Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, junio 20, 2010

EL SUEÑO DE LA CIENCIA: FRANKENSTEIN Y SU CRIATURA

En mi infancia, padecí muchos miedos provocados por las fuerzas de lo sobrenatural. Temía a los monstruos clásicos y a los no tan clásicos. Aun así, dentro de los primeros, había uno que no me atemorizaba tanto: el monstruo de Frankenstein. Tal vez porque la primera película que vi sobre él fue El jovencito Frankenstein (1974). No es que no fuese repulsivo y peligroso, pero inspiraba más bien lástima. Era un villano trágico, a diferencia de Drácula o las diferentes momias.

Movido por la curiosidad ante un monstruo compuesto de diversos cadáveres y traído a la vida por la electricidad, leí a una temprana edad Frankenstein, la novela de Mary W. Shelley publicada en 1818, que me asomó al terror gótico. Esta novela se aleja de la representación popular del monstruo y su historia, imagen condicionada por las adaptaciones fílmicas. No negaré que las muchas películas protagonizadas por el monstruo (la primera es de 1910) me llenan de gozo, pero en ellas, aun estando presentes los temas que conciernen al moderno Prometeo (la ambición sin límites de los hombres, el poder de la ciencia, la soledad...), la impresión es de terror pasado de moda, y el monstruo es más monstruo de feria que otra cosa.

Por el contrario, la obra de Mary W. Shelley es, desde mi punto de vista, una de las cumbres del terror literario, una novela conmovedora que no se desgasta con el paso del tiempo y que conserva toda su fuerza. Merece la pena repasar su contenido.

El narrador es el propio Victor Frankenstein, un científico genial, estudioso de filosofía natural, que, presa de sus obsesiones, decide estudiar "las fuerzas desconocidas todavía" y revelar al mundo "los más secretos misterios de la creación". Su sueño es superar las murallas de la naturaleza, centrándose en el origen de la vida, hasta que descubre la forma de animar la materia muerta. Es así como se embarca en la tarea de crear un ser a partir de los restos de otros. Sobrecogen sus palabras al finalizar la tarea: "Una siniestra noche del mes de noviembre, pude por fin contemplar el resultado de mis fatigosas tareas". ¡Lo ha logrado! La criatura vive, pero su creador solamente siente repulsión y asco, y rehuye su visión. Tras un escalofriante encuentro en los aposentos del científico, el monstruo huye. Frankenstein se lamenta: "Los sueños que había acunado y que, durante tanto tiempo, habían llenado todos mis pensamientos, se habían convertido en un verdadero infierno". Tras ello, sufrirá la maldición del monstruo, de "sanguinarias e implacables pasiones", lo que será el origen de sus múltiples desgracias.

Es una novela sumamente romántica, de su tiempo, plena de pasiones y fiera naturaleza. Desde las agrestes montañas de Suiza hasta el mar embravecido de Inglaterra, pasando por el Polo Norte, el entorno natural es siempre descrito con grandilocuencia, despertando la admiración del hombre. Los protagonistas manifiestan sentimientos exaltados y enérgicos, predominando la búsqueda de la amistad, pues no es otra cosa lo que desea el monstruo, rechazado por todos. Es inteligente, sensible e incluso culto y razonable; sus diálogos con Frankenstein no tienen desperdicio, ya que ahí está la tensión entre los anhelos del monstruo y el odio infinito que por él siente su propio creador.

En especial, la novela explora la capacidad del hombre para superar sus límites y conseguir lo increíble pero, también, enseña que las consecuencias de tales actos no siempre son gratuitas. El filósofo Fernando Savater, en su muy frecuentado libro Malos y malditos (Alfaguara, 1996), asegura que "no todo lo que la ciencia sabe hacer tiene derecho a hacerse: sobre todo cuando se trata de enredar con la vida humana, inventando un pobre ser que viene al mundo no como fruto del amor de una pareja sino como resultado de un caprichoso experimento". Ya más humilde y desengañado, Frankestein previene a otro hombre que busca la gloria sobre lo arriesgado de ciertas metas: "¡Pobre amigo! ¿Comparte, pues, mi locura? ¿También ha apurado usted el enervante filtro? Óigame, permita que le narre mi historia y alejará usted la copa de sus labios".

Por lo tanto, Frankenstein es la historia de un hombre profundamente atormentado y de su creación, no menos desgraciada, unidos a su pesar en una terrorífico acuerdo. En todo caso, uno ha de hacerse responsable de sus decisiones, por desacertadas que después le parezcan, al igual que Frankenstein se ve obligado a hacerlo respecto de su criatura. Creación que acaba rebelándose, como era de esperar. "Ciertamente vos sois mi creador pero, ahora, yo soy vuestro dueño", advierte el monstruo.

Savater, en la obra citada, hablaba de la compasión que le producía el monstruo, solo en el mundo, y que, de entre todos los malvados literarios, era el que más justificación tenía para comportarse como un criminal, ya que, para él, la vida "es la peor de todas las condenas". Sin lugar a dudas, todo hombre debe pensar en lo que hace y por qué, en los resultados; de lo contrario, corre el riesgo de que una fría noche, a la luz de la luna, descubra en su ventana el horror que ha creado exigiéndole rendir cuentas.

1 comentario:

octopusmagnificens dijo...

¡Jajaja! Una peli maravillosa El jovencito Frankenstein. ¡Lo que me tengo reído con ella!