Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, octubre 31, 2010

BREVE CONVERSACIÓN CON UNA MOMIA (Y EL COMIENZO DE LA BATALLA)

El 31 de octubre de 2045, al caer la noche, traspasé las puertas del Palacio de La Moncloa armado con una grabadora y una buena dosis de escepticismo. Cuando dejé atrás el control de seguridad, albergaba la impresión de que, en vez de trabajar, iba a asistir a un espectáculo de dudoso gusto.

El vetusto palacio, convertido en museo desde hacía veinte años, me resultó tétrico, húmedo y recargado de mobiliario, adornos y vitrinas. Los antiguos presidentes del Gobierno me observaban desde sus oscuros retratos colgados en las paredes, y sentí que en aquel polvoriento lugar debía de morar más de un espíritu atormentado.

Guiado por una encargada ya anciana y encorvada, atravesé las diferentes estancias del museo, recorrí los pasillos alfombrados y bajé unas escaleras hasta llegar a la lúgubre cripta subterránea donde me había citado con mis anfitriones. Era una habitación circular de paredes de yeso y suelo de mármol en la que destacaba poderosamente un elemento: una mesa de operaciones sobre la que descansaba una momia.

Era la momia de María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del Gobierno y Ministra de la Presidencia entre 2004 y 2010, una de las mujeres más poderosas e influyentes de su época, mano derecha de José Luis Rodríguez Zapatero, una competente, eficaz e incansable servidora pública.

No esperaba encontrarme tan pronto y tan directamente con la momia, por lo que, asustado y asqueado a partes iguales, desvié la mirada. Pero ya había visto lo suficiente. De la Vega tenía muy mal aspecto, un aspecto horripilante, cabría decir. Hallábase el huesudo rostro de la mujer chamuscado y demacrado, plagado de profundas arrugas y marcas oscuras. Sus labios eran muy finos, casi invisibles, y estaban surcados por líneas verticales: el conjunto se asemejaba a un código de barras que hubiese sido estampado sobre su boca. Unos quebradizos cabellos despeluchados y amarillentos le caían sobre la frente. Finalmente, tuve una visión de sus manos, cruzadas sobre el inexistente pecho y crispadas como garras, recubiertas de una tostada piel apergaminada. La esquelética y desagradable momia, por suerte, no estaba desnuda, sino vestida con uno de sus modelos preferidos en vida.

Confieso que desde un principio me había tomado toda la historia como una broma o, a lo sumo, como la idea inofensiva de un orate. Pero después de mi encuentro con la momia, después de ver el espantajo sobre la mesa de operaciones, ya sólo tenía ganas de meterme debajo de la cama y de rezar para que no se apareciese en mis pesadillas, alargando hacia mi vulnerable cuello sus brazos largos y espeluznantes...

Percibí en ese instante una presión en mi hombro y me di la vuelta como una centella, esperando encontrarme con lo peor.

--Bienvenido, amigo mío --me saludó un hombre con facciones agradables, pelo canoso y ojos azules. Apartó su mano de mi hombro y me la ofreció para que se la estrechase. Ya le conocía. Era el doctor Gens, el promotor del experimento. Junto a él había otros dos hombres, serios y compungidos, ataviados con sendas batas blancas, que me saludaron con una leve inclinación de cabeza--. Espero que no se haya asustado --agregó el doctor, divertido--. Ustedes los periodistas son muy impresionables.

Los tres eran unos eminentes científicos enviados expresamente desde la capital, Benidorm. El doctor Gens era catedrático de Filosofía Natural, al igual que otro de los presentes, el doctor Sierra. El tercer científico, el más joven de todos, era un prestigoso médico experto en las reanimaciones más extraordinarias, el doctor Salinas. Trabajaban en un proyecto de investigación financiado por el Ministerio de Salud e Higiene Pública.

Suspiré, aliviado, ante la presencia tranquilizadora de los tres hombres de ciencia.

--En absoluto, doctor, no he pasado ningún miedo --mentí sin sonrojarme, y luego señalé a la momia, sin mirarla--. Creía que las técnicas de embalsamiento habían mejorado desde al antiguo Egipto. Quien hizo este trabajo firmó ciertamente la mayor chapuza de su vida. ¡El cadáver está desompuesto!

--Se equivoca de plano, señor --terció el doctor Sierra con voz susurrante y trasluciendo irritación--. Yo mismo la embalsamé hace más de veinte años, nada más morir, y le garantizo que está tal y como pasó a mejor vida. Incluso conserva sus órganos internos, lo que hará posible su... resurrección.

--Bueno, hay que ponerse en marcha --resolvió el enérgico doctor Salinas, quien, velozmente y haciendo gala de un gran domnio de la situación, caminó hasta la mesa de operaciones y encendió una extraña máquina conectada a la momia mediante unos cables con pinzas--. Disculpe que no dedique más tiempo a las presentaciones, pero es tarde y el experimento debe comenzar. Su trabajo, según entendido, es documentar todo lo que suceda para un reportaje y, si es posible, hacer la entrevista del siglo. Le pido que tenga los ojos muy abiertos y no intervenga en la fase de reanimación.

--No hay de qué preocuparse, señores --les aseguré--: no les molestaré lo más mínimo.

El doctor Gens, que era sin lugar a dudas el más disparatado de los tres científicos, me guiñó un ojo y, acto seguido, se unió a sus compañeros.

Estuvieron un rato ocupados en no sé qué preparativos. Alejado de la mesa, no sabía qué hacer y me limitaba a examinar el techo y dar pequeños paseos. Por fin, el doctor Salinas, excitado por la marcha del experimento, tuvo a bien darme algo de información:

--Nos ha costado mucho obtener la autorización del Gobierno de Benidorm, pero esto va a ser un éxito, un hito científico de inconmensurable magnitud --anunció, apretando más botones de la máquina y analizando unas pantallas llenas de datos que me eran incomprensibles--. No se preocupe por los detalles técnicos. Básicamente, vamos a aplicar galvanismo a esta momia junto a una dosis de un compuesto secreto que yo mismo he concebido.

Habían cerrado las puertas de la habitación, que carecía de ventanas. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si resucitaban a un cadáver con el cerebro fundido o con ansias de venganza? Ya no dudaba tanto como antes de las posibilidades del experimento, pues el cerebro humano es fácilmente sugestionable cuando contempla a una momia en tales circunstancias. Me eché hacia atrás hasta dar con mi espalda en la pared. Sin previo aviso, el doctor Gens bajó una palanca de la máquina y la corriente eléctrica fluyó hacia el cuerpo inanimado de De la Vega.

La máquina vibró y se quejó. Saltaron chispas. La luz, debido a la intensidad de la corriente, empezó a titilar. Y olía, o mejor dicho, apestaba a quemado. Finalmente, el doctor Salinas clavó una larga aguja donde debía estar el corazón de la momia.

Nada ocurrió. La momia seguía sobre la mesa de operaciones, tan muerta como antes. Los tres doctores estaban visiblemente decepcionados y pronto se enzarzaron en una violenta discusión. Todo había acabado. En tanto solucionaban sus disputas, volví a acercarme con curiosidad a la mesa de operaciones, y miré directamente a los ojos cerrados de aquella mujer enjuta y severa. Súbitamente, retrocedí con espanto.

La momia había abierto los ojos.

--Doctores..., doctores, deberían ver... esto --balbuceé. La momia se había levantado y tenía un gesto torcido sumamente inquietante.

Los tres científicos me miraron primero a mí como reprochándome que interrumpiera su debate. Después, con una mezcla de incredulidad y expectación, a De la Vega, que, desprendiendo volutas de humo, tambaléandose y tratando de mantener el equilibrio, les apuntó con un dedo seco y quemado.

--Creo que me deben una explicación --gruñó, sumamente enojada.

Diez minutos después, pasado el susto inicial, pude dar comienzo a mi entrevista con los tres doctores --aún mortalmente pálidos y enormenente alterados-- vigilando cada uno de los movimientos de la momia. Habíamos decidido trasladarnos a una salón más acogedor y apropiado para una conversación. Allí, sentado frente a De la Vega en un mullido sillón, con té y pastas en la mesa que nos separaba, me forcé a superar mis temores y afrontar la entrevista con normalidad. A mis espaldas, los tres doctores, de pie, no perdían detalle de nada. Cada poco, se daban al cuchicheo:

--Ha funcionado su teoría sobre el galvanismo aplicado a tejidos muertos --comentaba el doctor Salinas al doctor Gens.

--Pero parte del mérito está en el suero elaborado por el doctor Salinas --recordaba el doctor Sierra.

--Y a su magistral momificación de la señora, doctor Sierra --remataba el doctor Gens.

Les pedí silencio, pues ya tendrían tiempo de hablar de su éxito y de estudiar el objeto de su experimento, y volví a dominar mis temores para que no se convirtieran en temblores que me delataran como un pésimo entrevistador. No sólo estaba impresionado por la perspectiva de entrevistar a un ser arrancado a las garras de la muerte, sino también por la propia figura de De la Vega, que, altiva y displicente, aguardaba mis preguntas.

--Bueno, ¿cómo se siente, señora? --dije tras encender la grabadora.

De la Vega, ignorándome, se empezó a sacudir el polvo de su chaqueta rosada y sólo cuando terminó la operación de limpieza se dignó a mirarme con aire despectivo y responder:

--Francamente mal. No sé yo si esto es muy natural... --Tomó su taza de té y la acercó a sus labios con código de barras--. Doctores, ¿cómo es que les permiten hacer semejantes experimentos con damas ya muertas y enterradas?

Tras un largo silencio, y empujado por los otros dos, el doctor Gens explicó:

--Los comienzos del siglo XXI fueron muy, ejem, mojigatos y limitados en este tipo de cuestiones. Había mucha ética de por medio, mucha legislación restrictiva... Así pues, fue necesario volver al espíritu del siglo XIX y principios del siglo XX, épocas donde la ciencia podía ponerse al nivel de las más complicadas fantasías.--El doctor trató de componer una sonrisa--. Y el caso es que hemos avanzado mucho, como puede usted comprobar...

De la Vega cruzó las piernas, enfundadas en un pantalón de seda, y volvió a centrar en mí su atención. Parecía que en cualquier momento se le fuese a desprender el dedo con el que sujetaba la taza de té.

--¿Y qué tiene que preguntarme que es tan jodidamente importante como para despertarme del sueño eterno de los mortales? --me espetó, escupiendo las palabras. Poseía una voz no ya de vieja pelleja, sino de ultratumba.

Nervioso, me froté las manos y bebí algo de té para ganar tiempo. La cinta de la grabadora corriendo era lo único que se escuchaba.

--No todos los días, señora, se tiene la oportunidad de entrevistar a una política de su talla, con su relevancia y experiencia --dije al fin, con ánimo adulador--. Por eso fui invitado a participar en este experimento, para recoger su testimonio de primera mano sobre unos años determinantes que hoy se estudian a fondo en los libros de texto. Esta entrevista será su primer paso en el retorno a la vida pública. Un retorno por todo lo alto, se lo aseguro. Si quiere, puede hacer un resumen de cómo fueron sus años en el Gobierno.

Ahora De la Vega parecía mas cómoda, en su salsa. Unió ambas manos formando una especie de triángulo místico. Como había estudiado al personaje y repasado docenas de vídeos, conocía bien ese gesto: De la Vega se disponía a soltar un discurso tan extenso como carente de contenido.

--Fueron años de igualdad, prosperidad, política social, derechos civiles, avances democráticos, servicio público, atención al ciudadano --enumeró la momia con facilidad, y se disponía a seguir cuando tuve el atrevimiento de interrumpirla, no sin cierto temor a ser reprimido.

--Perdón, ¿sería tan amable de concretar más?

De la Vega me fulminó con sus ojos inyectados en sangre y ojerosos. No obstante, no manifestó furia alguna y, adoptando un tono pedagógico y tranquilo, continuó hablando:

--Estuve siempre al lado del Presidente. Participé en la elaboración de importantes leyes. Me ocupé de ser la voz del Gobierno incluso en los momentos más difíciles. Realicé giras internacionales en favor de la justicia social y el desarrollo de los países pobres. Por tanto, no lo hice nada mal, nada mal... Sí, la verdad es que fui la leche en polvo. Modestia aparte, claro está.

--Dicen que era usted, recordando a Golda Meir, el único hombre del Gabinete Zapatero. ¿Es una afirmación exacta? --pregunté, ya más animado.

La momia se echó a reír. Era una risa parsimoniosa, retorcida, estridente.

--Por supuesto que era el único hombre --convino, tomando una pasta del plato que mordisqueó con delectación--. Usted afirma interesarse por mi época... ¿No vio a ese tal Moratinos llorar como una mujer por lo que no supo defender como un hombre? ¿Y ha reparado en los demás miembros masculinos del Gobierno? Unos invertidos a mi lado. Ahora bien, las mujeres eran tontas, tontas de remate. La señorita Trini, Aída o como se llamase, una alienígena con nombre de pasillo... ¡No sabe lo que tuve que aguantar!

Me estaban gustando sus respuestas y, desde luego, a la antigua vicepresidenta del Gobierno los años en la tumba le habían sentado bien y volvía a la carga plena de energías. Decidí tocar un tema sensible.

--Era usted la que daba la cara, la que lidiaba con los periodistas, la que se batía el cobre en el Parlamento en las sesiones de control... Tengo entendido que gracias a su autoridad, a su seriedad y a su impresionante capacidad de trabajo era usted la más valorada del Gobierno por la opinión pública. Y, a pesar de todo, Zapatero prescindió de usted en la famosa crisis de Gobierno de finales de 2010.

La única lámpara que había en la habitación amenazó con fundirse. Algo de electricidad acumulada en De la Vega parecía estar perturbando el ambiente. Recordar el cese y los malos momentos asociados a él era duro para la momia y debía de estar enfureciéndose. No obstante, se impuso su voluntad y habló como antes, con el mismo tono frío de profesora de estricto internado británico:

--Así fue. Reconozco que estaba quemada, desgastada, sin ideas... Los tiempos de la crisis económica fueron extraordinariamente difíciles. Se hablaba de austeridad, de gasto social, de salida justa de la crisis, pero nada convencía a los ciudadanos. Y la oposición nos golpeaba con eso. Pero podría haber resistido hasta el final, hasta 2012, y haberme hundido con el Presidente.--Una sombra cruzó su rostro arrugado y reseco--. Él prefirió a Salgado y me despreció a mí. Esa señora, por decirlo suavemente, no sabía una palabra de economía, como yo, pero el Presidente la dejó ahí porque hacía bien su papel de florero. Si hubiese puesto a alguien solvente en el Ministerio de Economía y Hacienda, a lo mejor le habría propuesto tomar medidas más decisivas y audaces en materia económica... Claro, no era ésa la prioridad, sino preparse para las elecciones y dejar de lado los impopulares recortes. Por tanto, fui sacrificada para contentar al PSOE más militante y dejar paso a Rubalcaba.

--He leído que usted podría haberse quedado sólo con haber amenazado a Zapatero con darle problemas.

--Sí, es cierto --admitió De la Vega, esbozando una sonrisa maliciosa y pícara--. Un buen día el Presidente, tras haber asegurado por activa y por pasiva que sólo cambiaría al Ministro del Trabajo, esa agonía andante, entró en mi despacho y, como poseído por Rubalcaba, me anunció que iba a cesarme y que los problemas del PSOE los tenían que solucionar los hombres. Le respondí que para hombre yo, y que los tenía bien puestos. Entonces él dudó. Dio un paso atrás. Ni él ni Rubalcaba hubiesen podido conmigo. Sin embargo, yo estaba cansada, física y espiritualmente, y muy harta del PSOE, así que al final le dije al Presidente que abandonaría el Gobierno sin dar problemas con mi salida, de forma mansa y obediente.

Llamaron a la puerta. Era la encargada del museo, que pidió hablar con uno de los doctores. Salió el doctor Gens y, aunque los otros dos científicos intercambiaron algunas palabras, yo retomé el hilo de la entrevista.

--Según mis investigaciones, muchos pensaban que usted albergaría algo de resentimiento hacia Zapatero y que en sus memorias le lanzaría algún dardo o le cuestionaría de alguna forma. Aun así, en su libro Esencias de mujer, publicado en 2012, no hubo nada de eso. Es más, abundaron los parabienes dedicados a Zapatero, ya caído en desgracia tras la victoria de Gallardón en las elecciones.

La momia asintió con la cabeza y cerró los ojos para recordar mejor. Cuando respondió, lo hizo con un deje de nostalgia en su voz aunque manteniendo el rigor de su exposición.

--No quería levantar demasiada polémica. Siempre me he considerado una mujer leal y agradecida. Después de todo, fue Zapatero el que confió en mí para un cargo vital y gracias a él pude realizarme como nunca antes y ponerme al servicio de los ciudadanos. Por tanto, no me pareció correcto expresar mis reticencias sobre su política o sobre mi abrupto cese. Tenga en cuenta que en aquellos años ya estaba de retirada. No quería volver a la política activa por medio de críticas al Gobierno en el que había participado. En vez de ir al Consejo de Estado a hablar con tanto carcamal, prefería quedarme en casa, tumbada en el sofá, viendo el programa de la Campos o el de Ana Rosa los días de diario. Y por la tarde, Sálvame. Qué maravilla. ¿Siguen emitiendo cosas así? De hecho, protagonicé una edición de Sálvame junto con Carmen Lomana --prosiguió De la Vega con menos frialdad--: se trataba de un duelo que ganaría la que tuviese más fondo de armario. Alguna vez hay que desmelenarse en la vida y me harté del papel que me habían endosado de feminista intolerante y jurista seria y preparada. No quería acabar como esa gorda de Cristina Almeida. Yo siempre he conservado un físico estupendo y he cultivado mi elegancia a través de la ropa y el maquillaje. Si me mantuve soltera, sepa usted que no fue por falta de pretendientes, sino por mi selectivo criterio.

La entrevista, para mi desgracia, tuvo que cortarse ahí, en el mejor momento. Nada más pronunciar De la Vega esas últimas palabras, que anunciaban más sorprendentes revelaciones, el doctor Gens interrumpió en la habitación acompañado por dos guardias de seguridad armados con fusiles. No había perdido la calma. El Palacio de La Moncloa estaba rodeado por una peligrosa secta y la vida de todos los que estaban en su interior corría un serio peligro. Los doctores Sierra y Salinas comenzaron a corretear de un lado a otro de la habitación, totalmente acobardados.

--¿Qué secta? --quiso saber De la Vega, que, lejos de mostrarse muy alarmada, siguió bebiendo té--. Por cierto, ¿en qué clase de país vivimos? ¿Cómo se atreven a asediar La Moncloa? ¿Sigue siendo España una monarquía parlamentaria?

Como no había tiempo que perder, me lancé a explicarle a la momia el estado de las cosas en España.

--España es un matriarcado que consiste en que sólo las mujeres pueden votar. El presidente del Gobierno es Fernando Sánchez Dragó.--De la Vega arqueó las cejas, escandalizada, y puso los ojos en blanco--. No se ponga así, por favor, las mujeres le quisieron a él, a un auténtico macho cabrío... Y sí, es muy viejo. Resulta que descubrió de veras el elixir de la eterna juventud. En cuanto a la secta, es una banda terrorista de extrema izquierda que parece salida de un convento y que pretende eliminar a todo aquel que supuestamente desprecie a las mujeres o que, en general, se salga de los estrechos márgenes del pensamiento único que defienden. Son extremadamente moralistas y pacatos, hasta el punto de que, a pesar de ser todos hombres, siempre se refieren a ellos utilizando el masculino y el femenino. También queman libros de autores indeseables para ellos y cosas así.

--Supongo que quieren destruir el retrato de Esperanza Aguirre al desnudo que hay aquí --sugirió el doctor Gens. Y, dada la sorpresa de De la Vega, añadió --: No la soportaron en vida y no soportan su retrato... Al parecer, lo encargó Gallardón en secreto. Ya se sabe lo que cuentan de las relaciones de amor y odio.

De la Vega, por vez primera, estaba conmocionada por el alud de novedades, pero acertó a ponerse en pie. Sus movimientos era aún bastante robóticos, pero estaba seguro de que podría luchar.

Según los guardias, los activistas de la secta pronto conseguirían saltar los muros del complejo. La policía iba a tardar en llegar, ya que Madrid, desposeída de su condición de capital, se había convertido en la cocina del infierno de España.

--Muy bien. Estoy asimilando todo esto --dijo la momia--. ¿Quién lidera la secta?

--El padre Escolar --contesté.

--¿El padre de Escolar?

--No, el padre Escolar --repetí, hablando más alto--. En su juventud ya parecía un viejo debido a su ideología progresista y trasnochada, y se acostumbró tanto a dar sermones que al final se los creyó y ahora va por el mundo asegurando que es un fraile y quemando a quienes ponen anuncios de prostitutas en los periódicos o disfrutan de sexo consentido con menores de edad. Ese hombre está absolutamente loco y desea imponer su moral de todo a cien a España entera.

--¡No hay más tiempo que perder! --exclamó entonces el doctor Gens, que ya había logrado tranquilizar a sus dos colegas--. Debemos armarnos. La encargada me ha dicho que todavía conservan los tres revólveres que Gallardón siempre tenía a mano durante su presidencia por si acaso se le aparecía el espíritu vengativo de Rajoy, el hombre a quien traicionó. Creo que podríamos aprovecharlos. Hay cuatro guardias y todos ellos llevan fusiles. En cambio, los activistas de la secta suelen ir armados con palos y piedras porque están en contra de las armas de fuego.

Ya se podía oír el griterío de la fanática turba. Pero antes de preparar la defensa, debía aclarar una última cosa. Me dirigí a De la Vega.

--Señora, esa secta es a día de hoy la mayor lacra que sufre España. Sin ella, todos podríamos disfrutar más de la libertad y de la prosperidad económica de este tiempo. Pero ellos son la izquierda actual y, como conocedor de su biografía, me veo obligado a preguntar qué va a hacer usted. Puede unirse a nosotros y, en consecuencia, defender el interés general de España; o, por el contrario, unirse a sus filas y volver a la inquisición y el totalitarismo.

No tardó en responder ni un segundo.

--No doy un duro por ese retrato de Esperanza Aguirre --graznó, meneando la cabeza--, pero prefiero el matriarcado de Sánchez Dragó antes que ser gobernada por ese cura laico llamado Escolar. Así que elijo lo primero. Ya me ocuparé de fundar una nueva izquierda más compatible con los tiempos que corren.

Tomamos, pues, las armas disponibles y fuimos hacia la entrada principal a recibir a tiro limpio a los activistas de la secta, que a voz en grito demandaban la entrega del cuadro para su inmediata quema. Escuché la voz de Escolar entonando La Internacional, e imaginé que iría vestido con su ridículo hábito negro.

Con notable habilidad, De la Vega empuñó su revólver, apuntó a la puerta y apretó el gatillo. La primera bala atravesó la madera y se incrustó en el cráneo de uno de los activistas.

--Bien, vamos a patear traseros --proclamó, encantada--. ¡Es lo que mejor se me da!

Y todos comenzamos a disparar a fin de hacer retroceder a las huestes reaccionarias a sus putrefactas cavernas.

De nuevo, mis disculpas a Edgar Allan Poe y, además, a mi ídolo John Carpenter. Quería homenajear a De la Vega y se me ha ido la cabeza. Y a los demás, feliz noche de Halloween.

1 comentario:

kalonakalona7 dijo...

no me gusto yo lo que estoy buscando es un resumen no el cuento completo :V