Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







sábado, agosto 27, 2011

LA REFORMA DEL ARTÍCULO 135 DE LA CONSTITUCIÓN: PÉSIMA E INÚTIL

El equilibrio presupuestario es algo a lo que se debería tender con carácter general. Es un principio sano para la economía que defiendo y que todos los políticos tendrían que grabar a fuego en su modus operandi. Como es sabido, ocurre lo contrario. Sólo Aznar fue especialmente insistente en la persecución del déficit cero en relación con los requisitos exigidos por la UE para entrar a formar parte de la unión monetaria. De ahí la Ley 18/2001, de 28 de diciembre, General de Estabilidad Presupuestaria.

En este orden de cosas, la inclusión en las constituciones de un tope o límite al déficit y al endeudamiento públicos ha sido una vieja aspiración de las teorías ortodoxas de la Hacienda Pública. La finalidad sería evitar un tamaño o una influencia desmesurados del sector público en la economía. Aunque a los keynesianos más testarudos les siente mal, el déficit excesivo es perjudicial: implica un aumento de la Deuda pública, cuya emisión produce el efecto expulsión o crowding out, esto es, se absorben recursos que podrían destinarse al sector privado y se acaba generando una subida de los tipos de interés. Además, la Deuda pública, si no puede sostenerse en el tiempo, puede adquirir una senda explosiva. Así pues, son instrumentos que hay que manejar con cautela y a los que no puede encomendarse en exclusiva la lucha contra una recesión. No parece razonable ni eficiente que sea el Estado el principal empleador o que sostenga artificialmente la demanda. Y, en cualquier caso, en la actual crisis las recetas keynesianas no son las más adecuadas, sea cual sea su utilidad real.

Dicho esto, encuentro detestable la reforma constitucional que, deprisa y corriendo, se va a llevar a efecto en los estertores de la presente legislatura. Afirmaba Montesquieu que las leyes importantes "han de tocarse con manos temblorosas". Y la Constitución, norma normarum, cúspide de la pirámide del ordenamiento jurídico, es la más importante de todas. Plantear una reforma de la misma en una materia no intrascendente y que se haga la propuesta esa misma semana, sin consultar siquiera al Consejo de Estado, y todo ello por exigencias muy concretas de Alemania, Francia y el Banco Central Europeo, es tocar la Constitución no con manos temblorosas, sino con manos torpes, grasientas y toscas. El arreglo cutre está servido. A pesar de que los dos grandes partidos hayan llegado a un acuerdo, no pierde ninguna fuerza la crítica al exiguo plazo en que todo se está desarrollando, con dosis importantes de improvisación.

Varios socialistas y los progresistas en general han aprovechado para retratarse como una suerte de adoradores del déficit público. En su imaginación calenturienta, limitarlo constitucionalmente equivale para ellos a un golpe de Estado de los mercados. Pueden estar tranquilos. Para empezar, dudo mucho que esta reforma responda a un deseo de aplacar la furia de los mercados, esa misteriosa abstracción, por cuanto no tendrán que cumplirse los objetivos que marca hasta dentro de mucho tiempo, aparte de que los límites, como ahora comentaré, son muy flexibles y prácticamente no comprometen a nada. Hay que ser escéptico respecto a este tipo de límites o topes. De un lado, a veces el déficit es inevitable o incluso necesario. De otro, los políticos en el poder siempre van a preferir gastar más de la cuenta para comprar votos. Es así de simple.

El contenido del nuevo artículo 135 de la Constitución confirma que esta reforma, además de ser una chapuza hecha a toda velocidad (algo de por sí censurable), va a caracterizarse por una nula efectividad. En rigor, es una redundancia de lo establecido, a escala europea, en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, cuyos máximos (3% de déficit y una ratio Deuda/PIB del 60%) no están siendo respetados desde el inicio de la crisis. Pero es que el nuevo 135 alude al déficit estructural, refinada trampa que, si se suma a las diversas y generosas excepciones que prevé la norma, lleva a la irrebatible conclusión de que más valdría que se hubiesen ahorrado este cambio, pues no aporta nada.

Desvelada queda la verdadera naturaleza de la reforma: vacía de contenido, es un mero compromiso programático ante los poderes de la Unión Europea en el que que los partidos se han cuidado mucho de blindar sus futuros excesos. Conociendo a Zapatero y sus desmanes, la prostitución de la Constitución, el usarla como moneda de cambio para ganar tiempo, es una digna traca final de su mandato.

1 comentario:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.