Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, mayo 01, 2011

EL TELEGRAMA DE EMS (Y II)

El 13 de julio, el embajador pide entrevistarse con el Rey, pero éste ya ha salido de su residencia. Ems es una villa pequeña y se produce un encuentro entre ambos. Es el Rey quien se dirige al embajador --y no al revés-- en tono amistoso. Por fin parece terminada la controversia entre ambas naciones y confiesa que se ha quitado un peso de encima. Sin embargo, el embajador, cumpliendo con su deber, le solicita “que le dé la seguridad de que la candidatura no volverá a resucitar en lo sucesivo”, es decir, de que él nunca prestará su consentimiento a una tentativa futura. El soberano replica que sus parientes mantendrán la palabra dada y que poco más puede hacer él. Después de alguna insistencia por parte de Benedetti, el Rey pronuncia las palabras decisivas: “Señor embajador, no teniendo ya nada más que deciros, permitidme que me retire”.

A lo largo del resto de la jornada, Benedetti intentó entrevistarse con el Rey. Todas sus peticiones fueron en vano. ¿Por qué? Lo que desconocía el malhadado embajador, y lo que había provocado que el soberano no quisiera recibirle, era que Gramont, desde París, había enviado a través de Wether, embajador prusiano, una especie de índice o proyecto para que el Rey de Prusia redactara una carta amistosa al Emperador francés dando por finalizada cualquier tensión. Este documento, por demás desafortunado pero no humillante, fue presentado a los ojos del Rey por los colaboradores de Bismarck en forma tal, que parecía que el Gobierno francés quería que se excusara, lo que, naturalmente, encendió la cólera real. Guillermo I no concebía aparecer como “un pecador arrepentido”. Este enfado determinó que denegara por tres ocasiones la audiencia a Benedetti, ya que temía que el embajador aludiera al proyecto de carta de disculpa y le hiciera perder la calma.

Un telegrama con el informe de lo sucedido fue enviado a la Wilhemstrasse, en Berlín, donde Bismarck aguardaba, decaído. Pensaba que había perdido la partida. El desistimiento de la candidatura del príncipe Leopoldo, aprobado por el Rey, desbarataba sus planes para arrastrar a Francia a la guerra. El telegrama de Ems vino a cambiarlo todo.

Lo recibió estando sentado a la mesa con Moltke, Jefe del Estado Mayor, y Roon, Ministro de la Guerra. Rápidamente supo sacar partido de aquel telegrama. En su redacción original, no encerraba ofensa alguna hacia Francia. Pero, puesto que el Rey autorizaba a “informar directamente a nuestros embajadores acerca de las últimas reivindicaciones de Benedetti”, Bismarck condensó el mensaje para difundirlo. El nuevo texto se mantuvo fiel a las palabras del Rey, pero no a su espíritu: este comunicado, por su tono y manera de relatar los hechos (se presentaba al embajador francés como un grosero individuo sin modales al que el Rey, “por medio de un ayuda de campo”, le había transmitido que “no tenía nada más que comunicarle”), constituía una grave ofensa. Bismarck se había salido con la suya. El telegrama condensado caería como una bomba en la opinión pública francesa: “Ello hará el efecto de la bandera roja sobre el toro galo”, aseguró.

Y acertó de lleno. El 14 de julio cae el “bofetón a Francia”. A pesar del deseo de paz de Napoleón III y de la oposición de algún diputado aislado como Thiers, el “bofetón” --que los periódicos prusianos narraban como una falta de respeto hacia su Rey y los franceses como una humillación hacia su representante diplomático-- no podía quedar impune y en París ya se gritaba que había que ir a Berlín a poner fin a la insolencia prusiana.

El 19 de julio fue entregada a Bismarck la declaración de guerra francesa. En un portentoso ejercicio de hipocresía, el Canciller fingió estar consternado y apenado por no haber podido evitar la guerra. El 1 de septiembre, en Sedán, el grueso del Ejército francés y el propio Emperador serán capturados (más exactamente, Napoleón III, que durante toda la jornada dio muestras de una valentía y entereza admirables, decidió rendirse para salvar a sus soldados de una masacre segura, a sabiendas de que ya nada le libraría de la derrota), y el 4 de ese mismo mes caerá el Segundo Imperio. Ya quedaba poco para que el acero de los sables refulgiera en Versalles ante Guillermo I, el futuro Emperador de Alemania.

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