Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, octubre 02, 2011

EL CATALÁN EN LOS OSCAR. ¿POR QUÉ NO?

Es recurrente el debate sobre cuáles las razones que fundamentan el supuesto alejamiento de Cataluña del resto de España. Para los nacionalistas, el culpable es, cómo no, Madrid, cuyo centralismo les impide realizarse y vivir con plenitud, cuando la realidad es que esta gente tiene un umbral muy bajo de frustración. Obviamente, es más correcto pensar que los problemas suelen venir de Cataluña; de los políticos catalanes, concretamente. El nacionalismo, con su voluminoso complejo de inferioridad a cuestas, necesita afirmarse ante sus teóricos enemigos e imponer sus dogmas desde el poder. Hay numerosos ejemplos de ello. No sorprende que hasta cinco Comunidades Autónomas, gobernadas por distintos partidos, recurrieran ante el Tribunal Constitucional el Estatuto catalán de 2006.

En otro nivel hay opiniones para bobos, para adictos al mitin. Por ejemplo, la del PSOE, según la cual la unidad y cohesión de España nunca han estado en juego debido a sus reformas de la organización territorial del Estado, en tanto que, al mismo tiempo y contra todo pronóstico, ese resquebrajamiento sí se ha producido y ha sido obra de la política del PP, tachada de anticatalana.

Si bien la regla general es que las agresiones provengan del nacionalismo, ha habido recientemente un movimiento de signo contrario. Es de justicia hablar de él para rechazarlo. Los recelos y críticas con que se ha acogido la designación de la película Pa negre (2010), rodada en catalán, para que represente a España en los Oscar son una reacción contra Cataluña que quizá se explique por las tensiones del momento pero que no se sostiene.

Ante todo, Pa negre es una película española, hecha por españoles y producida y subvencionada con dinero español. A mayor abundamiento, el catalán es una lengua española, y así se proclama, con acierto, en el artículo 3.2 de la Constitución. No comparto, por consiguiente, que se discrimine esta película por la lengua que utiliza, máxime cuando dicho comportamiento es justamente lo que caracteriza a los nacionalistas. Son ellos los que tratan de prohibir la presencia de una lengua en el colegio, o los que excluyeron la participación de escritores catalanes que escribían en castellano en la Feria de Frankfurt de 2007, con grave daño para la convivencia y la cultura, sacrificadas en el altar de la nación excluyente y totalitaria que han concebido. La pureza racial ha sido sustituida por la más presentable pureza lingüística. Los abusos en su nombre, en todo caso, no han desaparecido.

Por todo ello, los patriotas españoles, los que entienden que Cataluña es parte de España y respetan sus particularidades y su cultura, no pueden oponerse, si son coherentes, a que la mencionada película represente a España en los Oscar. Esta decisión es algo que debiera inquietar a los nacionalistas, no a los patriotas.

No me ahorraré un pequeño comentario sobre la película en sí. Su más inmediata virtud es que ha desbancado, en la selección referida, a La piel que habito (2011), del endiosado Pedro Almodovar, lo que ya bastaría para ganarse mi estima. Es de esperar que el manchego caiga en uno de sus enfados cósmicos. Y, como filme, Pa negre no está nada mal. No es una película más sobre la postguerra. Sí, el ambiente y los personajes son tan deprimentes como de costumbre, y hay cierto sesgo ideológico, pero finalmente ahonda en aspectos distintos a enseñar al espectador lo perversos que eran los nacionales y lo bondadosos que eran los republicanos.

De nuevo se da una visión brutal y tétrica de la vida rural española: ese retrato funciona y convence. Su mayor problema es que trata de aunar demasiados géneros sin triunfar nítidamente en ninguno. A mi juicio, lo mejor es su protagonista, encarnado por el joven Francesc Colomer (que consigue bordar su personaje y conmover): un chico inteligente atrapado en la red de mentiras de los adultos y por todos codiciado.

Se me da un ardite que en la grotesca gala de los Goya Francesc Colomer cometiese una falta al expresarse en castellano o que no emulase las dotes oratorias del gran Emilio Castelar cuando subió a recoger su premio. ¡No hay que ser tan cicateros! Del mismo modo, es risible que Enric Juliana, columnista de La Vanguardia, presentara el episodio como una suerte de apoteosis de Cataluña, "una sociedad alérgica a los uniformes" (se me ocurren unos cuantos, diseñados en los años treinta y cuarenta del pasado siglo, que pese a estas palabras podrían valer a varios de sus dirigentes; en ERC se llevan las camisas negras, naturalmente) y por fin emancipada del yugo de Madrid, con los inquisidores del Tribunal Supremo (¿?) dispuestos a procesar al pobre chico por su equivocación. Hay que llegar a un término medio. Ambos extremos son ridículos y se anulan entre sí.

No sé si Pa negre merecerá el Oscar, un galardón muy prestigioso, pero defenderé que represente a España donde sea, gozando para ello del mismo derecho que tendría una buena película rodada en castellano.

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