Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, septiembre 11, 2011

EL DESPERTAR

Sé que es poco original contar qué hacía uno el 11 de septiembre de 2001. Cuando se cumple el décimo aniversario de los atentados, creo que, para dar mi visión sobre aquel acontecimiento y las consecuencias que trajo consigo (y sobre cómo es el panorama diez años después), es conveniente echar la vista atrás y narrar mis impresiones y lo que significó para mí. Octopus se me ha adelantado: es imposible mejorar su escrito de ayer, por lo que, si no disponen de mucho tiempo, lean el suyo.

Aquel día estaba viendo una grabación. Para cuando acabó, ya se había producido el ataque contra la primera torre; lo primero que recuerdo, pues, es el coloso en llamas. Tenía puesta Antena 3, con Matías Prats. Yo sumaba apenas 13 años, pero cualquiera se hubiese dado cuenta de la importancia de lo que estaba sucediendo. Leía todo lo que caía en mis manos sobre Historia, si bien aún no mostraba el mismo interés por la actualidad. Me traía sin cuidado, en general, lo que salía en las noticias y periódicos. Sentía fascinación por las épocas pasadas a la vez que aborrecía discretamente la presente.

El atentado fue mi despertar a la modernidad y sus desafíos, porque descubrí que Occidente era vulnerable al terrorismo internacional. Dentro de mis posibilidades, me motivó para conocer mejor la realidad que me rodeaba y para buscar soluciones a sus problemas. Nunca actué, a partir de ahí, desde una posición derrotista o contraria al sistema en el que vivía. Antes al contrario, decidí que las democracias occidentales tenían que ser fuertes y seguir apostando por la prosperidad, y que la sociedad no podía caer en la cobardía o la indiferencia ante esta situación.

Aunque joven, no era tan ingenuo como para pensar que aquella masacre iba a quedar sin respuesta por parte de la primera potencia mundial. Conmovido por la cantidad de víctimas y por la entrega de los héroes que se sacrificaron para salvar a otros, y desesperado por haber sido testigo de la destrucción de todo un símbolo de poder a manos de unos sucios terroristas de tierras que me disgustaban, deseaba que las represalias fueran amplias y contundentes. A los enemigos musulmanes sólo les conocía del cine, religiosos fanáticos desprovistos de carisma y que no me inspiraban la menor compasión. Los soviéticos poseían un magnetismo, una vis atractiva. Los terroristas musulmanes sólo me daban asco.

Desde que conocí las escenas de palestinos celebrando el atentado supe que el Primer Mundo tenía en el Islam, en su versión intransigente, que es la habitual, un enemigo irreconciliable. Así pues, pasé unas semanas memorables siguiendo con atención los acontecimientos que desembocaron en la aniquilación del régimen talibán. Puesto que las potencias occidentales --gran parte de la comunidad internacional, de hecho-- se habían alineado con Estados Unidos, hombro con hombro, como dijo Tony Blair, sentí aquella victoria como propia. Aznar estuvo la altura de las circunstancias, así como lo estuvo en la foto de las Azores. Hubo unidad en ese instante y un propósito común, el de derrotar a toda costa a la organización de Bin Laden. Posteriormente, sin embargo, la unidad se hizo añicos, y surgieron las dudas y recelos.

Fui consciente también de la fragilidad del orden mundial y de que cualquier país podía ver amenazada su seguridad con relativa facilidad. Imaginaba todo tipo de formas de cometer un atentado, y lo difícil que sería evitarlo. La mejor salida era combatir, proteger nuestros valores y nuestro modo de vida, a todas luces superiores. Me rebelé contra los que llamaban a negociar con los terroristas, a ceder, a apaciguar. No quería tibieza ni conciliación. No hubiese servido de nada. Los terroristas musulmanes no desean matarnos y destruir Occidente en venganza por alguna injusticia cometida contra ellos, sino porque entienden que así lo dicta su religión y que deben imponer sus creencias. Aceptar esta idea es la premisa fundamental para hacerles frente.

George W. Bush asumió su responsabilidad de Presidente en tiempo de guerra y lanzó su exitosa campaña contra el terror. Desde entonces, no ha vuelto a perpetrarse un atentado musulmán en suelo americano. De Tony Blair, su mejor aliado, sólo puedo cantar alabanzas. Rápidamente comprendió que, en aquellas horas difíciles, Inglaterra tenía que apoyar a Estados Unidos y secundarle en la batalla. No había lugar a la pasividad, a esperar de brazos cruzados nuevos zarpazos. "Sean cuales sean los riesgos y los peligros de las medidas que tomemos, los riesgos y peligros de la inacción son mucho, pero que mucho mayores", alertó en su discurso al Partido Laborista en Brighton, el 2 de octubre de 2001. "No hay compromiso posible con este tipo de gente", afirmó, "ni consenso, ni punto de acuerdo con este terrorismo. Sólo hay una opción: derrotarlo o que nos derrote. Y debemos derrotarlo. Toda medida y acción que adoptemos y emprendamos lo será contra la red terrorista de Bin Laden".

Hoy, los terroristas están muy debilitados y, por fin, Bin Laden ha sido "ajusticiado", según Obama, Nobel de la Paz: siempre habrá que agradecer a este Presidente que redoblara los esfuerzos para cazarle y que, cuando tuvo que decidir si pasar a la acción, no se amilanara. Ello no resta gravedad al teatro de guerra en Afganistán. No debería haberse anunciado la retirada; dicho anuncio ha alentado la resistencia de los terroristas.

Sin ninguna duda, los costes de permanecer en Afganistán son enormes, especialmente para Estados Unidos, que lleva el peso de las operaciones. Pero no es menos cierto que las sociedades occidentales --no incluyo entre ellas la española-- han ido perdiendo la fortaleza que un día las caracterizó. ¿Hasta dónde están dispuestas a llegar, a soportar, a sufrir por esta lucha por la libertad y la seguridad? Las pérdidas humanas y económicas duelen sobremanera, y quiero pensar que no han sido en balde, incluso aunque el país no esté absolutamente pacificado y limpio de indeseables cuando las tropas completen la retirada. No obstante, hay que pensar que Afganistán es como un dique de contención. Y es, además, una prueba de fuego que no debe ser eludida. Es un error manifestar debilidad y falta de compromiso.

En este agitado año 2011, en muchos países árabes ha habido revueltas populares que han derrocado arcaicos regímenes dictatoriales. Regímenes que eran aliados de Occidente, que estaban con nuestros intereses. Por supuesto, el pueblo ha tenido la última palabra y ha luchado por la democracia y por librarse de la opresión y corrupción de esos regímenes. Ha hecho bien Occidente en apoyar las revueltas. Lo contrario habría sido contraproducente y miope. Ahora hay que vigilar atentamente la transición. Los islamistas tienen ante sí la oportunidad perfecta para hacerse con el poder y, apoyados por las masas, instaurar a la fuerza su cosmovisión fundamentalista. Los recientes disturbios en Egipto contra la embajada de Israel son alarmantes.

Empiezo a considerar difícil una convivencia plena y pacífica con el Islam. ¿Puede ser esta religión compatible con la democracia y con las libertades de que disfrutamos? Huelga decir que hay musulmanes que la practican pacíficamente, dentro de sus límites, y sin interferir en la libertad de los demás. Se han integrado en la sociedad occidental, son ciudadanos normales y merecen respeto. No hay por qué criminalizar a todos los musulmanes. Pero hasta en países modernizados y democráticos como Turquía existe una clara tendencia radical que siempre termina por aflorar. La pregunta es: En un país con mayoría de población musulmana, ¿es posible que el Islam no sea la religión oficial, la religión establecida, con todo lo que ello comporta? Y, en ese mismo país, ¿es posible que el que no sea musulmán pueda vivir en libertad conforme a sus propias creencias?

En su juventud, Winston Churchill, como oficial y corresponsal de guerra, participó en una disputa fronteriza de las muchas que tuvieron lugar en lo que hoy día es Afganistán y Pakistán, zona eternamente problemática. Ciertas tribus salvajes, inducidas por clérigos extremistas, se embarcaron en una guerra santa contra los británicos en la India. Churchill escribió una brillante crónica de los hechos y de su experiencia bajo el título de La historia de la Malakand Field Force (1898). En sus páginas hay pasajes que no han perdido vigencia a pesar del tiempo transcurrido.

Para Churchill, el cristianismo fue intolerante y excluyente, pero "ya estamos protegidos de la viruela con vacunas", en tanto que "la religión mahometana aumenta, en lugar de disminuir, la furia de la intolerancia". El resultado es que en la frontera de la India las "fuerzas del progreso chocan con las de la reacción. La religión de la sangre y la guerra está cara a cara con la de la paz. Con suerte la religión de la paz es normalmente la mejor armada".

Más de un siglo después, estas palabras sorprenden por la exacta verdad que contienen. Han de instalarse en nuestra conciencia. Y, si se obra en consecuencia, será posible matar a todos los terroristas musulmanes cada vez que se atrevan a salir a la luz. Afortunadamente, como decía Churchill, aún tenemos mejores armas.

2 comentarios:

octopusmagnificens dijo...

Excelente post, Espantapájaros.

Puesto que hablas de los enemigos musulmanes en el cine, la película reciente (para 2001) que más crudamente los había retratado, aun tratándose de una comedia, era True Lies (1994), de James Cameron y Arnold Schwarzenegger. Hubo algo de polémica, tampoco demasiada, por lo mal parados que salían los musulmames. Otra película francamente interesante es The Delta Force (1986), con Chuck Norris, a mi juicio la mejor de toda su filmografía. Tienes un avión secuestrado por musulmanes; tienes al Ejército americano persiguiéndolos; tienes al Mossad proporcionando información... Es muy buena.

Hablando de Tony Blair, mira esta vídeo entre 6:30 y 7:40: "Thank you for coming, friend".

Tengo mis reservas con la primavera árabe. La situación en Egipto se está deteriorando. Puede que echemos de menos a Hosni Mubarak y a su ley de partidos...

El Espantapájaros dijo...

Muchas gracias.

La verdad es que pensaba haber citado "True Lies", que me encanta, y "Estado de sitio" (1998). La Guerra de Afganistán me la imaginé en su día como en "Tres reyes" (1999) la del Golfo, en la que el ejército de Sadam era completamente ridículo. A diferencia de Kosovo, que cuando era pequeño me daba miedo por la ferocidad de los serbios, en este caso sabía que no era posible la derrota.

Creo que en sus memorias Tony Blair habla justo de ese momento, o al menos de su visita a Estados Unidos tras el atentado. La colaboración entre Bush y Blair fue sumamente fructífera, y la Historia aún no la ha juzgado bien.

La primeravera árabe ha de permanecer bajo observación. Parece que, por ahora, en Egipto el Ejército tiene bajo control la situación. De todos modos, esta gente no ha aprendido nada de décadas de derrotas contra Israel.