Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, marzo 27, 2011

EL ETERNO DEBATE SOBRE EL CINE ESPAÑOL

Sucumbí a la tentación sin oponer resistencia. El viernes fui a ver Torrente 4 y salí del cine encantado y plenamente satisfecho. Hay que darle las gracias a Santiago Segura por revivir, a través de su casposo personaje, el mustio cine español encandilando a los espectadores y demostrar la vitalidad de una saga ya mítica. Rompí mi boicot al cine español, pero ya está en pie de nuevo, porque los errores persisten y no me cansaré de denunciarlos.

La sempiterna crisis del cine español se ha acentuado en los últimos tiempos. Libertad Digital publicó el pasado febrero una noticia en la que se decía que la recaudación de todo el cine español durante 2010 había sido de 70 millones de euros, en tanto que las subvenciones sumaron 90 millones. Dicha recaudación fue un 34% más baja que la de 2009. Son datos no definitivos que, en cualquier caso, ponen de relieve que algo falla en la industria del cine español y que vive más de subvenciones que de sus propios méritos.

La política de subvenciones ha creado una mentalidad contraproducente y nociva. Las subvenciones no incentivan la producción de películas que conecten con el público, de un lado, y acarrean una relación de dependencia entre cultura y poder que es deplorable, de otro. El sectarismo izquierdista de muchos cineastas españoles, sesgo ideológico que se traslada a sus películas, junto con la obsesión por ciertos temas ya muy sobados (Guerra Civil, drama con tetas y comedia con tetas), hacen el resto. Son muy comprensibles las malas cifras que, año tras año, arroja el cine español.

Muchos directores están convencidos de que ellos no fallan nunca, sino que son los espectadores los que cometen un error no viendo su película. Estos señores dan a luz un producto que, por lo común, responde exclusivamente a sus preferencias y gustos; cuando no encuentra público, aducen que es debido a falta de promoción, a la competencia del cine americano, al mal gusto del espectador, etcétera. Jamás reconocerán que justamente porque han hecho un producto de nulo tirón comercial no está en condiciones de aspirar a triunfar en la taquilla. No se pueden querer las dos cosas, es decir, un cine desconectado de la demanda y, a la vez, un reconocimiento por parte del público. Es contradictorio y sólo conduce a frustraciones.

No es que un cineasta deba ser un prisionero del público y de concepciones vulgares, mediocres y de fácil consumo. Pero hay tomar en consideración el carácter comercial, por naturaleza, de todas las películas que se estrenan. Es aquí donde los cineastas españoles no comprenden que puede haber un equilibrio. Los hechos prueban que películas de elevada calidad, como las que han aspirado a muchos premios en la última edición de los Oscar, han tenido una gran acogida en la taquilla. Y, en el caso de la que obtuvo los premios más importantes, El discurso del rey (2010), ni siquiera contando con un presupuesto muy abultado (ocho millones de libras). Por lo tanto, la calidad de una obra no está reñida con su carácter comercial, y el público sabe valorar lo primero, sin duda.

Eliminando las subvenciones se conseguiría, en primer lugar, destruir esa aversión instintiva del contribuyente a un cine financiado en parte con el dinero de su bolsillo y origen de filmes de dudoso interés. ¿Por qué pagar dos veces por un producto que no vale la pena? En segundo lugar, obligaría al que quisiera filmar una película a lidiar con una productora exigente, que querría buscar el interés del público, y a mejorar y pulir al máximo su proyecto, logrando así un producto más atractivo y mejor acabado. Por último, desaparecería esa sombra del poder que se proyecta sobre el mundo del cine y que tanto daño hace.

La reacción será argüir que, sin subvenciones, muchas películas no verían la luz. ¿Y qué? Odio la equiparación entre deseos y derechos. Que alguien tenga el muy loable deseo de hacer una película no tiene por qué derivar en un derecho a que la haga a costa de los demás. Que se busque la vida por sus propios medios; y si fracasa, que aprenda del fracaso. En un mundo ideal, bodrios como La soledad (2007) nunca se habrían rodado, nunca habrían recibido dinero público y nunca habrían obtenido premios. Lo cual es una burla adicional a cargo de la Academia de Cine (burla que ha repetido este año) que ignora las sabias palabras de Álex de la Iglesia en su último discurso, subrayando que en España se hace cine “porque los ciudadanos nos permiten hacerlo, y les debemos respeto, y agradecimiento”.

Recientemente, películas como REC (2007) o Celda 211 (2009) han supuesto un soplo de aire fresco y se han atrevido a romper los estrechos moldes en los que se mueve el cine español. No es un cine que haya renunciado al componente español para tener éxito, es un cine que piensa en los espectadores y en su disfrute. Lo que ahora es excepcional debería convertirse en la regla general.

En otras cuestiones, el ejemplo que tienen que seguir los cineastas españoles es el de Santiago Segura. Su Torrente 4 es una perfecta gamberrada y una delicia obscena que da lo que promete y que no renuncia a innovar, siendo la primera película española que utiliza la técnica del 3D. Pues bien, aún más ejemplar es la forma que tiene Segura de promocionar su película. Una promoción abrumadora, incansable… A diferencia de otros, él sí cree que hay que convencer al público de que vaya a ver su película y no incurre en la fatal arrogancia de quienes piensan que al espectador hay que llevarle casi a punta de pistola a ver cine español.

2 comentarios:

octopusmagnificens dijo...

El cine español debe autofinanciarse, adaptarse y sobrevivir en el mercado. El cine, la música, la literatura, la pornografía... Todo.

Las dos primeras de Torrente me gustaron mucho. La tercera no demasiado. La cuarta la tendré que ver.

El Espantapájaros dijo...

La competencia en el mercado, sin subvenciones de por medio, es la mejor receta para que se hagan películas de calidad y, además, queridas por el público.

La tercera de Torrente es floja en comparación con las otras dos. La cuarta vuelve a poner el listón alto y, en términos técnicos, está más que lograda.