Los indignados aumentaron el tono de sus bramidos. Cercaban el círculo de coches y a sus dos atrapados supervivientes. Esperanza realizó sus últimos disparos y arrojó el revólver contra la masa.

--Muy bien, Fernando --dijo cuando volvió a su lado, sentándose junto a él y acariciando con ternura el rostro surcado de arrugas del escritor--, lo haré porque tú también eres un buen partido, siempre lo he dicho.

Y juntaron amorosamente sus labios, disfrutando de aquellos últimos goces de la vida.

Tenían la mente en otra parte, ya en el paraíso, y por eso no atendieron a las ráfagas de ametralladora que barrieron la plaza. Los indignados, desprevenidos y expuestos, fueron reducidos a picadillo en unos pocos segundos.

Por fin, Dragó y Esperanza abrieron los ojos. Seguían con vida. Ya no se oía a los indignados.

--¿Qué ha pasado? --se preguntó Esperanza, y se puso en pie para mirar en derredor.

Un vehículo blindado de ocho ruedas se abría paso entre el mar de cadáveres que colmaba la plaza. La bandera de la OTAN, grabada en uno de los costados del vehículo, hizo que los ojos de Esperanza brillaran de alegría. Nunca se había alegrado tanto de ver esa enseña, símbolo de la libertad y el desarrollo.

--¡Eh, ayuda! --gritó, moviendo los brazos.

Dragó se levantó y se unió a ella. El potente foco de luz del blindado se posó sobre ellos.

--¡No disparen! --chillaron al unísono Esperanza y Dragó.

El soldado responsable de la ametralladora superior del blindado les estaba apuntando, pero era obvio que no eran indignados. Dijo al conductor que se acercara allí.

Los soldados eran americanos y había muchos más en la ciudad. De hecho, al blindado se le había unido un segundo vehículo del que bajaron varios soldados a inspeccionar el lugar. Esperanza se comunicó con ellos en un perfecto inglés y les explicó quién era ella y cuál era la situación.

--Fernando, son soldados de la OTAN. ¡La plaga ha remitido! Los indignados están muriendo de hambre y la OTAN ha decidido entrar en Madrid para rescatar a los supervivientes.--Se abrazó a Dragó, llorando de felicidad--. Y la mejor noticia es que ha sido aprobada una operación para invadir el reducto socialista del sur y acabar de una vez por todas con el señor Rubalcaba. ¡Vamos, Fernando! Toma mi mano. Yo comandaré una unidad, la que entre en Alcantarilla y deponga al tirano. ¡Vamos a patearle el culo a Rubalcaba!

Dragó se dejó llevar, arrastrado por Esperanza, y subió al blindado. Cerró los ojos para retener en su memoria el beso con Esperanza. Estaba vivo y le quedaba mucho camino por delante, pero lo mejor, sin duda, había pasado.

El blindado de la OTAN dio medio vuelta y abandonó la plaza, dejando atrás un banquete para las aves carroñeras.

Los protagonistas de este relato sabrán disculpar mis licencias literarias. Como cada año, os deseo a todos una feliz noche de Halloween.

NOTA: El texto ha sido revisado después de su publicación, pues el lunes no me dio tiempo a corregirlo. Este relato sustituye al artículo de esta semana.

1 comentario:

Heber - paginas web dijo...

Que buen relato muchas gracias por el post :)