Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, marzo 20, 2011

LA IMAGEN DE AZNAR Y RAJOY COMO CANDIDATOS: UNA COMPARACIÓN

Tengo por costumbre prestar atención a cómo se desenvuelven los políticos ante las cámaras, y más si es en una entrevista o en un debate. Es una buena forma de que salgan a relucir sus recursos y sus defectos. La imagen y manifestaciones públicas de un candidato son ingredientes fundamentales para obtener el poder, aunque también cuentan –o deberían contar-- su capacidad, conocimientos y el equipo que tiene detrás; pero no hay duda de que salir bien librado de una entrevista o de un debate televisivo puede ser un duro varapalo para el adversario.

No soy un experto en la materia, pero sí un buen observador que analiza los detalles en situaciones en las que el político es sumamente vulnerable. Sus asesores ya no están ahí y tiene que hacer el trabajo él solo. Así pues, voy a hacer una comparativa, en este sentido, entre Rajoy y Aznar como candidatos. Después de todo, les unen grandes similitudes: los dos son miembros del PP, asistieron a al desplome de un Gobierno socialista por una crisis generalizada y, antes de eso, perdieron dos elecciones. No entraré en el fondo del asunto, es decir, en las ideas y en la solvencia intelectual de cada uno. Tan sólo interesa comparar aspectos externos, visibles ante una cámara.

El primer dato a considerar es la edad (como candidatos en sus respectivos momentos). Aznar concluyó su carrera política activa con 51 años. Rajoy ya roza los 56. La edad no tiene por qué ser un obstáculo o una desventaja. El candidato de mayor experiencia la puede utilizar como un activo de mucho peso. Pero hay personas que, con los años, empeoran su forma de expresarse y acumulan vicios difíciles de remover. Rajoy no parece que tome clases de oratoria o se preocupe de limar esos pequeños detalles que a veces son tan relevantes. Y, en adición, no es ni lo suficientemente joven como para gozar del empuje de lo nuevo y lo fresco ni lo suficientemente viejo como para estar revestido del aura de respetabilidad y sabiduría que poseen algunos mayores.

Otro elemento que les diferencia reside en la distinta formación. Aznar, inspector de Hacienda, siempre hizo gala de unos conocimientos muy palpables sobre economía gracias a una oposición con un gran componente práctico (contabilidad, resolución de supuestos...) que explica que se manejara bien con las cifras económicas y que fuese capaz de realizar análisis acertados y directos sobre esos asuntos, sin perderse en divagaciones o tópicos. En cambio, Rajoy es registrador de la propiedad. Oposiciones muy duras, pero sin práctica alguna. Nótese también el distinto tipo de actividad. El inspector es, por definición, un hombre de acción, una persona que investiga y que intenta descubrir infracciones y fraudes. El registrador, como su propio nombre indica, lleva a cabo una labor pasiva y a solicitud de parte.

La tercera diferencia hay que buscarla en la comunicación, verbal y no verbal, de sus mensajes. En relación con la primera, Aznar es, a la vista de los documentos, un orador más firme y sólido que Rajoy, hombre dado a los titubeos, a las repeticiones, a las vaguedades y a unos esquemas muy rígidos. Diré, en su descargo, que es un excelente orador parlamentario.

A Aznar se le criticaba por hablar en un tono de voz bajo y sin mover el labio de arriba. Pero, si uno escucha sus entrevistas, se da cuenta de que hace los énfasis correctos y modula su tono. Además, transmite algo que se echa de menos en los políticos de hoy día: seriedad, precisión y rigor, y un discurso bien hilvanado, coherente y rico. Por su parte, el gallego es impasiblemente monótono, casi nunca cambia de estilo ni de expresiones y cae, a mi entender, en un exceso de enumeraciones. Cuando le hacen una pregunta, suele responder con enumeraciones que calan poco entre el público y responden a un guión bien aprendido, pero soso. Si le preguntan qué haría contra el desempleo, responderá: "Le diré dos cosas. Yo haría esto y lo otro. Y, luego, esto y lo de más allá". O sea, sin entrar en ulteriores explicaciones. O cuando le preguntan por un candidato de su partido: "Yo creo que es una persona capaz, con ganas, con ilusión, con sentido común...". Enumeraciones tan insustanciales pueden hacerse una vez; si aparecen continuamente, el discurso se vuelve aburrido y hueco. Por último, Aznar no rehuye las cuestiones polémicas o delicadas, mientras que Rajoy suele ser mucho más cauto y dubitativo, cuando no decide fijar su vista en el horizonte, con frases de esta clase: "Yo sólo miro al futuro, porque estoy con los problemas de la gente, con el que no llega a fin de mes, con el que no recibe un crédito...".

No es aceptable que muchas de las respuestas de Rajoy comiencen con un "Yo creo que...". Suena fatal, a tertulia de segunda, y sus asesores tendrían que corregírselo. Por no decir que el uso del yo es siempre feo. Tampoco es de recibo que huya de algunas preguntas incómodas de esta forma: "No, mire, yo no voy a entrar en esos asuntos...", a la vez que agacha la cabeza, levanta las manos y se echa hacia un lado. Reacción que denota poca entereza. Si le preguntan algo que le incomoda, puede eludir un pronunciamiento claro con mucha más elegancia.

En lo que a gestos se refiere, Aznar vuelve a batir a Rajoy. El primero se muestra sosegado y contenido en sus gestos en todo momento. Mueve poco las manos y, cuando lo hace, no las separa mucho ni las lleva demasiado lejos, haciendo esos aspavientos tan de moda actualmente. Su cuerpo se mantiene quieto, erguido, lo mismo que la cabeza. Para algunos, todo esto puede significar rigidez, pero es mejor que gesticular hasta el paroxismo. Rajoy, desde luego, no participa de las ridículas coreografías de Zapatero, con esos movimientos ortopédicos tan reiterados y que revelan un gran nerviosismo y una necesidad de enorme de tratar de ensalzar lo vacuo de su discurso con gestos excesivos y crispados.

Sin embargo, tiene tres problemas, ya muy repetidos. Primeramente, no deja de agitar la mano derecha cuando habla, como queriendo resaltar sus continuas enumeraciones. Es un gesto cansino que no aporta nada al tono enfático con que enumera sus ideas. Aznar contrarresta esta tendencia entrelazando los dedos la mayor parte del tiempo, adoptando una postura serena. En segundo lugar, por alguna incomprensible razón, se ha acostumbrado a hacer una curiosa composición facial cada vez que finaliza una respuesta y espera la siguiente pregunta del entrevistador: frunce el ceño, aprieta los labios y baja algo la cabeza. En conjunto, parece que estuviera esperando recibir un garrotazo y no una pregunta. Una imagen pésima y llena de inseguridad. Por último, son ya muy conocidos sus distintos tics: mojarse el labio con lengua cuando no hay necesidad de ello o abrir demasiado los ojos sin venir a cuento. Hay que controlar, en la medida de lo posible, esos vicios.

Seguramente haya más diferencias y posibles comparaciones (me resisto a hablar del físico), pero ya me doy por satisfecho. Lo más probable es que Rajoy, aun sin superar a Aznar en este examen, acabe en La Moncloa, por lo que todo este ejercicio ha sido poco más que un divertimento. Es difícil que Rajoy arregle sus carencias y, afortunadamente, tiene otras cualidades que presentar.

3 comentarios:

Pedro dijo...

Hola Sergio,

Me ha gustado como has desarrollado la comparativa aunque no acabo de compartirla contigo. No sé si, quizá, por tu edad recuerdas al Aznar de los últimos años y te basas mucho en el análisis de este Aznar, pero el Aznar que yo recuerdo de 1995 o 96 era bien distinto.
Yo era casi un niño en 1995-1996, tenía 14 años, pero sí recuerdo a ese Aznar. Su diferencia de carisma abismal con González era lo que más se notaba. Hablaba como un autómata, con un discurso bien aprendido pero podía estar diciendo perfectamente lo contrario de lo que decía y lo hubiese dicho exactamente igual. No tenía convicción ninguna, era un robot.

El Aznar de hoy es bien distinto. Ya no es un autómata que hace un discurso, hoy es bastante más "auténtico", menos político, que dice lo que piensa aunque sea mayormente cosas bastante dogmáticas y poco razonadas. El Aznar de antaño era desagradable por su tono y su aspecto gris, el de hoy lo es porque parece que todo le de igual y porque ha adquirido una soberbia muy característica.

Rajoy me parece bastante mejor orador y político, aunque sí es cierto todo lo que dices de los titubeos. Rajoy no me da confianza, aunque tampoco me da "miedo" como sí me daría Aznar si se presentase ahora. Esto creo que beneficia a Rajoy porque lo que necesita el PP ahora es un parfil bajo. El PP no va a ganar, es el PSOE el que va a perder, y por lo tanto cuanto menos polémico se sea mejor.
Una última cosa de Rajoy que no has dicho y cuando lo oigo lo lo aguanto es su manía por decir "estao". No señor Rajoy, es Estado, no "estao", a ver si se lo corrige por favor.

Saludos,

El Espantapájaros dijo...

Pedro:

Aunque no tengo muchos recuerdos del Aznar de aquellos tiempos, he estudiado a fondo la época y, además, he visto todo tipo de vídeos y entrevistas, por lo que puedo hacerme una idea que creo cercana a la realidad. De hecho, el Aznar de ahora, que me gusta más por sus ideas liberales, no me convence, a veces, en cuanto a imagen. Ha descuidado las formas.

Comparto contigo que Aznar era sumamente soso, rígido, seco y demás. Y eso se notaba en su expresión corporal. Carecía del encanto y gracejo de González, tal vez demasiado expresivo. Pero, en esta época donde asistimos a discursos verdaderamente bochornosos y gesticulaciones delirantes, casi prefiero a una persona más controlada y fría. Es que detesto a las personas que se mueven sin parar cuando dan un discurso. No tiene ningún sentido.

Lo del carisma es cierto, pero tiendo a desconfiar de ese elemento. El político demasiado carismático puede llegar a ser insustancial. Mejor la seriedad y el carácter firme.

Recomiendo el libro de discursos de Aznar de esos tiempos y, especialmente, el primer debate de 1993 entre Aznar y González (y también el segundo). Ahí se aprecia bien el Aznar del que hablo en estas líneas.

Se me ha olvidado esa manía de Rajoy que tan certeramente comentas. El vocabulario de Rajoy es, de vez en cuando, singular. Como he dicho, él es un buen orador en el contexto parlamentario y se nota que tiene recursos y sobrada experiencia. Falla más en las entrevistas, le pueden los imprevistos. Seguramente te acordarás de la de VEO 7, en la que, ante una pregunta de una chica del público, se perdió y reconoció que no entendía su propia letra. Error imperdonable pero que se buscó él solo, ya que no entiendo esa manía de algunos políticos de hacer apuntes constantemente. Demuestra poca capacidad de retención y de reacción.

Alfredo dijo...

No estoy de acuerdo con que Rajoy sea "bueno" en el Parlamento --

Comparto, no obstante, lo que dice Sergio sobre las gesticulaciones y moverse de un lado para otro -- son rasgos tremendamente "ethnic" (no sé si Sergio entenderá ese término-debate pero Pedro sí lo pillará porque siguió los debates y mis definiciones de lo "white").

A mí sí me gustaba el "estílo" de Aznar -- lo mismo se decía de la Dama de Hierro, que era supuestamente "sosa" y "fría". Lo mismo voy sufriendo yo mismo ahora, al parecer, a la vista de algunos correos que he "interceptado", donde se afirma que soy: 1. más frío que un pez, 2. Que no me "emociono" con las cosas. Bueno, no sé si lo que quieren es que un político o liberal sea una marujona de barrio.

Sergio, sin entrar mucho en lo que comentas de los "estílos", (más que nada porque yo NO me suelo fijar en esos detalles), me ha venido a la mente la tal Cospedal porque alguien me preguntó sobre ella. Yo contesté que la Cospedal me parece una azafatilla mediocre, de esas que colocan su puesto en las ferias de empleo que a veces "celebran" en los polígonos industriales de determinados barrios como Fuenlabrada y Aluche.

Además de eso, el pelo lo tiene como si hubiera ido a una peluquería mediocre de Aluche. No sé, quizás mi criterio es muy clasista y machista (no puedo evitar ser un producto de educación clásica y bíblica) pero por lo menos la Soraya es más "domesticable". La Cospedal me recuerda mucho a esas oficinistillas que salen a "echar el cigarrito" y se ponen a hablar gesticulando y en voz alta, como cotorras dementes.

Saludos