Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, julio 03, 2011

¿SON LOS BANCOS LOS MALOS DE LA FUNCIÓN?

Es altamente improbable que el PSOE se recupere y gane las elecciones generales, sean en otoño o en marzo de 2012. Sin ninguna duda, las trampas y argucias que Rubalcaba desplegará pondrán a prueba a Mariano Rajoy y los suyos, pero el resultado final parece claro y el PSOE actual es un producto caduco y acabado. Lo que sí hay que temer es el escenario inmediatamente posterior a las elecciones, cuando Rajoy tendrá que lucirse. Porque podría formarse una alianza entre lo que quede del socialismo y la Santa Indignación (Monsieur de Sans-Foy) que haga imposible la revisión profunda que necesita la economía española. Y alarma aún más que la demagogia y las delirantes propuestas de los indignados calen en la sociedad y la vuelvan más idiota de lo que ya es.

No es que la imagen de los bancos como representación de la perfidia y la avaricia sea algo novedoso (nada en el ideario de los inginados lo es), pero ha tomado fuerza con la crisis financiera. De ahí los vergonzantes guiños de Rubalcaba a ese colectivo indiginado que, según el padre Escolar, puede patalear, insultar, apropiarse de espacios públicos, pero no puede ser objeto de crítica; según otros, debe ser una especie de conciencia --ignorante y cargante-- de la política, por lo que no hace falta que sus ideas sean rigurosas. En conclusión, no hay problema en que digan barbaridades, las cuales, además, no pueden ser desmontadas.

Es muy barato y muy sucio echar la culpa a los bancos de los apuros que están pasando particulares que solicitaron créditos o préstamos y que, a la postre, no han podido devolver, sufriendo las consecuencias. No hay para nadie obligación alguna de acudir al sistema financiero o de endeudarse. Es algo absolutamente voluntario. Una entidad financiera es tan sólo un intermediario que pone en contacto a los que depositan en ella sus ahorros con los que buscan financiación. En los años de expansión, no era indispensable comprar una segunda vivienda, un coche nuevo o una casa ideal. Mucha gente vivió por encima de sus posibilidades y lo ha acabado pagando. Que sea dramático no implica que haya que impedir que los bancos exijan que se cumpla un contrato voluntariamente celebrado.

Los particulares solicitaron créditos; los bancos los concedieron, asumiendo a veces riesgos muy elevados. Indudablemente, hubo cierta irresponsabilidad por su parte. Pero no se puede decir que hayan salido ganando a pesar de todo: tienen sus propios problemas. Los activos bancarios han perdido valor. Es el caso de ese inmenso stock de viviendas vacías cuyo valor ha caído, una bomba latente, ya que son pérdidas que aún no se han reconocido porque supondrían la quiebra de muchas entidades, al dejar en negativo su patrimonio. En cualquier caso, los bancos, en España, fueron más previsores que las cajas de ahorro (conviene recordar su sometimiento a un control eminentemente político), cuyas dificultades son mucho mayores.

Asimismo, cabe decir que, si los bancos hubiesen puesto más trabas y exigencias a la concesión de créditos en los tiempos de bonanza, se les habría acusado de racanear y de atender sólo a los ricos. Al final, los que odian a los bancos siempre encontrarán un pretexto para el ataque.

Contra el relato que se está intentando distribuir, no tiene sentido presentar a los bancos como los que idearon un plan consistente en conceder muchos préstamos hipotecarios, a despecho de las posibles consecuencias, para finalmente dejar en la calle a los que no han podido pagarlos. Mal negocio es ése. Sobre todo, porque es sumamente difícil para el banco recuperarlo todo. Y no cabe aducir engaño. Quien contrata con un banco ha de informarse sobre las condiciones y estudiar las distintas posibilidades que se le ofrecen.

Antes de la crisis, hubo excesivo endeudamiento porque las condiciones lo favorecían. La imprevisión se acabó imponiendo. Los bancos daban facilidades. Y los particulares, incentivados por unos tipos de interés muy bajos, se hipotecaron, sin pensar en que las cuotas que tendrían que ir pagando eran demasiado altas para sus rentas.

El Estado, en su calidad de supervisor del sistema, tiene su parte de culpa. El Banco de España y el Banco Central Europeo no cumplieron bien sus funciones. He ahí instituciones con una enorme influencia no eliminadas por ese neoliberalismo del que hablan algunos ignorantes o manipuladores.

Ex post facto, es fácil abominar del sistema financiero y del libre mercado a la par que reclamar lo que reclama la Santa Indignación, o sea, impuestos sobre la banca, dación en pago, más intervención del sector público... Medidas, en suma, que entorpecerían el sistema y que harían todavía más difícil o gravosa la concesión de créditos. Anteriormente, se actuó de acuerdo con las circunstancias del ciclo. Es lo natural. Ahora hay que aprender de los errores del pasado.