Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, junio 13, 2010

HALLAZGO

Las buenas novelas de misterio se caracterizan porque, en su acto final, el detective o investigador de turno, ante una audiencia de sospechosos, resuelve punto por punto el caso en cuestión, desenmascarando al culpable y sacando a la luz su móvil para cometer el crimen. En el inicio de Perdidos se podía adivinar este tipo de narración y pensar en un desenlace semejante. Uno acababa tan perdido como los protagonistas, pero ansiaba la llegada del momento en que todo fuese aclarado. Su –quizá abrupto— final desmiente lo anterior, por cuanto no han quedado resueltas todas las incógnitas de forma exhaustiva y coherente.

Me lo esperaba, así que no me decepcionó la despedida de la tan premiada y aplaudida serie. Como escribí antes de ver el último capítulo, sólo era posible un final digno, aceptable. Nada más. Y lo tuvo, por cierto. La confrontación final entre Jack y Flocke regaló a mis ojos una escena sin duda memorable y poderosa: era justo lo que quería ver. La naturaleza de la realidad alternativa fue desvelada. Y, por último, el final propiamente dicho fue realmente emotivo y significativo para todo buen seguidor de la serie.

Ahora vienen las valoraciones. He leído muchas críticas sobre el doble capítulo final. Algunos hablan de la importancia del viaje recorrido y no del destino, aunque es obvio que uno de los mayores atractivos de la serie, en un comienzo, era la certeza de un final como en una novela de misterio, con sorpresa incluida. También destacan que, gracias al final abierto, se abre la puerta a diversas interpretaciones. Quienes más han aborrecido el final consideran que constituye una farsa donde se ha hecho uso y abuso de recursos fáciles, manidos, y de argumentos y situaciones inexplicables (la luz de la isla, la abundancia de afirmaciones sin ulteriores detalles, la inutilidad de la realidad alternativa), con tal de muñir un final que salvase las formas, pero que no puede ser satisfactorio en cuanto no resuelve todo y contradice las expectativas generadas.

No estoy ni con un bando ni con otro. A mi entender, el problema principal es que la sexta temporada sólo se resuelve a sí misma, dejando como en suspenso o en barbecho casi todo lo anterior. Utiliza, como es natural, el pasado de la serie, pero preocupándose sólo de sí misma. Si bien es cierto que aclara el origen de varios personajes (Richard, Jacob...) y hechos misteriosos (Adán y Eva), tales explicaciones parecen hechas obiter dicta y no fruto de una cuidadosa y previa planificación de los guionistas. El caso era asegurar un espectáculo final a toda costa, y daba igual cómo conseguirlo.

Después de todo, los personajes y sus relaciones han prevalecido sobre el poder y el enigmas de la isla. Era evidente que todas las esperanzas en torno a un final menos esotérico y más explicativo se habían evaporado, completamente, con la quinta temporada, destruidas por el afán de los guionistas de sorprender siempre, por su propia huida hacia delante. Han sido devorados por su propia criatura, incontrolable ya, y nunca mejor dicho. Era tal exceso, que bastante es que hayan conseguido matarla con una explicación, al menos, lógica.

Con todos sus aciertos, el final de Perdidos no ha supuesto un gran hallazgo. Las tres primeras temporadas de la serie, por el contrario, sí lo son, y para los que las disfruten en el futuro, serán siempre una fuente de grandes expectativas y teorías.

NOTA: No he querido escribir sobre la flotilla pirata que interceptaron las IDF, porque Samuel ya lo ha dicho todo.