Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, febrero 13, 2011

LOS SOCIALISTAS Y SU RESPONSABILIDAD EN LA CRISIS (I): NEGACIÓN DE LA EVIDENCIA

Los socialistas, aun con las encuestas en contra y el partido en descomposición, se resisten a caer, y van apuntando maneras que permiten prever cómo serán las próximas campañas electorales: Blanco ya ha advertido que Rajoy y Arenas son "incompatibles con la democracia". Regresa el cordón sanitario y el miedo a la derecha.

Frente a esta deriva y frente a los argumentos que presumiblemente utilizarán los socialistas, conviene recordar al Gobierno su responsabilidad en esta crisis de la que España sigue sin salir. Y hacerlo con firmeza para que no se envalentone, ni él ni el PSOE; para que todos y cada uno de sus miembros sientan el peso de más de cuatro millones de parados a quienes han defraudado con su incompetencia, su cobardía y su cortedad de miras.

El momento es el idóneo por la cercanía de las elecciones autonómicas y municipales y porque percibo una creciente debilidad en el mensaje del principal partido de la oposición, que debería recordar más a menudo cómo hemos llegado hasta aquí. No voy a ser nada original, el que presento a continuación es un recorrido que ha sido repetido en infinidad de ocasiones, sin duda, pero creo que es bueno volver sobre él una y otra vez con la finalidad de que los socialistas no consigan que la amnesia se instale en la opinión pública y eludan así el castigo que merecen en las urnas.

La crisis económica tuvo su origen en 2007, si bien es cierto que se agravó durante 2008. En otras ocasiones ya he explicado, dentro de mis limitaciones, sus causas y las posibles recetas para salir de ella. No entraré en eso esta vez. Pese a las señales de alarma, el Gobierno socialista negó con feroz contumacia que hubiese tal crisis o que, en su caso, España fuese a padecerla, engañando así a los ciudadanos y perdiendo un tiempo precioso para contrarrestarla de alguna forma.

No ha de borrarse de la memoria de nadie la imagen de Solbes en el debate con Manuel Pizarro. La imagen de ese Solbes tuerto y mentiroso, manipulando la realidad para ganas unas elecciones, define bien lo que es el PSOE actual: un partido de propagandistas, tal y como señalaba Aznar a principios de los años noventa: "Han llenado los Ministerios de asesores con cargo al erario público; han convertido a los mismos Ministerios en el principal anunciante de España, más que la primera empresa comercial, tratando de convencer al ciudadano con publicidad de aquello de lo que no le pueden convencer con los hechos" (Libertad y solidaridad, Planeta, 1991).

Abro un paréntesis. El FMI ha reconocido su propia incapacidad para anticipar la crisis y que confió en exceso en el sistema financiero. Y todo ello con Rodrigo Rato al frente. Huelga decir que Zapatero y sus mariachis --si es que le quedan-- van a escudarse en este parapeto. No obstante, no les exime de responsabilidad. Por un lado, porque el Gobierno no tenía por qué guiarse por las predicciones del FMI; además, hubo sobradas advertencias. Por otro, porque el FMI, en su informe interno, se refiere a la crisis generada entre 2004 y 2007, en tanto que Zapatero no usó la palabra maldita hasta el verano de 2008. A mediados de ese año la gravedad de la misma era ya incontestable, y por aquel entonces Zapatero sostenía que tal situación era "opinable y depende de lo que entendamos por crisis", al tiempo que aseguraba que "España tiene condiciones para ambicionar llegar a los niveles de empleo de la media europea y de pleno empleo técnico" y que el Gobierno era "el que más ha acertado en sus previsiones". Previsiones como las de crecimiento o creación de empleo continuamente --ayer y hoy-- refutadas por la cruda realidad.

A mi juicio, en la hipótesis de que a finales de 2007 todos los organismos mundiales y todos los expertos en economía hubiesen advertido expresamente a Zapatero de los riesgos, éste no habría hecho nada, excepto aferrarse todavía más a sus mentiras y falacias. Él trató de cortar la libre discusión desacreditando a quienes hablaban de la crisis. Por eso, se ajusta a la descripción que traza John Stuart Mill en el ensayo Sobre la libertad (1859) de ciertas personas que no sacan conclusiones acerca de su propia falibilidad: "Los príncipes absolutos, u otras personas acostumbradas a una deferencia ilimitada, se resienten generalmente de este exceso de confianza en sus propias opiniones sobre cualquier asunto".