Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, julio 25, 2010

LA GRAN MAYORÍA SILENCIOSA PUEDE ACABAR CON EL NACIONALISMO

No es sólo el Estatuto de Cataluña. Con el Estatuto, ciertamente, se ha buscado derogar la Constitución en una parte de España y dañar la convivencia entre los españoles, y todo por la conveniencia de determinados políticos. Pero el nacionalismo va más allá, al final aparece en cualquier parte y por cualquier razón, y tal actitud se ha puesto de relieve con la victoria de España en el mundial de fútbol. Ahí el nacionalismo ha vuelto a demostrar que vive del resentimiento y que es una lacra para España.

Produce tristeza e indignación ver a los dirigentes nacionalistas, de forma pueril, ponerse del lado de otras selecciones. El señor Mas se arrogó el derecho de decidir qué catalanes tenían una identidad "estrictamente española". En los campamentos de verano controlados por la Generalidad, sin expresarlo claramente, se prohibió la emisión de la final. Las palabras empleadas para ello fueron solapadas y cobardes. Que no se note mucho que nos va el totalitarismo, debieron de pensar. En un campamento del País Vasco se llegó al extremo de modificar el resultado de la final, es decir, engañaron a los niños, se burlaron de ellos. Si falsean el resultado de un partido de fútbol, ¡qué no harán con la educación y los libros de Historia! De ahí están saliendo generaciones manipuladas y educadas en el odio y en falsas impresiones de superioridad. El objetivo ha sido contrarrestar un sano sentimiento patriótico --no nacionalista, que es algo patológico-- español. Pretenden exagerar los defectos de España y esconder lo que tiene de bueno, al tiempo que, en su aldeanismo, exaltan todo lo "estrictamente suyo" como si fuese sublime, aunque sea una basura.

He aquí un retrato veraz del nacionalismo en España. Algunos aducirán que lo del mundial es anecdótico, pero, a mi juicio, revela la naturaleza bestial de un monstruo al que hay que poner límites. Dudo mucho que el nacionalismo, a escala de partidos políticos, sea únicamente una cuestión de sentimientos. El poder está en juego. Por un lado, es rentable echar la culpa de todos los males a Madrid, a pesar del grado de descentralización existente. Por otro, el nacionalismo es un instrumento de control muy poderoso: con tal de proteger a la amada nación, el ciudadano es sometido a todo tipo de humillaciones y restricciones. Y la nación sólo puede ser interpretada y representada por los auténticos catalanes, vascos, etcétera, o sea, los nacionalistas. El monstruo, por tanto, tiene intereses bien partidistas y codiciosos, y muy poco de romanticismo.

Es inútil dirigirse a los dos grandes partidos nacionales, no va a haber reforma electoral ni una lucha decidida contra los nacionalistas que desmonte sistemáticamente sus mentiras, reduzca su influencia y devuelva la libertad a las sociedades que intoxican. Ésta va a ser una tarea de cada individuo, si tiene aprecio por su dignidad. El muy denostado Richard Nixon dio un gran discurso a sus conciudadanos estadounidenses el 3 de noviembre de 1969. En él convocó a la "gran mayoría silenciosa" de su país para que apoyase sus decisiones en la Guerra de Vietnam. Dijo: "Si una minoría que se hace oír, por muy ferviente que se muestre en su causa, prevalece sobre la razón y la voluntad de la mayoría, entonces esta nación no tiene futuro como nación libre". Parafraseando sus palabras, pido a los españoles, pido a la gran mayoría silenciosa, que rechacen el nacionalismo y que lo combatan allí donde se encuentre con la fuerza de la razón.

No puedo ponerme en el lugar de los ciudadanos que en Cataluña, el País Vasco y, en menor medida, Galicia, son amenazados por hablar en castellano; que son multados por rotular sus comercios en ese idioma; que no pueden elegir en qué lengua serán escolarizados sus hijos; que son agredidos por celebrar las victorias de la selección española; o que abandonan su tierra por culpa de una sanguinaria banda terrorista y nacionalista. No puedo hacerlo, digo, porque, afortunadamente, vivo en una región que tendrá mil problemas y carencias, pero en la que se respeta más la libertad. Quiero creer que el nacionalismo va a retroceder en las regiones citadas y que puede ser vencido sin violencias, por medio de fuerza de voluntad y convicción democrática.

En su memorable discurso, Nixon reconocía que "no está de moda hablar de patriotismo o de destino nacional, pero me parece que conviene hacerlo en esta ocasión". También conviene hacerlo ahora. Por el bien de España y, sobre todo, de sus ciudadanos, no más cesiones a los nacionalistas. Es tiempo de arrojarles al basurero de la Historia.

NOTA: Les deseo unas felices vacaciones. Volveré por aquí el 15 de agosto.

2 comentarios:

Don Andrés dijo...

El problema es que hubo un antes, quiero decir, las persecuciones al castellano en Galicia son una respuesta a la castellanización impuesta por el autoritarismo real. Con esto no quiero justificar las tesis de los nacionalismos regionales, simplemente quiero hacer ver que todo tiene un por qué.

Con todo el nacionalismo vasco, gallego, catalán o andaluz no existirían si no existiese un nacionalismo castellano parapetado detrás de todo lo español. Sería curioso que, como en Suiza, en España hubiese nacionalistas españoles que no hablasen castellano, que no siguiesen los usos de Castilla y que desconfiasen de los aires venidos de la Capital. O a la inversa, regionalistas que no hablasen las lenguas propias de su país. Quiero poner de relieve que el nacionalismo es per se un esquema mental cerrado, con fuertes contradicciones, y eso se demuestra cuando en Galicia defienden el bilingüísmo gallego-inglés, aún cuando hay una no despreciable masa de población que tiene por lengua materna al castellano. ¿No somos gallegos los que hablamos castellano? Ahí se demuestra que los nacionalistas no quieren hacer país, sino desmembrarlo.

Francisco dijo...

Que curioso me ha parecido este comentario de Andrés:

"Sería curioso que, como en Suiza, en España hubiese nacionalistas españoles que no hablasen castellano, que no siguiesen los usos de Castilla y que desconfiasen de los aires venidos de la Capital."