Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, agosto 14, 2011

DE AGUJEROS PEORES HEMOS SALIDO

En estas semanas parece que Occidente esté abocado al desastre. Un grueso manto de desesperanza lo cubre. Parece que lo que antes era luminoso y ejemplar vaya a apagarse para siempre. Entre los alborotadores y la ineptitud de los políticos, la crisis de la Deuda pública está haciendo estragos y obligando a adoptar, por parte de los gobiernos que hacen algo, planes de ajuste muy drásticos, como es el caso de Italia. En Estados Unidos, la rebaja de la calificación de su Deuda pública ha significado para algunos una prueba irrefutable de su decadencia frente a los llamados países emergentes.

Estados Unidos no sólo tiene el problema de una economía que no acaba de recuperarse, sino también el de una guerra que ganar en Afganistán y el de unos políticos que no están a la altura de las circunstancias. Obama, en su alocución semanal a la nación, ha reconocido que "while there’s nothing wrong with our country, there is something wrong with our politics". Naturalmente, esta crítica le afecta a él, un líder decepcionante al que, empero, hay que reconocerle una poderosa retórica y determinados aciertos, como el de ordenar la ejecución de Bin Laden.

Derrotistas y progresistas ya barajan la idea del fin de la hegemonía de Estados Unidos. Es algo que les produce placer, que desean locamente. Los segundos prefieren en lo alto a una China dictatorial y militarista antes que a la tierra de las libertades y el capitalismo. Nunca han disimulado los lectores de Público que no les importa un Afganistán bajo la bota de los terroristas musulmanes, por lo que siempre han celebrado, con más o menos atrevimiento, los zarpazos que sufren allí las tropas de la OTAN.

No me resigno. Estados Unidos y, con él, Occidente entero pueden salir de este bache. En su primer discurso de investidura, Ronald Reagan proclamó: "Somos una nación demasiado grande para ceñirnos a sueños pequeños. No estamos condenados, como algunos quieren hacernos creer, a una decadencia inevitable". Muchos sueñan con ello, ya lo he dicho; sueñan con que Estados Unidos pierda su preponderancia y se precipite en el abismo. La Unión Europa sola, o el Reino Unido, no pueden valerse por sí solos para mantener el poderío de Occidente y frenar a los bárbaros. Falta un Reagan que cambie el curso de los acontecimientos.

El crecimiento económico no es un juego de suma cero. Por ello, no me disgusta que países como Brasil o la India crezcan, que esas sociedades prosperen y abandonen la pobreza y el subdesarrollo, porque sé que eso redundará en beneficio de las nacionaes civilizadas. Asimismo, creo en la competencia y en las mejoras que se derivan de ella; y también en las ventajas de la globalización.

Al mismo tiempo, me recubre una capa de imperialismo europeo, lo digo sin tapujos. Mi ideal es que nos sigan admirando y que haya razones para ello. Y que nos respeten y veneren. Que la OTAN no deje de ser una fuerza incontestable. Que cuando se estudie un mapamundi Europa continué en el centro.

Los indignados, que obviamente no comparten esta visión, exigen que se reduzcan los gastos militares para pagar más subsidios y más atrofia de la Administración. Me opongo visceralmente, si hace falta, a esa propuesta, pues la reducción de esos gastos sí que es el primer paso para la decadencia. Hay que reducir el gasto público, por supuesto, pero no por ahí.

En realidad, en Europa y en Estados Unidos hacen falta líderes que sean capaces de llevar a la práctica unas políticas liberales que eduquen a los individuos en la responsabilidad personal, en el ahorro, en el mérito y la capacidad, en la necesidad de ganarse la vida, en el respeto a la libertad de los demás... Y todo ello desde un Estado más pequeño que no invada tantas esferas que le son ajenas y que, en consecuencia, abandone la senda de gasto desenfrenado que le caracteriza desde hace tiempo. Los indignados, con su confusión entre deseos y derechos y su Estado ilimitado que les dé de comer en el pesebre, son la fórmula contraria, la que implicaría una derrota en toda regla.

A ellos les da igual. Así pues, va a haber que trabajar concienzudamente en la dirección contraria. Si ha de haberla, la rendición no va a ser cómoda para los vencedores.

1 comentario:

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