Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, mayo 29, 2011

EL LABERINTO DEL PSOE Y DE LAS ELECCIONES ANTICIPADAS

Los ciudadanos le han dado su merecido. El PSOE ha sufrido una derrota sin paliativos en las elecciones del pasado domingo: ha perdido votos y, sobre todo, feudos. Ellos mismos se han asustado, como prueban sus risibles debates existencialistas. Es un barco que se hunde, una empresa en liquidación. El problema es que se trata del partido que sostiene al Gobierno.

Varios aspectos merecen atención. El primero es el interno, pues en el PSOE se ha desatado una breve pero intensa lucha intestina que ha culminado con unas elecciones primarias a medida de Rubalcaba, o sea, sin contendiente. Ésta es la democracia interna que tanto tiempo lleva vendiendo Zapatero: una farsa pilotada por el aparato del partido. En todo caso, es posible que el experimentado y retorcido Rubalcaba sea el que más maniobras oscuras y trampas contra la derecha pueda realizar de aquí hasta el momento de las elecciones, pero no deja de ser un candidato con muchas debilidades. Es viejo, un producto ya muy remendado y reciclado, con demasiados puntos oscuros en su expediente. Sólo hace falta tirar de hemeroteca para dejarle en evidencia. Y, a pesar de la leyenda que están tratando de labrarle los socialistas, ni siquiera es un buen orador.

De ninguna manera apoyo, a pesar de lo dicho, a Chacón, la de las chuletas. Toda broma tiene un límite. Lo mejor que pueden hacer quienes consideran que ha obtenido una victoria moral o es que renovaría al PSOE es leer su discurso del otro día, en el que renunciaba a algo a lo que, en realidad, ni se había presentado. Es un discurso tan inconsistente que provoca grima.

El segundo aspecto es externo. El Gobierno socialista, tras el veredicto del domingo, ha visto acelerada su putrefacción, le guste o no a Zapatero, que vive fuera de la realidad. Todo gira alrededor de la necesidad o no de convocar elecciones anticipadas, que se celebrarían en otoño y acabarían con la agonía de Zapatero.

No negaré que el proceso electoral, desde la disolución de las Cámaras y convocatoria de elecciones hasta que se invistiera a un nuevo Presidente del Gobierno --presumiblemente, Mariano Rajoy--, implica una parálisis institucional considerable y que toda la atención del país se centre en los comicios y no en salir de la crisis. Es el principal argumento que esgrime Zapatero para aferrarse al poder hasta 2012. Por su propia voluntad, él no va a renunciar a nada. Se ha convencido de que su última misión al frente del Gobierno le redimirá y de que tiene que resistir como sea, inmolarse frente a la opinión pública con reformas impopulares como si fuese un estadista. Y quizá también piense --y, con él, parte del PSOE-- que aún cabe la posibilidad de una cierta recuperación el año que viene que mejore sus expectativas electorales.

La visión de Zapatero llevando a cabo reformas contra viento y marea, sacrificándose por España, dejando de lado intereses partidistas, sería hasta romántica de ser cierta. Zapatero no cesa de decir que está adoptando medidas, que es su responsabilidad... ¿Pero de verdad es así? ¿Qué reformas? La mayoría de proyectos avanzan lentamente o están en el aire. Se habla de una reforma de la reforma laboral. Lo de las cajas sigue como sigue, años después. Y, aunque se está luchando contra el déficit y hubo recortes, el Gobierno teme los excesos que pueden aflorar ahora en entidades locales y Comunidades Autónomas, excesos que comprometerían la solvencia del conjunto. Así pues, el argumento de las reformas que no pueden esperar se desmorona. Zapatero no está haciendo nada. Quiere conservar el poder el mayor tiempo posible únicamente por el mero hecho de conservarlo.

Pero, suponiendo que Zapatero ejerciera el poder y no se limitara a aferrarlo, hay que reparar en su situación. Como gobernante, está totalmente desacreditado y devaluado. Ahora, además, se va a producir una dicotomía en su propio partido. ¿Va a continuar Rubalcaba en el Gobierno, o mejor dicho, va a respaldar, ya como candidato, todo lo que haga Zapatero? Finalmente, el Gobierno está a merced de los nacionalistas en el Parlamento, grupos que dudo mucho vayan a pensar en este interés de España que invoca Zapatero a la hora de negociar apoyos.

No parece, pues, viable ese deseo de Zapatero de aguantar por el bien de España. Las elecciones anticipadas también tienen su coste, pero el beneficio, a la larga, sería mayor. Si de verdad Zapatero estuviese haciendo lo que dice hacer, si de verdad España estuviera saliendo de la crisis gracias a su empuje, sería aceptable esperar hasta 2012. Pero no es así.

Y no es que piense en Rajoy como panacea. A fuerza de buscarlo, el líder de la oposición no me genera más que indiferencia e incluso escepticismo. Por muy bien que le haya ido escondiéndose de los periodistas y de las ruedas de prensa con preguntas, es un efecto momentáneo. Al final la gente acabará criticando su cobardía y vacilaciones, pues, después de todo, se supone que va a gobernar un país, lo que no puede hacerse sobre la base de pasar de puntillas por temas espinosos y guardar los problemas en un cajón.

Dicho esto, aún no ha tenido su oportunidad y eso le concede el beneficio de la duda. Si alcanza el poder y es capaz de rodearse de un buen equipo, dispuesto a renovar España de arriba abajo, me habrá convencido.

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