Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, mayo 22, 2011

BRINDIS AL SOL

Puedo comprender a los jóvenes --y no tan jóvenes-- concentrados en la Puerta del Sol y en otras partes de España. La crisis ha aplastado sin conmiseración muchas esperanzas, el paro sigue creciendo, la recuperación no arranca... Y, además, las únicas respuestas provienen de unos partidos políticos mediocres y desacreditados. La última campaña electoral, de encefalograma plano, abona mis palabras. No hay demasiadas expectativas. Todavía sostengo que la única a la que salvo plenamente de la quema es a Esperanza Aguirre.

Así como comprendo lo que está pasando, rechazo la democracia tildada de real y las propuestas que se están formulando. Como muy certeramente ha observado Arcadi Espada, democracia real es “como los jovenzuelos de corazón o de cerebro llaman ahora a la antigua democracia popular de los comunistas, oponiendo la democracia real a lo que despectivamente califican de democracia formal”.

Por otra parte, no es lícito concluir sin más que toda la virtud reside fuera de los partidos políticos, lo mismo que no me vale esa especial valoración que se hace de la juventud en general. Habrá buenos, malos y peores. Se asiste a un desfile de visiones simplistas y críticas fáciles que desembocan en unas propuestas incompatibles con un Estado limitado y controlado, con la libertad individual y con la libertad de mercado.

En efecto, los ridículamente llamados indignados hablan de más gasto público, de subir los impuestos, de controlar o nacionalizar los bancos, de prohibir el despido en empresas que obtengan beneficios... Por ignorancia inexcusable o mala fe, hablan de todo ello como si nada de eso existiera o se hubiese practicado ya y como si no fueran recetas que han fracasado rotundamente allí donde se han aplicado.

Todo huele a rancio, pues, en el fondo, es un movimiento reaccionario y de rasgos totalitarios. ¡Nada de exigir menos intromisión del Estado y unos impuestos y regulaciones que no ahoguen la iniciativa privada! Al contrario, reclaman un Estado despótico. Federico Jiménez Losantos ha advertido que, para llevar a cabo tal programa, habría que instaurar poco menos que una dictadura comunista.

La voluntad del individuo no puede quedar desplazada por la de una asamblea de iluminados sin nombre y, por ende, sin responsabilidad. Este modelo no ha de ser consentido. En este sentido, la democracia representativa no tiene alternativa. Distinto es que se articulen nuevos mecanismos de participación y control.

El núcleo duro del movimiento se nutre de la egolatría de la generación mejor preparada de todos los tiempos, esa falacia que ya fue objeto de crítica aquí. Ellos lo quieren todo y lo quieren ahora, y para ello luchan no por ganarse la vida con sus propios medios, sino por que todo lo resuelva el Estado. Si el Estado te regala un piso y te pone un pesebre, si el Estado sólo se preocupa de los derechos del colectivo, al final el sujeto no es más que un esclavo.

Obviamente, mucha gente ve con simpatía las protestas sin ser necesariamente radical o de extrema izquierda. El hartazgo generalizado, sumado al carácter pacífico y festivo de las motivaciones, ha despertado una cierta simpatía por los indignados. Por suerte, esta simpatía no durará mucho.

Los partidos progresistas, como era de prever, ha intentado apropiarse del espíritu de las protestas. Para empezar, las propuestas de la Puerta del Sol son, sin muchos matices, las de IU. En cuanto al PSOE, iba a perder estas elecciones de todas maneras, así que mejor que se repartan culpas y se acuse al sistema de ser responsable de todos los males en vez de al Gobierno socialista. Pero conviene recordar que, según lo proclamado y afirmado por Zapatero recientemente, los acampados en la Puerta del Sol son unos “bellacos” por decir que ha habido recortes sociales.

Todo este movimiento se disolverá cual azucarillo en el café. Tras haber repudiado de plano sus ideas, el único efecto beneficioso que encuentro es que puede haber servido como severo toque de atención a los políticos para que, a partir de ahora, sean más íntegros, revisen sus programas y comprendan que no van a convencer con el mercado de baratillo que han desplegado ante el público.

Functus officio, que los indignados sigan indignándose y brindando al sol, que no en la Puerta del Sol, donde les queda (espero) poco tiempo.